El silencio fue absoluto.
Charlotte Bennett permanecía en la puerta con una sonrisa impecable.
Sus ojos bajaron lentamente hasta la mano de Adrian, apoyada junto a mi cintura.
La sonrisa no desapareció.
Pero sí perdió el calor.
—¿Interrumpo algo?
Adrian retiró la mano con absoluta naturalidad.
—No.
Respondió con la misma calma con la que aprobaba un presupuesto.
—Estábamos hablando del proyecto europeo.
Yo di inmediatamente un paso hacia atrás.
Sentía que el corazón me golpeaba el pecho.
Charlotte caminó hasta el escritorio.
Vestía un traje blanco impecable y llevaba esa elegancia que solo tienen las personas que nunca han necesitado demostrar quiénes son.
Me observó unos segundos.
Después sonrió.
—Así que tú eres Elena.
Asentí.
—Mucho gusto.
Ella inclinó ligeramente la cabeza.
—Ahora entiendo por qué todos hablaban de ti.
No supe si aquello era un cumplido o una advertencia.
Adrian volvió a sentarse.
—¿Qué necesitas?
Charlotte dejó una carpeta sobre el escritorio.
—Mi padre quiere que cenemos esta noche.
Hizo una pausa.
—Los dos.
Adrian ni siquiera abrió la carpeta.
—No puedo.
Ella arqueó una ceja.
—¿Trabajo?
—Sí.
Charlotte soltó una risa breve.
—Han pasado tres años y sigues usando la misma excusa.
Miró hacia mí.
—¿También irá tu asistente?
Antes de que pudiera responder, Adrian habló.
—Ella siempre está conmigo cuando hay trabajo.
La oficina quedó en silencio otra vez.
Charlotte observó a Adrian durante unos segundos.
Como si intentara confirmar algo que llevaba tiempo sospechando.
Finalmente sonrió.
—Entiendo.
Tomó su bolso.
—Entonces no los molesto más.
Cuando salió, respiré por primera vez desde que había entrado.
Miré a Adrian.
—Señor Gray…
Él levantó la vista.
—¿Sí?
Recordé lo que mis compañeras habían dicho.
“Te pareces a Charlotte.”
Respiré hondo.
—¿Me contrató… porque me parezco a ella?
La pregunta quedó suspendida entre nosotros.
Adrian permaneció completamente inmóvil.
Después dejó el bolígrafo sobre el escritorio.
—¿Eso dicen ahí fuera?
Asentí.
Él soltó una risa baja.
La primera risa auténtica que le escuchaba en tres años.
—Elena.
Se inclinó ligeramente hacia delante.
—¿Sabes cuál fue tu primer día de trabajo?
—Claro.
El doce de marzo.
A las ocho menos diez de la mañana.
Él asintió.
—¿Y recuerdas qué hiciste antes de entrar a esta oficina?
Fruncí el ceño.
Intenté recordar.
Entonces lo vi.
Un anciano se había desplomado frente al edificio.
Todos siguieron caminando porque llegaban tarde.
Yo fui la única que llamó a una ambulancia.
Llegué cuarenta minutos tarde a mi primer día de trabajo.
Pensé que me despedirían.
Adrian continuó.
—Ese anciano…
Abrió un cajón.
Sacó una fotografía.
Era el hombre que había ayudado.
—Era mi abuelo.
Sentí que el aire desaparecía.
—¿Qué?
—Nadie sabía quién era.
Nadie se detuvo.
Solo tú.
Bajé lentamente la fotografía.
Él siguió hablando.
—Cuando llegaste tarde, Recursos Humanos quería cancelar tu contratación.
Yo pregunté por qué.
Me dijeron que habías perdido tiempo ayudando a un desconocido.
Hizo una breve pausa.
—Ese mismo día ordené que entraras directamente a mi equipo.
Lo miré sin poder hablar.
—¿Nunca fue por Charlotte?
Negó con firmeza.
—Jamás.
—Pero…
—Charlotte estudió en Suiza.
Tú creciste en un pueblo del norte.
Ella habla cuatro idiomas.
Tú aprendiste inglés viendo videos gratuitos después del trabajo.
No se parecen en absolutamente nada.
Sentí una mezcla extraña de alivio y vergüenza.
Había creído un rumor.
Él me observó con tranquilidad.
—¿Sabes por qué despedí a los otros cuatro asistentes?
Negué lentamente.
—Porque ninguno soportó decirme la verdad.
Todos intentaban agradarme.
Todos ocultaban errores.
Todos tenían miedo.
Me señaló con el dedo.
—Tú fuiste la única que, en tu segunda semana, corrigió un contrato delante de todo el consejo.
Recordé perfectamente aquel momento.
Había pensado que me echarían.
Él sonrió apenas.
—Desde entonces supe que eras la persona indicada.
Mi teléfono vibró.
Era un mensaje de Lucas.
“Hermana… ¿Ya sobreviviste al cuñado?”
No pude evitar reír.
Adrian levantó una ceja.
—¿Qué ocurre?
Guardé el teléfono.
—Mi hermano.
Cree que usted es mi novio.
Por primera vez en tres años, Adrian dejó escapar una carcajada.
Una risa breve.
Profunda.
Sorprendentemente cálida.
En ese mismo instante, alguien llamó a la puerta.
Era el jefe de seguridad.
Su expresión era seria.
—Señor Gray.
Acabamos de recibir una llamada del hospital donde está la madre de la señorita Parker.
Hubo un incidente.

Mi sonrisa desapareció de inmediato.
Adrian ya estaba de pie antes de que el guardia terminara la frase.
—Preparen el helicóptero.
Nos vamos ahora mismo.