Todas las miradas se dirigieron a la mano izquierda de Margaret.
O de la mujer que todos creían que era Margaret.
Ella reaccionó un segundo demasiado tarde.
Intentó esconder la mano dentro del bolsillo del abrigo.
El detective Daniel Cross levantó inmediatamente la voz.
—Señora, por favor, saque las manos de los bolsillos.
La sonrisa de la mujer comenzó a desmoronarse.
Adrian soltó una carcajada nerviosa.
—¿En serio vamos a perder el tiempo con esto?
Se acercó a la mujer y le tomó la muñeca.
—Mamá, enséñales la mano para que esta locura termine de una vez.
Ella no se movió.
Por primera vez desde que apareció…
Parecía asustada.
El detective dio un paso al frente.
—Señora.
Es la segunda vez que se lo pido.
Lentamente, sacó la mano.
Todos contuvimos la respiración.
El meñique estaba completo.
Perfectamente sano.
Adrian me miró con una sonrisa de triunfo.
—¿Lo ves?
—¿Ya terminaste?
Los vecinos comenzaron a murmurar otra vez.
—La chica perdió la cabeza.
—Pobre señora Margaret.
—Qué acusación tan cruel.
Pero yo seguía sin apartar los ojos de aquella mujer.
Porque acababa de confirmar exactamente lo que sospechaba.
Sonreí.
Muy despacio.
—No.
No es ella.
Adrian golpeó el aire con desesperación.
—¡¿Qué más necesitas?!
Saqué el teléfono.
Abrí la fotografía que Sophia me había enviado.
La amplié.
Después la mostré al detective.
—Mire el cuello.
Daniel Cross observó atentamente.
—¿Qué debo ver?
Señalé una pequeña marca detrás de la oreja izquierda.
—Mi exsuegra tenía una cicatriz aquí.
Se la hizo cuando escapó de los traficantes siendo adolescente.
Medía casi cuatro centímetros.
Nunca desapareció.
Levanté la vista.
La mujer llevaba el cabello cuidadosamente peinado cubriendo exactamente esa zona.
Demasiado cuidadosamente.
El detective caminó lentamente hasta ella.
—¿Podría apartarse el cabello?
La mujer retrocedió.
—No veo por qué…
—Hágalo.
Su voz ya no era una petición.
Era una orden.
Ella tragó saliva.
Con manos temblorosas apartó lentamente el cabello.
No había ninguna cicatriz.
Ni una sola marca.
El silencio fue absoluto.
Adrian comenzó a mirar alternativamente a la mujer y a mí.
—¿Qué… qué está pasando?
Yo respiré profundamente.
—Hace cuatro años acompañé a Margaret a una cirugía dermatológica.
Le afeitaron precisamente esa parte del cabello.
Vi la cicatriz todos los días durante semanas.
Era imposible olvidarla.
Sophia comenzó a ponerse pálida.
Retrocedió un paso.
Luego otro.
El detective la observó inmediatamente.
—¿Le ocurre algo?
Ella negó con demasiada rapidez.
—No.
Solo estoy nerviosa.
Pero ya era tarde.
Uno de los agentes acababa de recibir una llamada por radio.
Le susurró algo al detective.
Daniel Cross levantó lentamente la cabeza.
—Acabamos de recibir una respuesta del laboratorio.
Mostró una fotografía en su tableta.
Era la imagen del documento nacional de identidad de Margaret Cole.
La comparó con la mujer que estaba delante.
Parecían idénticas.
Excepto por dos detalles.
La cicatriz.
Y el meñique amputado.
Adrian comenzó a retroceder.
—No…
Eso no puede ser.
Miró desesperadamente a la mujer.
—Mamá…
Dime que esto es una locura.
Ella permanecía completamente inmóvil.
Después…
Sonrió.
Pero ya no era la sonrisa cálida de Margaret.
Era fría.
Calculadora.
Desconocida.
—Has tardado más de lo que esperaba, Lina.
Aquella voz tampoco era la de mi exsuegra.
Era más grave.
Más seca.
Los vecinos retrocedieron instintivamente.
El detective sacó las esposas.
—¿Quién es usted?
La mujer dejó escapar una pequeña risa.
—Ya era hora de que alguien hiciera la pregunta correcta.
En ese mismo instante, un segundo vehículo policial entró a toda velocidad en el complejo.
Un agente bajó con una carpeta en la mano.
Corrió directamente hacia Daniel Cross.
—Detective.
Acabamos de localizar el teléfono de la verdadera Margaret Cole.
Todos contuvimos la respiración.
El agente abrió el mapa de rastreo.

Un punto rojo parpadeaba en la pantalla.
No estaba en Maple Garden.
Ni siquiera estaba en la ciudad.
La señal provenía de una vieja finca abandonada a más de cien kilómetros de allí.
Y el teléfono seguía emitiendo actividad… como si alguien acabara de encenderlo hacía apenas unos minutos.