PARTE 2: LA MUJER QUE NUNCA QUISO ROBARME A MI ESPOSO

Me detuve en mitad de la acera.

Los copos de nieve comenzaban a caer sobre el cochecito de los gemelos.

Oliver seguía sujetándome la mano.

—¿Mamá?

Respiré hondo antes de responder.

—Sí… soy Amelia.

La voz al otro lado guardó unos segundos de silencio.

—Sé que este no es el mejor momento.

—Pero necesito verte.

Miré a mis hijos.

—¿Para qué?

La respuesta llegó sin rodeos.

—Porque hay cosas que Ethan nunca te contó.


Una hora después entré en una cafetería abierta toda la noche.

Los gemelos dormían por fin.

Oliver comía lentamente un plato de sopa de pollo.

Cada cucharada parecía devolverle un poco de calor.

En una mesa del fondo estaba Clara Monroe.

No llevaba ropa elegante.

Ni maquillaje llamativo.

Solo un abrigo oscuro y un rostro cansado.

Cuando me vio entrar, se puso de pie.

—Gracias por venir.

No respondí.

Me senté frente a ella.

—Tienes diez minutos.


Clara no perdió el tiempo.

Sacó una carpeta gruesa.

La deslizó hacia mí.

—Antes de abrirla…

Necesito que sepas algo.

Nunca tuve una relación con Ethan después de vuestro matrimonio.

Levanté lentamente la vista.

—¿Esperas que te crea?

Ella negó con tristeza.

—No.

Espero que leas.

Abrí la carpeta.

Había decenas de correos electrónicos impresos.

El remitente siempre era Ethan.

El destinatario…

Clara.


Leí el primero.

“Volvamos a intentarlo.”

El siguiente.

“Nunca debí casarme.”

Otro más.

“Ella es buena persona, pero nunca podré amarla como te amo a ti.”

Sentí un nudo en el estómago.

Luego llegué a las respuestas de Clara.

“No vuelvas a escribirme.”

“Estás casado.”

“Respeta a tu esposa.”

“No volveré al país mientras sigas buscándome.”

Pasé página tras página.

Durante cinco años…

Todos los mensajes de Ethan buscaban recuperarla.

Y durante cinco años…

Todas las respuestas eran negativas.


Cerré lentamente la carpeta.

—¿Por qué me enseñas esto ahora?

Clara bajó la mirada.

—Porque hoy volvió a escribirme.

Sacó el teléfono.

Me mostró el mensaje recibido apenas dos horas antes.

“Ya me divorcié.”

“Ahora por fin podemos empezar de nuevo.”

Debajo aparecía la respuesta de Clara.

Solo una frase.

“No vuelvas a buscarme jamás.”


Me quedé completamente inmóvil.

Durante cinco años había odiado a aquella mujer.

Había pensado que era la tercera persona de mi matrimonio.

Y resulta que…

Nunca quiso formar parte de él.

Clara sonrió con amargura.

—Tu esposo siempre necesitó culpar a alguien de sus decisiones.

Era más fácil decir que yo era el amor imposible…

Que admitir que nunca quiso cuidar lo que ya tenía.


Oliver levantó la cabeza desde su sopa.

—Mamá…

¿Quién es la señora?

Miré a Clara.

Ella sonrió al niño.

—Solo una persona que vino a pedirte perdón.

Oliver frunció el ceño.

—¿Por qué?

Los ojos de Clara se llenaron de lágrimas.

—Porque durante mucho tiempo pensé que desaparecer bastaría para que vuestro papá aprendiera a quereros.

Me equivoqué.


Antes de marcharse dejó un sobre sobre la mesa.

—No es dinero.

Ni una disculpa.

Ábrelo cuando estés sola.

Salió de la cafetería sin mirar atrás.


Aquella noche, cuando acosté a mis hijos en el pequeño apartamento que había alquilado, abrí por fin el sobre.

Dentro había una única fotografía.

Era del día de mi boda.

No la fotografía borrosa que yo conocía.

Era otra.

Tomada desde lejos.

En ella aparecíamos Ethan y yo saliendo del registro civil.

Yo sonreía.

Él caminaba con expresión indiferente.

Y al fondo…

A varios metros de distancia…

Había una mujer observándonos antes de subir a un taxi.

Era Clara.

Detrás de la foto había una nota escrita de su puño y letra.

“Ese día fui a despedirme para siempre. Pensé que, si desaparecía de su vida, él aprendería a amar a la mujer que había elegido. Nunca imaginé que te haría cargar con un matrimonio donde solo estabas tú.”

Sentí un extraño alivio.

Por primera vez en cinco años…

Ya no tenía una rival.

Solo quedaba un hombre incapaz de amar a quien tenía delante.


A la mañana siguiente, mientras preparaba el desayuno de los niños, alguien llamó a la puerta.

Pensé que sería el casero.

Pero al abrir encontré a Ethan.

No estaba solo.

Detrás de él había dos abogados y un notario.

Sostenía una nueva carpeta.

Me miró fijamente y dijo:

—Amelia, no he venido por el divorcio.

Hizo una pausa antes de dejar la carpeta sobre el umbral.

—He venido porque anoche descubrí algo sobre Oliver… y necesito hacerle una prueba de ADN de inmediato.

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