El silencio se apoderó de la sala.
Laura seguía de pie junto a la puerta, con una mano sobre el vientre y la otra aferrada al bolso.
Daniel dio un paso hacia ella.
—Laura, cállate.
Ella retrocedió inmediatamente.
—No.
Lo miró con una mezcla de miedo y decepción.
—Ya mentiste demasiado.
Mi suegra observaba a su hijo sin comprender nada.
—Daniel… ¿qué está pasando?
Él intentó sonreír.
—Es una empleada confundida.
Laura soltó una risa amarga.
—¿Confundida?
Sacó lentamente una carpeta del bolso.
—Durante dos años me dijiste que tu matrimonio había terminado.
—Que Elena solo seguía viviendo aquí porque estaba enferma y dependía de ti.
Sentí que el aire abandonaba la habitación.
Nunca había estado enferma.
Nunca dependí de nadie.
Daniel intentó arrebatarle la carpeta.
—¡Dame eso!
Laura la apartó.
—No vuelvas a tocarme.
Mi suegro se puso de pie.
—¿Dos años?
Laura asintió.
—Hace un año me pidió matrimonio.
Mi suegra perdió el equilibrio y tuvo que apoyarse en el sofá.
—¿Qué…?
Laura abrió la carpeta.
Dentro había fotografías.
Reservas de hoteles.
Billetes de avión.
Copias de conversaciones.
Y un contrato de alquiler firmado por Daniel.
—Este apartamento lo alquiló hace ocho meses.
Miré la dirección.
Estaba a veinte minutos de nuestra casa.
—Decía que era nuestro hogar.
Daniel respiraba cada vez más deprisa.
—Laura, escúchame…
Ella negó lentamente.
—No.
—Porque hace tres semanas descubrí otra cosa.
Me miró directamente.
—Encontré un segundo teléfono.
Toda la habitación quedó inmóvil.
Daniel cerró los ojos.
Como un hombre que sabe que ya perdió.
Laura dejó otro aparato sobre la mesa.
—No era para hablar conmigo.
—Era para hablar con otra mujer.
Mi suegra abrió la boca.
—¿Otra?
Laura activó la pantalla.
Había decenas de mensajes.
Fotografías.
Audios.
Videollamadas.
Todos con un contacto llamado “Mi Vida ❤️”.
Pero no era Laura.
Daniel intentó justificarlo.
—Eso no significa…
Laura lo interrumpió.
—Ella también está embarazada.
Nadie dijo una palabra.
Ni siquiera yo.
Laura comenzó a llorar.
—Cuando vi mi prueba positiva pensé que formaríamos una familia.
—Después descubrí que la misma semana le prometía lo mismo a otra mujer.
Me observó con los ojos llenos de culpa.
—Yo creía que tú eras la amante.
—Él me dijo que seguía viviendo contigo solo por lástima.
Me quedé en silencio.
Por primera vez aquella noche no sentía rabia hacia Laura.
Solo veía otra víctima.
Mi suegro caminó lentamente hasta Daniel.
—Respóndeme una sola cosa.
—¿Cuántas mujeres hay?
Daniel permaneció callado.
Mi suegra comenzó a llorar.
—Hijo…
Él bajó la cabeza.
—Tres.
El sonido de la bofetada resonó en toda la sala.
Su padre acababa de golpearlo por primera vez en su vida.
Daniel llevó una mano al rostro.
No dijo nada.
Entonces sonó el timbre.
Todos giramos hacia la puerta.
Laura frunció el ceño.
—¿Esperabas a alguien más?
Daniel no respondió.
Abrí la puerta.
Una mujer de unos treinta años sostenía un sobre médico.
También tenía una mano sobre el vientre.
Miró directamente a Daniel.
—No contestabas mis llamadas.
Luego vio a Laura.
Después me vio a mí.
Y comprendió que no era la única.

Levantó lentamente el sobre.
—Vine a decirte que voy a tener gemelos.
El rostro de Daniel perdió todo el color.
Y en ese instante comprendimos que el hombre que había intentado engañar a dos mujeres… acababa de quedarse sin ninguna.