PARTE 2: LA MUJER QUE REGRESÓ

Charlotte Bennett entró en la oficina como si nunca se hubiera marchado.

—Adrian, volví.

Yo retrocedí inmediatamente.

La mano de Adrian cayó a su costado.

Charlotte me observó.

Primero el rostro.

Después mi ropa.

Finalmente volvió a mirar a Adrian.

—¿Interrumpí algo?

—Sí —respondió él.

—No —dije yo al mismo tiempo.

El silencio fue horrible.

Charlotte soltó una pequeña risa.

—Veo que sigues siendo igual de directo.

Luego extendió la mano hacia mí.

—Charlotte Bennett.

—Elena Parker.

Sus ojos se detuvieron en mi rostro unos segundos más de lo normal.

—Así que tú eres Elena.

Aquello me inquietó.

—¿Me conoce?

—Adrian habla bastante de ti.

Giré lentamente hacia mi jefe.

Adrian ni siquiera pareció incómodo.

—Charlotte, ¿qué quieres?

—Qué recibimiento tan frío.

Ella dejó una carpeta sobre su escritorio.

—Mi padre quiere que Bennett Holdings participe en el nuevo proyecto. Pensé que podríamos cenar y hablarlo.

—Habla con Finanzas.

Charlotte arqueó una ceja.

—¿Después de cinco años sin vernos vas a mandarme con Finanzas?

Cinco años.

Entonces comprendí por qué todos hablaban de ella.

La heredera perfecta.

La amiga de infancia.

La mujer a la que supuestamente yo me parecía.

Recogí mis documentos.

—Señor Gray, si no necesita nada más, regresaré a trabajar.

Adrian me miró.

—Espera.

Pero Charlotte habló primero.

—Déjala ir. Tenemos mucho que conversar.

Salí.

Apenas cerré la puerta, mis compañeras me rodearon.

—¿Qué pasó?

—¿Charlotte vino por el señor Gray?

—¿Van a comprometerse?

No respondí.

Abrí mi computadora.

Luego busqué una fotografía antigua de Charlotte.

Y me quedé inmóvil.

Sí.

Nos parecíamos.

No éramos idénticas, pero teníamos ojos similares, el mismo cabello oscuro y hasta una sonrisa parecida.

Sentí una vergüenza absurda.

Durante tres años había interpretado cada pequeño privilegio de Adrian como reconocimiento.

El aumento salarial.

La confianza.

Las llamadas personales.

El hecho de que recordara cómo tomaba el café.

Quizá yo solo había sido un reemplazo conveniente.

Aquella tarde redacté mi renuncia.

No pensaba entregarla inmediatamente.

Primero terminaría los proyectos pendientes.

Después me marcharía.

Por primera vez en tres años quería descubrir quién era Elena Parker cuando no estaba corriendo detrás de Adrian Gray.

A las nueve de la noche, todos se habían ido.

Charlotte también.

Yo seguía organizando archivos cuando Adrian apareció junto a mi escritorio.

—¿Por qué sigues aquí?

Lo miré incrédula.

—Porque usted me hizo regresar antes de mis vacaciones.

—Te hice regresar porque necesitaba verte.

Mi corazón dio un salto.

No.

No volvería a caer.

Cerré una carpeta.

—¿Porque me parezco a Charlotte?

Adrian frunció el ceño.

—¿Qué?

—Ya lo sé.

Me levanté.

—No tiene que explicarlo.

—Elena.

—Mañana tendrá mi informe completo.

Intenté pasar a su lado.

Adrian no me detuvo, pero habló:

—Charlotte y tú no se parecen.

Me giré.

—Toda la empresa piensa lo contrario.

—Toda la empresa también piensa que soy un monstruo sin sentimientos.

Hizo una pausa.

—A veces tienen razón en una cosa y se equivocan en otra.

No supe qué responder.

Entonces Adrian sacó su teléfono.

Abrió una fotografía.

Era una imagen de una conferencia universitaria de cuatro años atrás.

Entre cientos de estudiantes estaba yo.

—¿Qué es esto?

—El día que te vi por primera vez.

Me quedé helada.

—Pero entré a Grayden un año después.

—Lo sé.

Adrian guardó el teléfono.

—Charlotte ya llevaba dos años fuera del país.

Mi respiración se volvió lenta.

—Entonces…

—No te contraté porque te parecieras a ella.

Sus ojos permanecieron sobre los míos.

—Te contraté porque te recordaba a ti.

En ese momento comprendí algo todavía peor.

Aquella entrevista que yo creía haber conseguido por casualidad…

quizá nunca había sido casualidad.

Pero antes de poder preguntar, Adrian miró los papeles que sobresalían de mi bolso.

Mi carta de renuncia.

Su expresión cambió.

—¿Qué es eso?

Instintivamente intenté guardarla.

Demasiado tarde.

Adrian tomó la hoja.

Leyó las primeras palabras.

Y por primera vez desde que lo conocía, el hombre que jamás perdía la calma palideció.

—¿Renuncias?

—Mi madre todavía me necesita. Y yo también necesito descansar.

—Puedes trabajar desde tu pueblo.

Negué con la cabeza.

—Ese no es el problema.

Adrian apretó el documento.

—Entonces dime cuál es.

Lo miré directamente.

—Durante tres años hice de su empresa toda mi vida.

Tomé mi bolso.

—Ya es hora de recuperar la mía.

Esta vez Adrian no intentó detenerme.

Pero cuando llegué al ascensor, escuché su voz detrás de mí.

—Elena.

Me giré.

Él sostenía mi renuncia.

—Puedes dejar Grayden.

Su mirada se endureció.

—Pero antes voy a demostrarte una cosa.

—¿Cuál?

Adrian miró hacia la oficina donde Charlotte había estado horas antes.

—Que ella nunca fue la razón por la que te elegí.

Las puertas del ascensor comenzaron a cerrarse.

Y justo antes de perderlo de vista, añadió:

—Y mañana vas a descubrir quién pidió realmente que te contrataran hace tres años.

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