Sostuve la mirada de Rosalind durante unos segundos.
—Necesito que sigan creyendo que usted está confundida.
Ella asintió sin dudar.
—Eso puedo hacerlo.
—¿Y tú?
Respiré hondo.
—Yo voy a fingir que no sé absolutamente nada.
Naomi tardó menos de quince minutos en poner todo en marcha.
No volvió a llamarme.
Solo recibí un mensaje cifrado.
“Orden de preservación aprobada. No confrontes a nadie. Todo lo que hagan desde ahora quedará registrado.”
Guardé el teléfono.
Luego coloqué nuevamente la grabadora detrás del armario exactamente donde la había encontrado.
Los documentos falsificados volvieron a la carpeta.
Empujé el armario hasta cubrir el escondite.
Cuando terminé, la habitación parecía exactamente igual que antes.
Como si nunca hubiera entrado.
A las siete y doce de la tarde escuché un automóvil detenerse frente a la casa.
Spencer.
Reconocería el sonido de ese motor en cualquier lugar.
La puerta principal se abrió.
—¿Nellie?
Tomé un vaso con agua y salí tranquilamente de la habitación.
—Aquí estoy.
Sonrió.
Demasiado rápido.
—¿Cómo estuvo Atlanta?
—Agotador.
Lo abracé.
Mientras lo hacía, percibí el perfume de Bianca impregnado en su chaqueta.
No dije nada.
Él tampoco.
—¿Viste la nota? —preguntó.
—Sí.
—La abuela estuvo muy inquieta estos días.
Suspiró con una expresión ensayada.
—Ya casi no reconoce a nadie.
Lo observé con atención.
Era un excelente mentiroso.
Tanto que durante ocho años jamás había sospechado de él.
Hasta ese día.
—Fui a verla.
—¿Y?
—Dormía casi todo el tiempo.
Vi un leve alivio cruzar su rostro.
Había mordido el anzuelo.
Mientras preparaba la cena, Bianca entró en la cocina sin siquiera tocar la puerta.
—¡Nellie!
Me besó la mejilla.
—Qué bueno que regresaste.
Después preguntó exactamente lo que esperaba.
—¿Cómo encontraste a Rosalind?
—Muy débil.
Bianca negó con tristeza fingida.
—Pobre mujer.
—Ya no distingue la realidad.
—A veces inventa cosas terribles.
Miró directamente mis ojos.
—Si alguna vez dice algo extraño sobre nosotros…
Sonrió.
—No le des importancia.
Comprendí que estaban preparando el terreno.
Querían desacreditarla antes de que pudiera hablar.
A las nueve de la noche fingí irme a dormir.
Esperé.
Diez minutos.
Veinte.
Treinta.
Después escuché pasos.
La puerta de mi despacho se abrió lentamente.
No me moví.
A través de la pequeña cámara de seguridad que siempre mantenía conectada desde mi teléfono pude verlo con claridad.
Spencer.
Llevaba guantes.
Abrió mi computadora.
Después sacó una memoria USB de su bolsillo.
Conectó el dispositivo.
Comenzó a copiar archivos.
Sonreí por primera vez en todo el día.
Porque aquella computadora no contenía información real.
Desde hacía dos años utilizaba un servidor externo para todos los expedientes importantes.
Ese equipo era un señuelo.
Y Naomi lo sabía.
A la mañana siguiente desayunamos los tres.
Spencer parecía de excelente humor.
Bianca incluso preparó panqueques.
Era la imagen perfecta de una familia unida.
Hasta que sonó el timbre.
Spencer abrió la puerta.
Dos personas esperaban afuera.
Un hombre con traje oscuro.
Y una mujer con una carpeta.
—Buenos días.
—Somos de la oficina del Registro de la Propiedad.
Spencer frunció el ceño.
—¿Ocurre algo?
La funcionaria respondió con serenidad.
—Venimos a confirmar personalmente una solicitud de transferencia presentada en nombre de la señora Rosalind Beck.
Bianca se quedó inmóvil.
Nadie esperaba aquella visita.
El funcionario continuó.
—Existe una alerta automática cuando una persona mayor de ochenta años transfiere bienes de alto valor.
Miró la documentación.
—Y necesitamos verificar que la firma fue realizada libremente.
Spencer respondió demasiado rápido.
—Mi abuela no puede recibir visitas.
—Está muy enferma.
La funcionaria sonrió con cortesía.
—Precisamente por eso debemos verla.
El silencio que siguió fue suficiente para entender que el plan comenzaba a desmoronarse.
En ese instante, mi teléfono vibró.
Era Naomi.
Solo escribió una frase.
“No dejes que entren todavía.”
Fruncí el ceño.
Un segundo después llegó otro mensaje.
“Acabamos de descubrir algo mucho más grande.”
Antes de que pudiera responder, Spencer recibió una llamada.
Contestó con naturalidad.
Pero bastaron cinco segundos para que todo el color desapareciera de su rostro.
—¿Qué quieres decir con que congelaron todas las cuentas?
Al otro lado alguien siguió hablando.
Spencer comenzó a temblar.

—Eso es imposible…
Naomi envió un último mensaje.
“Los ochocientos mil dólares nunca llegaron a la empresa fantasma de Spencer.”
“Alguien robó el dinero antes que él.”