PARTE 2: La Mujer Que Entró A Su Propio Funeral

El primer golpe no fue contra el suelo.

Fue contra las ramas.

Una tras otra amortiguaron la caída hasta lanzarla violentamente sobre una pendiente cubierta de pinos y piedras.

Cuando Mariana recuperó la conciencia, apenas podía respirar.

Tenía el hombro izquierdo fuera de lugar, una profunda herida en la pierna y la frente cubierta de sangre seca.

Miró hacia arriba.

El helicóptero ya no estaba.

Paola ni siquiera había comprobado si seguía viva.

Con un esfuerzo desesperado sacó el teléfono del bolsillo de su chamarra.

Sin señal.

Lo guardó otra vez.

No llamó a nadie.

Si Paola había planeado aquello, también sabría cómo buscar su cuerpo.

Y si Rodrigo estaba involucrado, cualquier llamada solo les daría la oportunidad de terminar el trabajo.

Durante cuatro días sobrevivió bebiendo agua de un pequeño arroyo y cubriendo sus heridas con trozos de su propia camisa.

La fiebre iba y venía.

Varias veces creyó que moriría allí.

Hasta que, al amanecer del quinto día, escuchó motores.

No eran helicópteros.

Eran vehículos forestales.

Dos brigadistas la encontraron inconsciente junto a un tronco caído.

Cuando despertó en una pequeña clínica rural, pidió una sola cosa.

—No registren mi nombre.

El médico la miró sorprendido.

—Señora, su familia debe estar buscándola.

Mariana negó lentamente.

—Si saben que sigo viva… vendrán por mí.

Horas después apareció un hombre de cabello canoso con uniforme de la policía estatal.

Era el comandante Esteban Salazar.

Había participado en el operativo de búsqueda.

—Encontramos restos del helicóptero y pertenencias suyas.

Todos creen que falleció.

Mariana permaneció en silencio unos segundos.

Luego hizo una pregunta.

—¿Ya cobraron el seguro?

El comandante frunció el ceño.

—¿Qué seguro?

Ella respiró hondo.

—Uno de cinco millones de dólares.

Esteban comprendió que aquella historia era mucho más grande de lo que parecía.

Esa misma tarde consiguió una orden reservada para revisar los movimientos financieros relacionados con la desaparición.

Tres días después regresó con una carpeta.

La dejó frente a Mariana.

—Tenía razón.

Dentro había documentos bancarios.

La aseguradora había recibido la solicitud de indemnización menos de doce horas después del accidente.

Demasiado rápido.

Muchísimo antes de que terminara oficialmente la búsqueda.

Además…

La póliza había sido modificada tres semanas antes.

Beneficiario principal:

Rodrigo Álvarez.

Beneficiaria sustituta:

Paola Rivas.

Mariana cerró lentamente la carpeta.

No lloró.

Ya no quedaban lágrimas.

Solo una decisión.

—No voy a aparecer todavía.

—¿Qué piensa hacer?

Ella miró por la ventana.

En la televisión del hospital transmitían las noticias.

“Este sábado se realizará un homenaje póstumo para la empresaria Mariana Rivas…”

La ceremonia sería en Guadalajara.

Con políticos.

Empresarios.

Y toda su familia.

Mariana sonrió por primera vez desde la caída.

—Que hagan el funeral.

El comandante la observó sin entender.

—¿Perdón?

—Quiero que todos crean que estoy muerta.

Abrió nuevamente la carpeta.

Entre los documentos había algo que no esperaba.

Un correo electrónico impreso.

Asunto:

“Después del pago, destruimos el resto.”

Remitente:

Rodrigo.

Destinataria:

Paola.

Y un archivo adjunto cuya existencia podía convertir un supuesto accidente en un caso de homicidio planeado.

Mariana dobló cuidadosamente aquella hoja.

—Ahora sí.

Levantó la mirada con una serenidad inquietante.

—Cuando entren el ataúd y empiecen los discursos… yo entraré por la puerta principal.

Y ninguno de los dos tendrá tiempo de inventar otra mentira.

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