PARTE 2: LA MUJER QUE VOLVIÓ DE LA MUERTE

—Chen Guantu, siempre supe que algún día dejarías de fingir.

La voz femenina se deslizó por el salón como una corriente helada.

Chen permaneció inmóvil, con la mirada clavada en las cortinas rojas situadas detrás del trono. Durante diez años había intentado olvidar aquella voz. La había escuchado por última vez entre las llamas, mientras el antiguo pabellón de la familia Chen se derrumbaba.

—No puede ser… —murmuró.

Las cortinas se abrieron lentamente.

Una mujer apareció vestida con una túnica blanca bordada con hilos plateados. Llevaba el cabello recogido con una horquilla de jade y una fina cicatriz atravesaba su mejilla izquierda.

No parecía un fantasma.

Parecía alguien que había regresado para reclamarlo todo.

Chen sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

—Hermana…

Los discípulos intercambiaron miradas desconcertadas.

La mujer sonrió.

—Ha pasado mucho tiempo, Guantu.

Su nombre era Chen Lihua.

La hija mayor de la familia Chen.

La joven prodigio que, diez años atrás, había muerto durante el incendio que destruyó su hogar y acabó con la vida de casi todos sus parientes.

Al menos, eso decía la versión oficial.

Chen dio un paso hacia ella, pero los guardias apretaron sus brazos.

—Suéltenlo —ordenó Lihua.

Los hombres obedecieron de inmediato.

Aquel simple gesto provocó un nuevo murmullo en el salón. Los guardias no pertenecían al clan. Habían entrado disfrazados y esperaban órdenes de la mujer desde el principio.

El maestro golpeó el reposabrazos de su asiento.

—¿Quién eres realmente? ¿Y cómo te atreves a entrar en mi residencia?

Lihua lo observó con una tranquilidad inquietante.

—Me sorprende que no me reconozcáis, maestro Han. Fuisteis vos quien ordenó borrar mi nombre de todos los registros.

El rostro del anciano se endureció.

—Eso es mentira.

—Entonces explicad por qué el asiento junto al trono lleva el símbolo de mi familia.

Todos miraron el lugar vacío que Chen había señalado.

En la madera oscura había una pequeña flor de loto tallada. Parecía una simple decoración, pero Chen conocía aquel emblema.

Era la marca secreta de la familia Chen.

—Ese asiento pertenecía a mi padre —dijo Lihua—. Antes de que alguien lo acusara de traición y enviara hombres para destruir nuestra casa.

Chen la miró con incredulidad.

—Vi tu cuerpo entre las ruinas.

Por primera vez, la serenidad de Lihua se quebró.

—No era yo.

—Llevaba tu brazalete.

—Porque se lo di a nuestra prima para ayudarla a escapar.

Chen cerró los ojos.

Durante una década había vivido convencido de que su hermana había muerto por culpa de sus propias decisiones. Aquella culpa lo había llevado a infiltrarse en clanes rivales, a fingir cobardía y a soportar humillaciones mientras buscaba al responsable del incendio.

Ahora descubría que todo había comenzado con una mentira aún mayor.

Zhao Ming intentó retroceder discretamente hacia una puerta lateral.

Chen lo vio.

—¿Adónde vas?

Zhao se detuvo.

—No tengo nada que ver con esto.

Lihua alzó una mano y dos hombres bloquearon su salida.

—Tú interceptaste las cartas —dijo ella—. Cambiaste los sellos y colocaste el nombre de mi hermano para convertirlo en el culpable.

—¡Eso es absurdo!

—También pagaste a tres discípulos para que declararan haberlo visto reunirse con el clan rival.

Zhao palideció.

—No tienes pruebas.

Lihua sacó de su manga un pequeño libro de cuentas.

Lo lanzó sobre la mesa.

—Cada pago está registrado aquí.

Zhao miró al maestro Han, buscando ayuda.

—Maestro, no la escuchéis. Esa mujer es una impostora.

El anciano no respondió.

Su atención estaba fija en el libro.

Chen observó la tensión de sus manos y comprendió algo que le heló la sangre.

El maestro ya conocía aquellas cuentas.

—Vos sabíais que Zhao Ming estaba implicado —dijo Chen.

El anciano levantó lentamente la cabeza.

—Debes medir tus palabras.

—No parecéis sorprendido.

—He vivido demasiado para sorprenderme con facilidad.

Chen avanzó hasta quedar frente al trono.

—Me recogisteis después del incendio. Me enseñasteis a luchar. Dijisteis que buscaríais a los asesinos de mi familia.

—Y lo hice.

—No. Me mantuvisteis cerca para vigilarme.

El maestro Han se puso de pie.

Su expresión de decepción había desaparecido. Ahora solo quedaba una frialdad que Chen nunca había visto.

—Eras un niño perdido. Sin mí, habrías muerto.

—Tal vez habría sido mejor que vivir diez años creyendo vuestras mentiras.

Lihua caminó hasta colocarse junto a su hermano.

—Él no ordenó el incendio —dijo.

Chen giró hacia ella.

—¿Qué?

—Pero ayudó a encubrirlo.

El maestro Han apretó la mandíbula.

—No sabes de qué estás hablando.

—Sé que recibisteis la orden de entregar a nuestra familia. Sé que os negasteis al principio. Y sé que, cuando amenazaron a vuestro hijo, decidisteis guardar silencio.

Los discípulos comenzaron a alejarse del trono.

El anciano pareció envejecer de golpe.

—Yo no podía salvarlos a todos.

—Así que no salvasteis a nadie —respondió Lihua.

—Te salvé a ti.

La mujer quedó inmóvil.

Chen la miró.

—¿Qué quiere decir?

Lihua no contestó.

El maestro Han soltó una risa amarga.

—Tu hermana no sobrevivió por casualidad. Yo la saqué de la residencia antes de que comenzara el ataque.

—¿Por qué? —preguntó Chen.

—Porque ella ya trabajaba para quienes querían destruir a tu padre.

Las palabras cayeron como una sentencia.

Chen retrocedió.

—Eso no es verdad.

Lihua bajó la mirada.

Aquel gesto fue suficiente.

—Dime que está mintiendo —exigió Chen.

Su hermana permaneció en silencio.

—¡Dímelo!

—Yo tenía diecisiete años —respondió finalmente—. Me hicieron creer que nuestro padre planeaba iniciar una guerra entre los clanes. Me pidieron que entregara los horarios de los guardias. Dijeron que solo querían detenerlo.

Chen sintió un dolor profundo en el pecho.

—Les abriste la entrada.

—No sabía que incendiarían la residencia.

—Pero huiste antes de que ocurriera.

—Cuando comprendí lo que iban a hacer, intenté regresar.

—Yo estaba allí —dijo Chen con la voz quebrada—. Yo te busqué entre las llamas.

—No pude llegar hasta ti.

—Durante diez años creí que habías muerto.

Lihua extendió una mano hacia él.

Chen se apartó.

Ese pequeño movimiento pareció herirla más que cualquier acusación.

Zhao Ming aprovechó la distracción.

Tomó una espada de uno de los guardias y corrió hacia el maestro Han.

—¡Todo esto es culpa vuestra! —gritó.

Chen reaccionó antes que nadie.

Desvió el arma con el antebrazo y golpeó la muñeca de Zhao. La espada cayó al suelo y giró sobre las baldosas.

Los discípulos rodearon al traidor.

Zhao cayó de rodillas.

—¡Yo solo cumplía órdenes!

—¿Órdenes de quién? —preguntó Chen.

Zhao miró hacia Lihua.

El salón entero quedó en silencio.

—De ella.

Chen sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies.

Lihua no negó la acusación.

—Le ordené falsificar las cartas —admitió.

—¿Por qué?

—Porque necesitaba obligarte a revelar las pruebas que habías reunido.

—¿Me tendiste una trampa?

—Sabía que jamás confiarías en mí si simplemente aparecía ante ti.

—Y tenías razón.

Lihua respiró hondo.

—Las cartas también debían sacar al verdadero responsable de su escondite.

—¿Quién es?

Antes de que pudiera responder, se escuchó un golpe al otro lado de las puertas.

Luego otro.

Los falsos guardias miraron hacia la entrada.

La madera comenzó a temblar.

Lihua perdió la calma por primera vez.

—Nos encontraron antes de lo previsto.

—¿Quiénes? —preguntó Chen.

Las puertas se abrieron de golpe.

Una docena de guerreros con máscaras doradas entraron en el salón. En el centro caminaba un hombre alto, cubierto con una capa oscura.

El maestro Han cayó de rodillas al reconocerlo.

—Señor…

El desconocido se quitó lentamente la máscara.

Chen contempló aquel rostro y sintió que todos los recuerdos de su infancia regresaban a la vez.

Era un hombre más envejecido, con el cabello casi blanco y una cicatriz sobre la ceja.

Pero no había duda.

Chen había visto aquel rostro en cientos de retratos familiares.

—Padre… —susurró Lihua.

Chen no pudo hablar.

El hombre al que ambos habían llorado durante diez años seguía vivo.

Su padre recorrió el salón con una mirada impasible.

Después se detuvo frente a sus hijos.

—Lihua —dijo con frialdad—. Te ordené traer a tu hermano sin revelarle la verdad.

Chen miró a su hermana.

—¿Trabajas para él?

Lihua cerró los puños.

—Guantu, escucha…

Pero su padre levantó una mano y los guerreros dorados rodearon al joven.

—Has fingido durante años para descubrir al traidor —declaró—. Sin darte cuenta de que toda tu vida fue construida para convertirte en mi sucesor.

Chen lo miró con horror.

—¿Vos ordenasteis destruir nuestra propia casa?

El hombre sonrió sin alegría.

—A veces, para crear un clan invencible, primero hay que quemar todo aquello que lo hace débil.

Chen comprendió entonces la verdad.

No había regresado para salvarlos.

Había regresado para terminar lo que había comenzado.

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