Durante cinco segundos no respondí.
—¿Sophie está contigo? —pregunté finalmente.
—Sí. Y deja de hacer una escena. Solo quiero que los tres hablemos.
Los tres.
Como si nuestro matrimonio fuera una reunión de negocios.
Como si yo hubiera sido invitada a discutir mi propio reemplazo.
Sonreí.
—Está bien.
Ethan pareció sorprendido.
—¿En serio?
—Sí. Nos vemos esta noche.
Colgué.
Mia, que estaba sentada frente a mí, me miró preocupada.
—Claire, ¿qué estás pensando?
Guardé mi computadora.
—Voy a volver a casa.
—¿Para perdonarlo?
Negué con la cabeza.
—Para recoger mis cosas.
A las siete de la noche llegué al departamento.
La puerta estaba entreabierta.
Entré.
Sophie estaba sentada en mi sofá.
En MI sofá.
Llevaba una de mis batas de seda.
La que Ethan me regaló en nuestro aniversario.
Me quedé mirándola.
Ella bajó la mirada.
Ethan apareció detrás de ella.
—Claire, podemos hacerlo civilizadamente.
—Claro.
Dejé mi bolso sobre la mesa.
—Empieza tú.
Ethan respiró profundamente.
—Lo nuestro lleva tiempo deteriorándose.
Casi me reí.
—¿Desde cuándo?
—Hace meses.
—Entonces, ¿por qué me dejaste en el aeropuerto?
—No sabía cómo decírtelo.
—Pero sí sabías cómo llevártela a mi casa.
Sophie se levantó.
—No quería lastimarte.
La miré.
—Estás usando mi bata.
Se quedó inmóvil.
—Y estás sentada en mi sofá.
Sus mejillas se pusieron rojas.
—No sabía que…
—Sí sabías.
Ethan intervino.
—Basta.
Lo miré.
—No. Ahora no.
Por primera vez en cinco años, no bajé la voz para evitar una discusión.
—Me abandonaste en un aeropuerto a las diez de la noche. Te fuiste con tus cosas. No respondiste mis llamadas. Y ocho días después me llamaste furioso porque yo no había vuelto a casa.
Ethan apretó la mandíbula.
—Pensé que volverías.
—Ese fue tu error.
Fui hasta el dormitorio.
Abrí el armario.
Ethan me siguió.
—¿Qué haces?
—Me voy.
—Claire…
—No necesito permiso.
Saqué una maleta.
Entonces Ethan dijo algo que me hizo detenerme.
—No puedes irte así. La casa es mía.
Me giré lentamente.
—¿La casa?
—Sí.
—Qué interesante.
Abrí mi bolso y saqué una carpeta.
La puse sobre la cama.
Ethan la reconoció.
—¿Qué es eso?
—Los documentos de compra.
Su expresión cambió.
—Claire…
—La entrada la pagué yo.
Abrí otra página.
—Las cuotas durante los primeros cuatro años salieron de mi cuenta.
Otra página.
—Y el préstamo está a mi nombre.
Sophie miró a Ethan.
—¿No dijiste que la casa era tuya?
Él no respondió.
Yo cerré la carpeta.
—Puedes quedarte con el sofá.
Sophie bajó la cabeza.
—No quiero problemas.
—No los tendrás.
Tomé la maleta.
Antes de salir, Ethan me agarró del brazo.
Me solté inmediatamente.
—No vuelvas a tocarme.
Él retrocedió.
—Claire, espera.
Lo miré por última vez.
—Ocho días.
—¿Qué?
—Ocho días me dejaste esperando.
Respiré profundamente.
—Yo tardé cinco años en darme cuenta de que estaba esperando a un hombre que nunca pensó volver.
Salí.
En el ascensor, mi teléfono vibró.
Era Mia.
—¿Todo bien?
Miré la maleta.
—Sí.
—¿Dónde vas?
Sonreí.
—A mi propio apartamento.
Pero antes de que pudiera guardar el teléfono, llegó un correo desconocido.
Solo contenía un archivo.
Lo abrí.
Era una fotografía de Ethan y Sophie entrando juntos en un hotel.
La fecha era de hacía once meses.
Y debajo había un mensaje:
“Claire, él no te abandonó hace ocho días.”
“Lo hizo mucho antes.”
“Si quieres saber por qué, revisa quién pagó esa habitación.”
Abrí el documento adjunto.
El pago había salido de una cuenta empresarial.
La empresa de Ethan.
Pero el beneficiario final era otra persona.
Mi nombre aparecía al final de la transferencia.
Y entonces comprendí que alguien llevaba casi un año usando mi identidad para pagar algo que yo jamás había autorizado.

La infidelidad de Ethan podía ser el menor de mis problemas.
Porque alguien había estado robando dinero en mi nombre.
Y ahora tenía una razón mucho más peligrosa para descubrir toda la verdad.