PARTE 2: LA MUJER QUE ÉL ESPERABA

Charlotte Bennett permaneció en la puerta con una sonrisa impecable.

Llevaba un abrigo blanco, el cabello recogido y una pequeña maleta de viaje detrás de ella. Parecía haber salido directamente de una portada de revista.

Adrian seguía frente a mí.

Su mano continuaba apoyada sobre el escritorio, demasiado cerca de mi cintura.

Yo fui la primera en apartarme.

—Señorita Bennett —saludé, intentando que mi voz no revelara el caos dentro de mi cabeza.

Charlotte me examinó de arriba abajo.

No fue una mirada hostil.

Eso habría sido más fácil.

Fue una mirada curiosa, casi divertida.

—Así que tú eres Elena.

Mi estómago se contrajo.

—¿Nos conocemos?

—Personalmente, no. Pero he oído hablar mucho de ti.

Miré a Adrian.

Él no parecía sorprendido por su llegada.

—Charlotte, llegaste antes de lo previsto.

—Y tú estás más ocupado de lo que imaginaba.

Sus ojos bajaron hacia la distancia entre nosotros.

Adrian ni siquiera intentó explicarse.

—Cierra la puerta —ordenó.

Charlotte entró y obedeció.

Yo recogí los documentos de la mesa.

—Puedo regresar más tarde.

—No —dijo Adrian.

—Creo que deberían hablar en privado.

—Tú también formas parte de esta conversación.

Aquello me gustó todavía menos.

Charlotte dejó la maleta junto al sofá y se sentó con naturalidad, como si aquella oficina también le perteneciera.

—Elena, antes de que pienses algo extraño, Adrian y yo no somos amantes.

Me quedé inmóvil.

—Yo no estaba pensando eso.

Charlotte sonrió.

—Claro que no.

Adrian la miró con frialdad.

—No la incomodes.

—Lleva tres años trabajando contigo. Si todavía se incomoda con una frase, es porque no le has explicado absolutamente nada.

—No es asunto tuyo.

—Me hiciste cruzar medio mundo para ayudarte. Ahora sí es asunto mío.

Yo miraba de uno a otro.

La familiaridad entre ellos era evidente. Charlotte no le temía. No cuidaba cada palabra ni esperaba permiso para respirar.

Era todo lo que yo nunca había sido frente a Adrian.

—Señor Gray —dije—, todavía tengo que organizar la reunión de las diez.

—Está cancelada.

—También debe revisar el contrato de Oslo.

—Después.

—Y el equipo financiero espera su aprobación.

—Que esperen.

Aquella respuesta me desconcertó más que la presencia de Charlotte.

Adrian Gray jamás hacía esperar a nadie por razones personales.

Mucho menos cancelaba una reunión.

—¿Por qué me hizo regresar? —pregunté.

Su rostro se endureció.

—Siéntate.

—Prefiero estar de pie.

—Elena.

—Me hizo abandonar a mi madre después de una cirugía. Cambié un tren, compré un vuelo y pasé la noche viajando porque me escribió “vuelve antes”. Creo que merezco una respuesta sin más órdenes.

Charlotte levantó las cejas y miró a Adrian.

—Me agrada.

Él ignoró el comentario.

—Ayer alguien entró en tu apartamento.

Sentí que el aire desaparecía.

—¿Qué?

—La alarma se activó a las dos y diecisiete de la madrugada.

—Yo nunca instalé una alarma.

—La instaló la empresa.

—¿Sin decírmelo?

Adrian guardó silencio.

—¿Puso vigilancia en mi casa?

—Después de las amenazas del proyecto Meridian, aumenté la protección de los empleados con acceso a información sensible.

—Soy la única empleada que vive sola y cuya alarma usted controla personalmente, ¿verdad?

Charlotte cruzó las piernas y murmuró:

—Esto va mejor de lo que esperaba.

Adrian le lanzó una mirada.

—El sistema alertó a seguridad —continuó—. Cuando llegaron, la puerta estaba abierta. No robaron dinero ni objetos de valor.

—¿Qué se llevaron?

Adrian colocó una fotografía sobre el escritorio.

Mostraba mi apartamento con los cajones abiertos y varios documentos esparcidos por el suelo.

—Tu computadora personal desapareció. También las copias del informe que llevaste a casa.

Recordé el archivo.

Era un análisis preliminar sobre una adquisición secreta de Grayden Group. Yo había detectado cifras que no coincidían, transferencias hacia empresas desconocidas y firmas duplicadas en varios contratos.

Pensaba presentárselo a Adrian al regresar de mi permiso.

—¿Cree que alguien sabía que lo descubrí?

—No lo creo. Estoy seguro.

Miré la imagen de mi apartamento.

—¿Por qué no me lo dijo por teléfono?

—Porque no sabía si tu línea estaba intervenida.

—Podría haber enviado seguridad a casa de mi madre.

—Lo hice.

La respuesta llegó demasiado rápido.

—¿Qué?

—Dos agentes vigilan la clínica y la casa de tu familia.

Mi indignación chocó con una sensación inesperada de alivio.

—Lucas no me dijo nada.

—No saben quiénes son. Creen que forman parte de la seguridad del hospital.

—¿Y por qué tuvo que llamarme de madrugada?

Adrian apretó la mandíbula.

—Necesitaba escuchar tu voz.

La oficina quedó en silencio.

Charlotte desvió la mirada hacia la ventana para esconder una sonrisa.

Yo sentí calor en el rostro.

—¿Por razones de seguridad?

Adrian me miró fijamente.

—Al principio.

Mi corazón comenzó a golpear con demasiada fuerza.

—Luego respondió tu hermano.

Recordé la conversación.

“¿Quién llama a mi hermana a estas horas?”

“Yo no soy pequeño.”

Tuve que apretar los labios para no cerrar los ojos de vergüenza.

Charlotte soltó una carcajada.

—¿Eso fue lo que dijiste?

—No es relevante.

—Es extraordinariamente relevante. Adrian Gray, presidente de cinco compañías, enfrentándose a un muchacho por teléfono porque lo llamó pequeño.

—No sabía quién era.

—¿Pensaste que Elena estaba con otro hombre?

Adrian no respondió.

Eso fue una respuesta.

Charlotte se volvió hacia mí.

—Ahora comprendo por qué me pidió regresar con tanta urgencia.

—Me pidió volver por el robo —dije.

—Te pidió volver porque casi perdió la cabeza durante las treinta horas que estuviste lejos.

—Charlotte —advirtió él.

Ella levantó las manos.

—Está bien. Que sigan fingiendo.

Me concentré en los documentos para recuperar el control.

—¿Qué relación tiene la señorita Bennett con el informe robado?

La sonrisa desapareció de Charlotte.

—Bennett Holdings aparece en esas transferencias.

—Eso es imposible. Las empresas receptoras tenían otros nombres.

—Son filiales creadas por mi tío —explicó—. Lleva años desviando dinero de nuestras compañías y utilizando proyectos compartidos con Grayden para ocultarlo.

Adrian abrió una carpeta.

—La semana pasada detectamos que alguien dentro de mi equipo le proporcionaba información.

—¿Quién?

—Todavía no lo sabemos.

—¿Por eso Charlotte regresó?

—Por eso —confirmó ella—. No porque esté intentando recuperar a mi supuesto amor de infancia.

La miré con cautela.

—Todos en la oficina creen que ustedes estaban comprometidos.

Charlotte soltó un suspiro.

—Nuestras familias intentaron comprometernos cuando teníamos veintidós años. Adrian se negó antes de que yo pudiera hacerlo.

—Dijiste que no querías casarte con una mujer que hablaba más que tú —recordó él.

—Y yo dije que prefería vivir en un convento antes que compartir una casa con un hombre que programaba hasta sus horas de sueño.

Por primera vez vi una sonrisa auténtica en el rostro de Adrian.

Pequeña.

Casi invisible.

Pero existió.

Algo dentro de mí se volvió incómodo.

No eran amantes.

Sin embargo, compartían recuerdos, familias y un mundo al que yo jamás había pertenecido.

Charlotte me observó durante unos segundos.

—No tienes que preocuparte por mí.

—No estoy preocupada.

—Entonces deja de mirar como si estuvieras calculando cuánto tiempo tardaría en sacarte de esta oficina.

Adrian intervino:

—Nadie va a sacar a Elena de ningún lugar.

—Eso también debe decidirlo ella —respondió Charlotte.

La frase me sorprendió.

Adrian se volvió hacia mí.

—Quiero que permanezcas en el edificio hasta que encontremos al responsable.

—No.

Su expresión se endureció.

—No era una petición.

—Entonces mi respuesta sigue siendo no.

—Entraron en tu apartamento.

—Y mi madre está en un hospital a cientos de kilómetros.

—Está protegida.

—Por personas que usted contrató sin preguntarme.

—Era necesario.

—Lo necesario habría sido explicarme el riesgo antes de dejarme llevar documentos confidenciales a casa.

Adrian guardó silencio.

Charlotte se levantó del sofá.

—Voy por café.

—Quédate —ordenó Adrian.

—No. Esta conversación dejó de ser empresarial hace varios minutos.

Pasó junto a mí y susurró:

—No permitas que convierta su preocupación en otra forma de control.

Después salió y cerró la puerta.

Adrian y yo quedamos solos.

La distancia entre ambos parecía más peligrosa que antes.

—¿Realmente cree que alguien podría lastimar a mi familia? —pregunté.

—Sí.

—¿Desde cuándo lo sabe?

—Desde ayer por la tarde.

—Y aun así esperó hasta la madrugada para llamarme.

—Necesitaba confirmar que la filtración provenía de nuestro edificio.

—¿Por qué no me dio la información completa cuando respondió?

—Tu hermano colgó.

—Después le llamé tres veces.

—Lo sé.

—No contestó.

Adrian apartó la mirada.

—Estaba molesto.

No podía creer lo que escuchaba.

—¿Molesto conmigo?

—Con él.

—¿Porque preguntó quién llamaba a su hermana?

—Porque respondió tu teléfono.

—Es mi hermano.

—En ese momento no lo sabía.

Crucé los brazos.

—¿Y qué creyó?

Adrian se acercó lentamente.

—Creí que habías pedido tres días para cuidar a tu madre y que, después de menos de veinticuatro horas, otro hombre contestaba tu teléfono en mitad de la noche.

—¿Eso le daba derecho a enfadarse?

—No.

—¿Entonces?

—Me dio celos.

La palabra quedó suspendida entre nosotros.

Pronunciada por cualquier otro hombre habría parecido normal.

En boca de Adrian Gray sonaba como una confesión arrancada bajo amenaza.

—Usted no siente celos —murmuré.

—Yo tampoco lo creía.

—Tal vez solo está acostumbrado a tenerme disponible.

—Es posible.

La sinceridad me hizo levantar la mirada.

—Durante tres años estuviste aquí antes de que yo llegara y continuabas después de que me marchaba. Sabías lo que necesitaba antes de que lo pidiera. Conocías mis horarios, mis decisiones y hasta cuándo había olvidado comer.

—Porque era mi trabajo.

—Eso me dije.

Adrian se detuvo frente a mí.

—Después pediste tres días de permiso.

—Mi madre fue operada.

—Lo sé. Y debí darte una semana sin obligarte a justificarlo.

Aquella disculpa era tan inesperada que no supe responder.

—La primera noche revisé tres veces un informe buscando una cifra que tú ya habías corregido —continuó—. Cancelé una cena porque no recordaba dónde habías colocado el contrato. Me descubrí mirando la puerta cada vez que alguien caminaba por el pasillo.

—Eso demuestra que depende demasiado de su asistente.

—También me dije eso.

—Y probablemente sea verdad.

—Hasta que llamó tu hermano.

Sentí que mi respiración cambiaba.

—Cuando escuché una voz masculina, no pensé en la empresa. No pensé en el informe ni en la amenaza. Solo pensé que alguien estaba contigo y que yo no tenía derecho a preguntar quién era.

—No lo tiene.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué me hizo regresar?

—Porque estabas en peligro.

—¿Solo por eso?

Adrian tardó demasiado en responder.

—No.

La puerta se abrió antes de que pudiera decir algo más.

Charlotte entró sin café.

Su rostro había cambiado.

—Tenemos un problema.

Adrian retrocedió inmediatamente y volvió a ser el director general.

—¿Qué ocurrió?

—El equipo de seguridad encontró quién utilizó la tarjeta para entrar en el apartamento de Elena.

Colocó una tableta sobre el escritorio.

En la imagen aparecía un hombre con gorra y mascarilla entrando en mi edificio.

No reconocí su rostro.

Pero sí reconocí la chaqueta.

—Es de Recursos Humanos —dije.

Adrian amplió la imagen.

La identificación colgaba parcialmente de su bolsillo.

El nombre era visible.

Thomas Hale.

El jefe de Recursos Humanos.

El mismo hombre que había entrevistado a los cinco asistentes tres años atrás.

El mismo ante quien Adrian había dicho:

“Solo necesito a Elena Parker.”

—Eso no tiene sentido —murmuré—. Thomas fue quien aprobó mi contratación.

Charlotte y Adrian intercambiaron una mirada.

—No la aprobó —dijo ella—. Intentó impedirla.

—¿Qué?

Adrian abrió un archivo antiguo en su computadora.

—Tu puntuación fue la más alta del proceso. Sin embargo, Thomas eliminó tu nombre de la lista final.

—Pero usted me contrató.

—Revisé personalmente los exámenes porque ninguno de los candidatos seleccionados detectó un error en el caso financiero. Tú sí lo hiciste.

Recordé aquella prueba. Había pasado toda la noche revisando un balance ficticio hasta encontrar una transferencia duplicada escondida entre cientos de cifras.

—Thomas dijo que mi perfil no encajaba con la cultura ejecutiva —murmuré.

—Dijo que eras demasiado joven, que no tenías conexiones y que probablemente abandonarías el puesto al primer mes —respondió Adrian—. Lo contradije.

—Entonces no me eligió porque me parecía a Charlotte.

Adrian frunció el ceño.

—¿Quién te dijo esa tontería?

—Toda la oficina lo comenta.

Charlotte se acercó a mí.

—Elena, nos parecemos únicamente en que ambas tenemos el cabello oscuro. Y el mío ni siquiera es natural.

Me quedé mirándola.

Ella sonrió.

—No se lo digas a los periodistas.

Adrian no parecía divertido.

—Te elegí porque fuiste la única persona capaz de encontrar un fraude que mi propio equipo financiero no vio.

—Entonces ¿por qué nunca me lo dijo?

—Creí que lo sabías.

—Solo me dijo que despidiera a los otros cuatro y asumiera su trabajo.

—Te tripliqué el salario.

—Me quintuplicó las responsabilidades.

—No te obligué a quedarte.

Aquella frase me dolió más de lo que esperaba.

—No —respondí—. Solo hizo que pareciera que irme significaba demostrar que todos tenían razón sobre mí.

Adrian abrió la boca, pero no encontró una respuesta.

—Durante tres años no tuve un día completo de descanso —continué—. Cada vez que pensaba en renunciar, usted me daba otra responsabilidad, otro aumento o una frase que me hacía creer que era indispensable.

—Lo eres.

—Ese es el problema. Ninguna empresa debería depender tanto de una sola persona.

Charlotte miró a Adrian.

—Te lo advertí.

Él ignoró el comentario.

—Cuando esto termine, contrataremos más asistentes.

—No.

—Elena…

—Cuando esto termine, yo decidiré si continúo trabajando aquí.

Su expresión se volvió completamente inmóvil.

—¿Quieres renunciar?

—Todavía no lo sé.

—¿Por Thomas?

—Por mí.

La respuesta pareció afectarlo más que cualquier acusación.

Charlotte tomó la tableta.

—Hay algo más. Thomas no actuaba solo.

Abrió una serie de correos.

—Ha estado enviando información a mi tío durante al menos cuatro años. Antes de que Elena entrara en la empresa.

—¿Qué información? —pregunté.

—Procesos de selección, contratos, evaluaciones internas y datos personales de empleados con acceso a proyectos sensibles.

Adrian leyó los mensajes.

—Thomas contrataba personas vulnerables para presionarlas después.

Sentí un escalofrío.

Yo necesitaba aquel trabajo desesperadamente. Mi padre había muerto dejando deudas médicas. Lucas todavía estudiaba. Mi madre dependía de mis ingresos.

—Sabía todo sobre mi familia.

—Sí —respondió Charlotte—. También sabía que eras demasiado orgullosa para admitir que necesitabas ayuda.

Adrian cerró el archivo.

—Quería colocarte cerca de mí para vigilar los proyectos.

—Pero intentó impedir mi contratación.

—Porque después descubrió que eras demasiado competente. Tú podías encontrar las irregularidades que él necesitaba ocultar.

Las piezas comenzaron a encajar.

Thomas siempre insistía en que no necesitaba vacaciones.

Decía que ningún reemplazo podría manejar la agenda de Adrian.

Cuando yo pedía contratar apoyo, aseguraba que el presupuesto no lo permitía.

Había contribuido a mantenerme agotada, aislada y demasiado ocupada para revisar los movimientos completos de la empresa.

—Por eso despidieron a los otros cuatro asistentes —dije.

Adrian negó.

—Yo los despedí por filtrar información.

—Información que probablemente Thomas les pidió obtener.

—Es posible.

—Y después me dejó sola en el puesto porque sabía que no podría investigar nada fuera de mis tareas.

Charlotte asintió.

—Hasta que llevaste el informe a casa.

Adrian tomó el teléfono.

—Seguridad localizará a Thomas.

Charlotte lo detuvo.

—Ya salió del país.

—¿Cuándo?

—Hace una hora. Utilizó un vuelo privado de Bennett Holdings.

Adrian apretó la mandíbula.

—Tu tío lo está protegiendo.

—O eliminando.

La palabra cayó con frialdad.

Mi teléfono comenzó a vibrar.

Era Lucas.

Contesté de inmediato.

—¿Está mamá bien?

—Sí, pero hay un hombre aquí preguntando por ti.

Me puse rígida.

—¿Qué hombre?

—Dice que trabaja contigo. Se llama Thomas.

Adrian me quitó suavemente el teléfono y activó el altavoz.

—Lucas, aléjate de él ahora.

Mi hermano guardó silencio.

—¿Quién habla?

—Adrian Gray.

—¿El rencoroso?

Charlotte se cubrió la boca.

Incluso en aquel momento, Adrian cerró los ojos un segundo.

—Sí —respondió con paciencia—. Escúchame. Lleva a tu madre a una habitación con llave. No enfrentes a Thomas. La seguridad está en camino.

—¿Qué hizo ese hombre?

—Entró en el apartamento de Elena y puede ser peligroso.

La voz de Lucas cambió.

—Ya no está frente al hospital.

—¿Dónde está?

—Lo vi entrar hace unos minutos. Dijo que iba a hablar con el médico de mamá.

Yo corrí hacia la puerta.

Adrian me sujetó por el brazo.

—¿Adónde vas?

—Al aeropuerto.

—No llegarás a tiempo.

—Es mi familia.

—Y voy a traerlos aquí.

—No puede resolver todo con órdenes.

—Esta vez puedo resolverlo con un avión.

Charlotte ya estaba llamando a su equipo.

—Mi helicóptero está en la azotea. Llegará al pueblo en cuarenta minutos.

—Yo voy —dije.

Adrian negó.

—Es demasiado peligroso.

—Mi madre está allí.

—Elena…

—No intente impedírmelo.

Nos miramos durante varios segundos.

Finalmente, él tomó su chaqueta.

—Entonces voy contigo.

—No necesito que…

—No voy como tu jefe.

—¿Entonces como qué?

Adrian sostuvo mi mirada.

—Como el hombre que no piensa pasar otras treinta horas sin saber si estás a salvo.

No respondí.

No podía.

Charlotte nos interrumpió:

—Pueden resolver su crisis sentimental cuando encontremos al espía.

Subimos al helicóptero siete minutos después.

Durante el trayecto, Adrian habló con la policía, con el hospital y con el equipo de seguridad. Yo intenté comunicarme con Lucas, pero su teléfono dejó de responder.

Cada minuto se volvió insoportable.

—Estarán bien —dijo Adrian.

—No lo sabe.

—No.

Fue la primera vez que no intentó darme una certeza falsa.

—Pero haré todo lo necesario para encontrarlos.

Miré por la ventana.

—Mi hermano cree que usted va a despedirme.

—¿Por qué?

—Porque contestó mi teléfono.

—Debería preocuparle más haberme llamado pequeño.

A pesar del miedo, una risa breve escapó de mis labios.

Adrian me observó como si aquel sonido fuera algo precioso.

Después su expresión se volvió seria.

—Cuando todo termine, tomarás tus días de descanso.

—No necesito permiso para hacerlo.

—Tienes razón.

—Y contratará un equipo completo.

—Sí.

—Con horarios razonables.

—Sí.

—Y no instalará sistemas de seguridad en mi casa sin informarme.

—Eso será más difícil.

Lo miré con severidad.

—Está bien —cedió—. Te informaré.

—Tampoco volverá a exigirme regresar con un mensaje de dos palabras.

—Debí explicarte la situación.

—Sí.

—Pero habrías regresado igualmente.

—Probablemente.

—Por eso me gustas.

Aquella vez comprendí que no se refería solo a mi eficiencia.

—Todavía no ha terminado la conversación de la oficina —murmuré.

—Lo sé.

—Y no voy a responderle mientras siga siendo mi jefe.

Adrian permaneció en silencio.

—¿Eso significa que existe una respuesta si dejo de serlo?

—Significa que primero debo descubrir qué quiero hacer con mi vida.

Él asintió.

—Esperaré.

—Usted no sabe esperar.

—Aprenderé.

Al aterrizar, encontramos varias patrullas frente al hospital.

Corrí hacia la entrada.

Lucas apareció en el pasillo con el labio partido, pero caminaba por su cuenta.

Lo abracé con tanta fuerza que protestó.

—Estoy bien.

—¿Dónde está mamá?

—En su habitación. No se enteró de casi nada.

—¿Y Thomas?

Lucas miró detrás de mí.

Al ver a Adrian, frunció el ceño.

—Así que usted es el rencoroso.

Adrian extendió la mano.

—Y tú eres el hombre que responde teléfonos ajenos.

Lucas estrechó su mano.

—Alguien tenía que protegerla. Usted no le da ni vacaciones.

—Eso va a cambiar.

Mi hermano lo estudió.

—Más le vale.

—¿Dónde está Thomas? —pregunté.

—Entró en la habitación de mamá fingiendo que era médico. Quería que firmara un documento.

—¿Qué documento?

Lucas sacó varias hojas arrugadas de su chaqueta.

—Una autorización para declarar que tú habías robado información de la empresa y se la habías enviado a nuestra familia.

Adrian revisó las páginas.

—Intentaba construir una coartada. Quería culparte de la filtración.

—¿Cómo escapó?

—No escapó.

Lucas señaló una sala cercana.

Dos policías custodiaban la puerta.

—Intentó quitarme el teléfono. Le pegué con una bandeja.

—Lucas.

—Era una bandeja ligera.

—Tienes el labio roto.

—Él quedó peor.

Adrian miró a mi hermano con una mezcla extraña de desaprobación y respeto.

—La próxima vez espera a seguridad.

—La próxima vez llegue más rápido.

—Lucas —repetí.

Mi hermano sonrió.

—Ahora sí parece cuñado.

Sentí que el rostro me ardía.

Adrian, en cambio, respondió con absoluta calma:

—Todavía no.

—¿Todavía?

—Señor Gray —advertí.

Por primera vez desde que lo conocía, se rio abiertamente.

Thomas fue detenido aquella tarde.

Sus documentos, correos y declaraciones permitieron descubrir una red de fraude que involucraba a varios ejecutivos de Bennett Holdings y dos directivos de Grayden Group.

Charlotte testificó contra su tío y asumió temporalmente la dirección de su compañía.

Mi madre se recuperó de la cirugía.

Lucas convirtió la historia de la bandeja en una leyenda familiar cada vez más exagerada.

Yo regresé a la ciudad una semana después.

No como asistente de Adrian.

Presenté mi renuncia el primer día.

Él la leyó en silencio.

—¿Es definitiva?

—Sí.

—Puedo ofrecerte otro puesto.

—No quiero otro puesto.

—¿Qué quieres?

Coloqué sobre su escritorio el informe completo de Meridian.

—Crear mi propia consultora de auditoría. Quiero detectar fraudes antes de que destruyan empresas y personas.

Adrian observó el documento.

—Grayden será tu primer cliente.

—Todavía no he establecido mis tarifas.

—Pagaré el doble.

—Eso también es una forma de control.

—Entonces pagaré exactamente lo que cobres.

Sonreí.

—Aprende rápido.

—Tengo una buena maestra.

Caminé hacia la puerta.

—Elena.

Me detuve.

Adrian rodeó el escritorio, pero mantuvo una distancia prudente.

Ya no era mi jefe.

Yo ya no era su asistente.

Por primera vez estábamos frente a frente sin contratos, horarios ni órdenes entre nosotros.

—Ahora puedo terminar la conversación —dijo.

—Puede intentarlo.

—Me gustas.

—Eso ya lo dijo.

—No por tu parecido con Charlotte.

—Eso quedó bastante claro.

—No solo porque eres inteligente o porque sabes hacer el trabajo de cinco personas.

—Espero que no vuelva a pedirme eso.

—Nunca.

Respiró profundamente.

—Me gustas porque eres la única persona que ha entrado en esta oficina sin querer nada de mí y ha terminado convirtiéndose en lo único que temo perder.

Mi corazón se aceleró, pero no aparté la mirada.

—Eso suena peligroso.

—Lo es.

—También suena como algo que debería haber dicho antes de hacerme trabajar tres años sin descanso.

—No sabía cómo.

—Dirige un conglomerado internacional.

—Eso es más sencillo.

Sonreí.

—Necesito tiempo.

—Te lo daré.

—Y espacio.

—También.

—Nada de llamadas de madrugada.

Adrian dudó.

—Salvo emergencias.

—Emergencias reales.

—¿Los celos cuentan?

—No.

—Entonces tendré que trabajar en eso.

Abrí la puerta.

—Adiós, señor Gray.

—Ya no soy tu jefe.

Lo miré por encima del hombro.

—Precisamente.

Tres meses después, mi consultora firmó su primer gran contrato.

Grayden Group.

La negociación duró cuatro horas porque me negué a aceptar cualquier condición especial. Adrian discutió cada cláusula con una seriedad casi ofensiva.

Al terminar, firmó el acuerdo.

—Ahora somos socios comerciales —dijo.

—Temporalmente.

—¿Y fuera del trabajo?

Cerré la carpeta.

—Fuera del trabajo puede invitarme a cenar.

Adrian se quedó completamente inmóvil.

—¿Hoy?

—Mañana.

—¿A qué hora?

—A una hora normal. No de madrugada.

—Siete y media.

—Siete y media.

Su teléfono vibró.

En la pantalla apareció una llamada de Lucas.

Adrian respondió.

—¿Qué quieres?

La voz de mi hermano sonó por el altavoz:

—Solo quería comprobar si mi futuro cuñado todavía obliga a mi hermana a trabajar de noche.

Adrian me miró.

—Tu hermana ya no acepta órdenes.

—Bien. Entonces está aprendiendo.

—Yo soy quien está aprendiendo.

Lucas guardó silencio.

—Empieza a caerme bien, rencoroso.

La llamada terminó.

Yo recogí mi bolso.

—¿Qué quería?

—Asegurarse de que estoy comportándome.

—Alguien tiene que hacerlo.

Adrian caminó conmigo hasta el ascensor.

Cuando las puertas se abrieron, no intentó detenerme.

No me pidió que revisara otro contrato.

No inventó una urgencia para mantenerme allí.

Solo dijo:

—Nos vemos mañana, Elena.

Entré en el ascensor.

—A las siete y media.

Las puertas comenzaron a cerrarse.

—No llegaré tarde.

—Nunca lo hace.

—Esta vez no será por trabajo.

Por primera vez en tres años, abandoné el edificio antes de que anocheciera.

Y Adrian Gray se quedó en su oficina sin llamarme para que regresara.

Porque finalmente había entendido que querer a alguien no significa convertirlo en indispensable.

Significa permitirle elegir quedarse.

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