PARTE 2: LA MUJER QUE ROBÓ MI IDENTIDAD

Nadie fue capaz de hablar.

El director del banco colocó la fotografía sobre la mesa.

La mujer llevaba mi mismo abrigo.

Mi mismo bolso.

Incluso el mismo corte de cabello.

Si no hubiera sido porque yo estaba allí, cualquiera habría jurado que era yo.

—¿La conoce? —preguntó uno de los agentes.

Negué lentamente.

—Nunca la he visto.

Silvia comenzó a temblar.

Teresa desvió la mirada.

Y Javier, por primera vez, parecía completamente derrotado.

El director abrió otra carpeta.

—La persona que acudió esta mañana presentó una copia de su documento de identidad, una nómina falsificada y un poder para solicitar un préstamo hipotecario usando esta vivienda como garantía.

Respiré hondo.

—Pero la casa está únicamente a mi nombre.

—Precisamente por eso detectamos varias irregularidades antes de aprobar la operación.

El agente añadió:

—Sin embargo, alguien de su entorno conocía demasiados datos personales.

Todos volvieron a mirar a Javier.


Mi esposo cerró los ojos.

—Yo…

No terminó la frase.

Silvia dio un paso atrás.

—¡No me mires así!

Su voz sonó desesperada.

—Fue mamá quien dijo que era la única forma de salir de este problema.

Teresa golpeó la mesa.

—¡Cállate!

Pero Silvia ya no podía detenerse.

—Dijiste que, si conseguíamos el préstamo antes de que Nora descubriera el fraude del divorcio, podríamos devolver el dinero y nadie sospecharía de nosotros.

El salón quedó completamente inmóvil.

Mi suegra intentó negar todo.

—Está mintiendo.

Pero el director del banco sacó un documento.

—La solicitud fue iniciada desde el ordenador de una gestoría.

Mostró la dirección.

Todos reconocimos el lugar.

Era la oficina donde trabajaba un antiguo compañero de Teresa.


Miré a Javier.

—¿Tú sabías que iban a hacerse pasar por mí?

Él bajó la cabeza.

Su silencio respondió por él.

Sentí más decepción que rabia.

—¿También entregaste mis documentos?

Después de unos segundos, asintió.

—Mamá dijo que solo era un trámite temporal.

Que después cancelaríamos el préstamo.

No pude evitar sonreír con amargura.

—¿De verdad pensaste que falsificar mi identidad era un simple trámite?


Uno de los agentes recibió una llamada.

Escuchó durante unos segundos.

Después guardó el teléfono.

—Acaban de localizar a la mujer de la fotografía.

Todos levantamos la vista.

—¿Quién es?

El agente respondió:

—Una actriz contratada hace tres días mediante una agencia de figuración.

Teresa perdió todo el color del rostro.

—No…

El director continuó.

—Declaró que le pagaron por hacerse pasar por la propietaria de una vivienda durante una reunión bancaria.

Pensó que participaba en una grabación publicitaria.

Silvia comenzó a llorar.

—Mamá…

—¡Yo no organicé eso!

Pero nadie le creía ya.


El segundo agente abrió una carpeta mucho más gruesa.

—La investigación también encontró otra cosa.

Sacó varias solicitudes bancarias rechazadas.

Todas llevaban mi nombre.

Mi dirección.

Mi firma falsificada.

Habían sido presentadas en distintas entidades durante los últimos ocho meses.

Fruncí el ceño.

—¿Ocho meses?

El agente asintió.

—Alguien llevaba bastante tiempo intentando utilizar su identidad para conseguir financiación.

No era un plan improvisado.

Era una operación preparada desde hacía meses.


Entonces sonó el teléfono del director del banco.

Contestó.

Escuchó unos instantes.

Y levantó lentamente la mirada hacia nosotros.

—Acaban de revisar las cámaras de la primera sucursal donde intentaron presentar la documentación.

Hizo una pausa.

—La persona que acompañó a la falsa Nora no fue Teresa.

Ni Silvia.

Todos miramos a Javier.

Pero el director negó con la cabeza.

—Tampoco fue su esposo.

Sacó una nueva fotografía impresa.

La dejó sobre la mesa.

Sentí que el corazón se detenía.

Era mi padre.

El mismo hombre que había muerto hacía doce años.

O alguien exactamente igual a él.

Los agentes intercambiaron una mirada.

Uno de ellos habló con absoluta seriedad.

—Necesitamos averiguar si esa fotografía corresponde realmente a su padre… o si alguien ha estado utilizando su identidad, igual que intentó utilizar la suya.

Y comprendí que el fraude contra mi casa era solo una parte de una historia mucho más antigua, una que empezaba mucho antes de conocer a Javier y que podía cambiar todo lo que creía saber sobre mi propia familia.

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