PARTE 2: LA MUJER QUE NO DEBÍA ESTAR EN ESE MAYBACH

Mi mano seguía aferrada a la maleta de Ava.

Adrian permanecía inmóvil frente al coche.

No parecía enfadado.

Y eso me asustó mucho más.

Cuando Adrian Quinn no mostraba ninguna emoción, era porque ya había tomado una decisión.

Se acercó despacio.

Miró la matrícula.

Después la aplicación abierta en el soporte del teléfono.

Finalmente me miró a mí.

—¿Trabajas para una plataforma de transporte?

No respondí.

Ava frunció el ceño.

—¿Ustedes se conocen?

Adrian no apartó la vista de mí.

—Sí.

La conozco muy bien.

Mi garganta se secó.

Esperaba un grito.

Esperaba que me quitara las llaves delante de todos.

Esperaba cualquier cosa.

Pero Adrian abrió la puerta trasera para Ava con absoluta calma.

—Sube.

Ella obedeció.

Luego él ocupó el asiento del copiloto.

Cerró la puerta.

Y dijo con la misma voz con la que ordenaba contratos de cientos de millones:

—Conduce.

Arranqué.

El silencio dentro del Maybach era insoportable.

Ava intentó romperlo.

—Lena, ¿verdad?

Asentí por el espejo.

—Sí.

—Conduces muy bien.

Gracias por venir tan rápido.

Sonreí por educación.

No podía decirle que aquel coche era el mismo en el que yo llevaba viviendo casi un año.

Que conocía la posición exacta del asiento favorita de Adrian.

Que podía reconocer su perfume incluso con los ojos cerrados.

Para ella yo era una conductora.

Solo eso.


A mitad del trayecto, el teléfono de Adrian comenzó a sonar sin parar.

Las notificaciones explotaban una tras otra.

Él abrió una de ellas.

Era el famoso hashtag.

#PedíUnMaybachPorLaApp

Ava soltó una pequeña risa.

—Pobre dueño del coche.

Debe estar volviéndose loco.

Adrian respondió sin levantar la cabeza.

—Sí.

Seguramente.

Después giró lentamente el teléfono hacia mí.

En la pantalla aparecía un video.

Era yo.

Abriendo la puerta a un pasajero dos noches antes.

Mi rostro se veía perfectamente.

—Tiene millones de reproducciones.

Dijo esas palabras sin cambiar el tono.

Sentí un escalofrío.

—Lo siento…

No era mi intención…

Él me interrumpió.

—¿Cuánto ganaste?

Parpadeé.

—¿Qué?

—En seis meses.

¿Cuánto dinero obtuviste manejando mi coche?

No entendía por qué preguntaba eso.

Respondí la verdad.

—Unos treinta y ocho mil dólares.

Adrian permaneció en silencio unos segundos.

Luego hizo un cálculo rápido en la calculadora del teléfono.

—Trabajaste una media de cuatro horas por noche.

Descansaste muy poco.

Los fines de semana conducías más.

No era una pregunta.

Era una conclusión.

Me mordí el labio.

Él seguía observando la pantalla.

—¿Por qué?

La respuesta salió sola.

—Porque no quería depender completamente de nadie.

Dentro del coche volvió a hacerse el silencio.

Ava dejó de sonreír.

Miró primero a Adrian.

Luego a mí.

Como si empezara a entender que aquella conversación no era normal entre un empresario y una conductora.


Llegamos a Star Lake.

Detuve el coche frente a la mansión.

Marqué el viaje como finalizado.

La aplicación emitió el sonido de siempre.

Viaje completado.

Esperé que ambos bajaran.

Ava salió primero.

Pero Adrian permaneció sentado.

—Cancela tu cuenta en la plataforma.

Lo miré por primera vez desde que comenzó el trayecto.

—No.

Él levantó una ceja.

—¿Qué dijiste?

Respiré hondo.

—No voy a cancelarla.

Es mi trabajo.

Por primera vez en años, vi una emoción real cruzar por su rostro.

No era ira.

Era sorpresa.

Ava se quedó inmóvil junto a la puerta.

—Adrian…

¿Qué está pasando?

Él no respondió.

Solo abrió la puerta lentamente.

Antes de bajar dejó una tarjeta negra sobre el tablero.

Era una tarjeta bancaria sin límite de crédito.

—Ya no necesitas conducir.

Empujé la tarjeta hacia él.

—Precisamente por eso necesito hacerlo.

No quiero volver a depender de alguien que puede reemplazarme cuando le convenga.

Los ojos de Adrian se endurecieron.

—¿Crees que eres reemplazable?

Sonreí con amargura.

Miré a Ava.

Luego el enorme anillo de compromiso que brillaba en su mano izquierda.

Y respondí con absoluta calma.

—No lo creo.

Lo descubrí hace tres días.

Ava bajó la vista hacia su propia mano.

Después giró lentamente la cabeza hacia Adrian.

—¿Tres días?

Su voz tembló.

—Adrian…

¿Por qué dijo eso?

Y por primera vez desde que comenzó todo aquel desastre…

…el hombre que siempre tenía una respuesta para todo no encontró una sola palabra que decir.

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