El teléfono seguía en la mano de Sebastian.
La fotografía de mi coche ocupaba toda la pantalla.
No era una imagen tomada desde lejos.
Había sido capturada a pocos metros.
Alguien estaba frente a la mansión.
Observándonos.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién envió eso?
Sebastian pulsó el número.
Apagado.
—Usaron una tarjeta desechable.
Guardó el teléfono en el bolsillo y caminó directamente hacia la ventana.
Corrió apenas unos centímetros la cortina.
Su expresión cambió.
—Ya se fueron.
Mi respiración se aceleró.
—¿Nos estaban vigilando?
Él asintió.
Después tomó el intercomunicador.
—Richard.
La voz del jefe de seguridad respondió de inmediato.
—¿Señor?
—Cierren todos los accesos.
Revisen las cámaras de la última hora.
Y que nadie salga de la propiedad sin mi autorización.
—Entendido.
Permanecí junto a las maletas.
De pronto ya no tenía sentido marcharme.
No aquella noche.
Sebastian volvió hacia mí.
—¿Sigues creyendo que exagero cuando intento protegerte?
Bajé la mirada.
Durante años discutimos por eso.
Yo decía que tres escoltas para ir a comprar café eran absurdos.
Él respondía que la prudencia nunca era absurda.
Pensé que solo era un hombre obsesionado con el control.
Ahora empezaba a preguntarme si había algo que nunca me contó.
—Sebastian.
Levantó la vista.
—¿Desde cuándo sabes que alguien me sigue?
No respondió enseguida.
Ese silencio fue suficiente.
—¿Hace cuánto?
—Ocho meses.
Sentí que el aire desaparecía.
—¿Ocho… meses?
—Desde que Isabelle anunció que volvería a Estados Unidos.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Qué tiene que ver ella?
Sebastian abrió la carpeta que seguía sobre la cama.
Sacó varias fotografías.
La primera mostraba a Isabelle entrando en un restaurante.
No estaba sola.
Frente a ella había un hombre al que reconocí inmediatamente.
Victor Sloan.
Director de la revista que llevaba meses publicando artículos humillándome.
La segunda fotografía mostraba a Isabelle saliendo de un banco privado.
Y la tercera…
Hizo que mi sangre se helara.
Era yo.
Caminando sola hacia una librería.
La imagen estaba tomada desde el otro lado de la calle.
Debajo aparecía una fecha.
Seis meses atrás.
—¿Quién tomó esto?
—Un detective contratado por Isabelle.
Tragué saliva.
—¿Por qué?
Sebastian sostuvo mi mirada.
—Porque durante todo este tiempo no intentaba acercarse a mí.
Hizo una pausa.
—Intentaba encontrar la forma más rápida de destruirte.
Me dejé caer lentamente sobre el borde de la cama.
—No lo entiendo.
—Yo tampoco al principio.
Sebastian se sentó frente a mí.
—Hasta que descubrí algo.
Sacó un último documento.
Era una copia del testamento de su abuelo.
Señaló una cláusula resaltada.
—Léela.
Mis ojos recorrieron el texto.
Y cada palabra hacía que todo cobrara sentido.
“El heredero conservará el control absoluto del Grupo Hale únicamente mientras permanezca legalmente unido a la persona designada en el acuerdo de sucesión.”
Parpadeé varias veces.
Volví a leer.
Después levanté lentamente la cabeza.
—¿La persona designada…
Soy yo?
Sebastian asintió.
No podía creerlo.
—¿Por qué?
Su voz fue sorprendentemente tranquila.
—Porque mi abuelo fue el único que entendió quién permanecía a mi lado cuando no tenía nada.
Recordé los primeros años.
Antes de las mansiones.
Antes de los negocios.
Cuando Sebastian apenas estaba reconstruyendo la empresa familiar.
Yo seguía allí.
—Entonces…
Respiré con dificultad.
—¿Todo este tiempo Isabelle no quería recuperarte…
Quería recuperar la empresa?
—Exactamente.
El silencio cayó entre los dos.
Por primera vez comprendí por qué nunca aceptó que me fuera.
No era únicamente por afecto.
Tampoco solo por costumbre.
Había estado intentando mantenerme con vida.
En ese instante sonó el sistema de seguridad.
Richard apareció en la pantalla.
Su rostro era mucho más serio que antes.
—Señor Hale…
Sebastian respondió inmediatamente.
—¿Qué ocurrió?
Richard tragó saliva.
—Acabamos de revisar las cámaras.
Encontramos a una mujer entrando en la propiedad hace cuarenta minutos.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Quién?
Richard amplió una imagen.
La mujer llevaba gorra y gafas oscuras.
Pero al levantar ligeramente el rostro…
La reconocí.
Isabelle.
Sin embargo, lo que realmente hizo que Sebastian palideciera no fue verla allí.
Fue el objeto que sostenía en la mano.

Una llave.
La llave original de la puerta principal de la mansión.
Una llave que solo existía en tres copias.
Y que había desaparecido del despacho privado de Sebastian exactamente una semana antes.