El estacionamiento quedó en un silencio absoluto.
El teléfono de Olivia seguía vibrando sobre el piso.
En la pantalla continuaba apareciendo un nombre.
Adrián.
El inspector Gabriel no permitió que nadie lo tocara.
Se puso un guante, levantó el teléfono y respondió.
Nadie habló.
Solo se escuchó una respiración.
Después, una voz masculina susurró:
—¿Ya terminaron?
La llamada se cortó.
Gabriel guardó el aparato en una bolsa para evidencia.
Miró a Olivia.
—¿Por qué el señor Lu la está llamando mientras supuestamente está conectado por videollamada desde su oficina?
Olivia abrió la boca.
No salió ninguna palabra.
Patricia dio un paso al frente.
—Mi hijo tiene dos teléfonos.
Gabriel sonrió apenas.
—Entonces será muy sencillo comprobarlo.
En ese instante sonó la radio de uno de los agentes.
—Inspector.
—Acabamos de revisar las cámaras del edificio corporativo del señor Lu.
Gabriel tomó el transmisor.
—¿Entró esta noche?
Hubo unos segundos de silencio.
La respuesta llegó clara.
—Negativo.
—El señor Lu no ha ingresado al edificio desde ayer a las seis de la tarde.
Marcus perdió el color.
—Debe haber entrado por otra puerta…
El agente continuó.
—Todas las entradas están registradas.
—No aparece en ninguna.
Gabriel levantó lentamente la vista.
—Entonces…
—El hombre de la videollamada no estaba en la empresa.
Nadie respondió.
Mientras tanto, uno de los peritos seguía examinando el desagüe.
Sacó otro fragmento.
Cabello.
Largo.
Oscuro.
Después apareció un pendiente de plata.
Olivia llevó la mano a su oreja.
Solo entonces descubrió que le faltaba uno.
Retrocedió un paso.
—Ese… ese pendiente no es mío.
El perito ni siquiera la miró.
—Lo determinará el laboratorio.
Gabriel observó el suelo mojado.
—¿Por qué alguien lavaría esta zona a las tres de la madrugada?
Nadie contestó.
Un segundo agente llegó corriendo con una tableta.
—Inspector.
—Encontramos otra cosa.
Era una cámara del semáforo situado frente al residencial.
La grabación mostraba el Cullinan entrando a las 10:57 de la noche.
Pero a las 12:41 ocurrió algo inesperado.
Una camioneta blanca sin placas se estacionó junto al vehículo.
Permaneció allí exactamente cuatro minutos.
Después desapareció.
El Cullinan nunca volvió a moverse.
Gabriel amplió la imagen.
Tres personas bajaron de la camioneta.
Una era Adrián.
La segunda…
Olivia.
La tercera llevaba gorra y mascarilla.
No podía distinguirse el rostro.
Pero sí un reloj dorado.
Marcus escondió instintivamente la muñeca detrás de la espalda.
Demasiado tarde.
Gabriel ya lo había visto.
—Enséñeme su reloj.
—¿Qué?
—Ahora.
Marcus dudó.
Patricia intervino.
—Inspector, esto es un abuso.
Dos agentes sujetaron a Marcus.
Cuando levantó la manga apareció exactamente el mismo reloj que llevaba el hombre del video.
El inspector no apartó la mirada.
—Curioso.
—Su hermano estaba “trabajando” en la empresa.
—Usted estaba “durmiendo”.
—Y, sin embargo, ambos aparecen juntos en este estacionamiento.
Marcus comenzó a sudar.
Olivia rompió a llorar.
—Yo no quería hacerlo…
Patricia giró bruscamente hacia ella.
—¡Cállate!
Fue la primera vez que vi auténtico miedo en el rostro de mi suegra.
Gabriel dio un paso adelante.
—¿Qué no quería hacer?
Olivia cerró los ojos.
Las lágrimas caían sin control.
—Solo… solo tenía que conducir…
—¿Conducir qué?
Ella respiró profundamente.
—La camioneta.
—¿Y qué transportaban?
Olivia levantó lentamente la cabeza.
Su respuesta dejó inmóvil a todo el estacionamiento.

—No era un cadáver…
—Era una mujer.
—Y cuando la metieron en la camioneta…
—Todavía estaba respirando.