PARTE 2: LA MUJER QUE SÍ SABÍA SU NOMBRE

—¿Puedo sentarme un momento?

La mujer del vestido verde señaló la silla vacía junto a Elena.

Ella asintió con una sonrisa educada.

Desde el otro extremo del salón seguía viendo a Álvaro y a Clara reír como si la gala hubiera sido organizada solo para ellos.

—No deberías estar sola esta noche —dijo la desconocida.

—Al parecer, mi presencia tampoco resulta necesaria.

La mujer dejó la copa sobre la mesa.

—Discrepo.

Había serenidad en su voz.

No curiosidad.

No lástima.

Solo una calma extraña.

—Perdone —preguntó Elena—. ¿Nos conocemos?

La mujer sonrió.

—Yo sí la conozco a usted.

Aquella respuesta la desconcertó.

—¿De dónde?

—Hace muchos años prometí a una persona que, si alguna vez la veía sufrir en silencio, me acercaría antes de marcharme.

Elena frunció ligeramente el ceño.

No recordaba haber visto antes aquel rostro.

La mujer sacó una tarjeta.

No tenía logotipo.

Solo un nombre.

Mercedes Valcárcel.

El apellido hizo que Elena respirara más despacio.

Lo conocía demasiado bien.

Era el de la abogada que durante más de veinte años había trabajado para el patrimonio de su abuelo.

Mercedes comprendió inmediatamente que Elena la había reconocido.

—Creí que nunca tendríamos que hablar en circunstancias como estas.

Antes de que Elena pudiera responder, un aplauso recorrió el salón.

Álvaro acababa de subir al escenario para presentar uno de los proyectos de su empresa.

Sonreía con absoluta seguridad.

—Esta compañía representa el futuro de la inversión responsable…

Elena apenas escuchaba.

Mercedes abrió discretamente una carpeta muy fina.

Dentro había una carta.

El sobre permanecía cerrado.

—Su abuelo me pidió que solo se la entregara cuando estuviera completamente segura de que usted había dejado de vivir para los demás.

Elena sintió un nudo en la garganta.

Su abuelo había fallecido cuatro años antes.

—¿Qué contiene?

—La decisión siempre fue suya.

Mercedes deslizó el sobre hacia ella.

—Pero creo que esta noche ha llegado ese momento.

Elena no lo abrió.

Lo sostuvo entre las manos durante unos segundos.

Al otro lado del salón, Álvaro seguía recibiendo aplausos.

Cuando terminó su intervención, regresó junto a Clara.

Ni siquiera buscó a su esposa con la mirada.

Mercedes observó la escena sin hacer comentarios.

—¿Sabe cuál es el error más común de quienes desprecian a una persona?

Elena negó lentamente.

—Creer que conocen toda su historia.

En ese instante apareció un camarero.

Se inclinó respetuosamente hacia Mercedes.

—Señora Valcárcel, el presidente del consejo pregunta si la señorita Navarro aceptará finalmente la reunión del próximo martes.

Álvaro, que pasaba cerca en ese mismo momento, alcanzó a escuchar el apellido.

Se volvió apenas un instante.

—¿Navarro?

Miró a Elena con extrañeza.

Nunca le había interesado demasiado el apellido de soltera de su esposa.

El camarero continuó hablando.

—Han confirmado también los representantes del Grupo Navarro Internacional.

Esperan únicamente la decisión de la heredera.

Álvaro soltó una pequeña risa incrédula.

—Debe de tratarse de otra persona.

Mercedes lo miró directamente.

No sonrió.

No respondió.

Solo tomó la mano de Elena y dijo con absoluta tranquilidad:

—Cuando usted quiera, todos estarán listos para recibir a la próxima presidenta del grupo.

Por primera vez en toda la noche, el color desapareció del rostro de Álvaro.

Y, mientras él intentaba convencerse de que todo era una coincidencia, su teléfono comenzó a llenarse de mensajes de la oficina.

El asunto de todos era exactamente el mismo:

“Confirmada la adquisición que cambiará el control de la compañía.”

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