PARTE 2: LA MUJER QUE DEJÓ DE SER SU SALVAVIDAS

Lucas leyó mi respuesta durante casi cinco minutos.

Lo sé porque después de enviarla vi cómo aparecía y desaparecía la notificación de “está escribiendo”.

Pero no llegó ningún mensaje.

Quizá esperaba que yo volviera a disculparme.

Quizá esperaba que me sintiera culpable.

Después de diez años, Lucas todavía creía conocerme.

Ese fue su mayor error.

A la mañana siguiente, a las ocho en punto, la cuidadora llegó a la casa de los Lu.

Y por primera vez en tres años, Lucas tuvo que abrir la puerta.

No yo.

Según me contó la agencia después, su expresión cambió cuando vio a la mujer con uniforme profesional y una carpeta de contrato en la mano.

—¿Quién es usted?

La cuidadora sonrió educadamente.

—Soy la nueva asistente de cuidado para la señora Lu. El servicio fue contratado y pagado ayer.

Lucas frunció el ceño.

—¿Por quién?

La mujer revisó sus documentos.

—Por la señora Emma Zhou.

Silencio.

Ese nombre todavía le resultaba familiar.

Demasiado familiar.

Porque durante años, cuando necesitaba algo, decía mi nombre con una naturalidad que ahora me parecía increíble.

Emma, compra medicinas.

Emma, llama al médico.

Emma, mamá necesita ayuda.

Emma, ¿puedes venir antes?

Pero nunca dijo:

Emma, ¿cómo estás?

La puerta se abrió más.

Sofía apareció detrás de él con una bata de seda y el cabello perfectamente arreglado.

—¿Qué pasa?

Lucas bajó la voz.

—Ella contrató una cuidadora.

Sofía miró a la mujer de arriba abajo.

Luego sonrió.

—Qué considerado.

Pero su sonrisa desapareció cuando escuchó la siguiente frase.

—El pago mensual debe realizarlo el señor Lucas Lu a partir del próximo mes.

Sofía parpadeó.

—¿Qué?

La cuidadora señaló el contrato.

—La señora Emma solo cubrió el primer mes para garantizar la transición. Después de eso, la responsabilidad económica corresponde a la familia directa.

La cara de Lucas se endureció.

—Esto es innecesario.

—¿Innecesario?

La voz débil de su madre llegó desde la habitación.

—Lucas…

Todos quedaron quietos.

La señora Lu llevaba años dependiendo de mí.

Ella fue la primera persona que me llamó “hija” después de casarme.

Pero también fue la misma persona que, después del divorcio, aceptó tranquilamente que yo siguiera cuidándola.

Porque para ella yo no era una mujer que había sufrido una separación.

Era una solución.

Una persona útil.

Lucas entró rápidamente.

—Mamá, no te preocupes. Emma está molesta ahora, pero volverá.

Aquella frase hizo que la cuidadora levantara la mirada.

Incluso ella entendió.

Lucas no estaba buscando ayuda.

Estaba esperando que yo regresara a mi antiguo puesto.

Como si el divorcio hubiera terminado el matrimonio, pero no sus beneficios.

Esa tarde recibí una llamada.

Era Lucas.

Esta vez no había enojo.

Solo cansancio.

—Emma, tenemos que hablar.

Estaba en una cafetería, revisando documentos de mi nuevo proyecto.

—¿Sobre qué?

—Sobre mamá.

Sonreí.

—Tiene una cuidadora.

—Sabes que ella no se siente cómoda con extraños.

—Yo tampoco me sentía cómoda siendo utilizada.

Silencio.

Por primera vez, Lucas no tuvo una respuesta inmediata.

—No digas eso.

—¿Por qué no?

Miré por la ventana.

—Porque es verdad.

Su respiración cambió.

—Emma, yo pensé que eras diferente.

Casi me reí.

—No, Lucas.

—Tú pensabas que yo nunca cambiaría.

Otra pausa.

Más larga.

—Sofía no puede hacerlo.

Ahí estaba.

La frase que esperaba.

No “mi madre te extraña”.

No “te hice daño”.

No “lo siento”.

Solo:

Sofía no puede hacerlo.

Me recliné en la silla.

—Entonces aprende tú.

—¿Qué?

—Es tu madre.

—También fue tu familia.

Cerré los ojos.

—No, Lucas.

Mi voz salió tranquila.

—Fue tu familia. Yo fui la persona que contrataste sin sueldo.

Al otro lado no hubo ningún sonido.

Después de unos segundos, dijo:

—Nunca pensé que fueras tan cruel.

Esta vez no sentí nada.

Ni dolor.

Ni rabia.

Solo cansancio.

—Y yo nunca pensé que alguien que me amó diez años pudiera olvidar tan rápido que yo también era una persona.

Colgué.

Esa noche, Lucas volvió a llamar.

No contesté.

Luego llamó su madre.

Tampoco.

Después llegó un mensaje inesperado.

No era de Lucas.

Era de Sofía.

“Emma, tenemos que hablar. Creo que hay cosas que no sabes sobre Lucas.”

Miré la pantalla durante mucho tiempo.

Porque algo me decía que la nueva esposa de mi exmarido no estaba escribiéndome para defenderlo.

Estaba escribiendo porque acababa de descubrir que Lucas no solo había usado a una mujer durante diez años.

Había usado a dos.

Y ahora ambas empezaban a darse cuenta.

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