Camille no apartó la mirada.
Sostuvo la copa con una elegancia impecable, como si nuestra presencia en el mismo lugar hubiera estado prevista desde hacía mucho tiempo.
Los demás alrededor de la mesa dejaron de hablar.
Uno de los hombres intentó cerrar la puerta del reservado.
Ella levantó una mano.
—Déjala pasar.
Entré sin prisa.
No por valentía.
Porque después de descubrir que tres años de mi vida habían sido una mentira, ya no quedaba nada que pudiera asustarme.
Camille sonrió con una tranquilidad desconcertante.
—Elena Morales.
Por fin nos conocemos.
Su voz era suave.
Educada.
No tenía una sola gota de arrogancia.
Eso me descolocó más que cualquier insulto.
—¿Me conoces?
—Hace mucho.
Bajó lentamente la copa.
—Mucho antes de que tú supieras quién era yo.
Sentí un vacío en el estómago.
—Entonces sabías que Adrian me utilizó.
Ella guardó silencio unos segundos.
Después respondió.
—Sí.
Las palabras cayeron como una piedra.
Uno de los invitados murmuró incómodo.
—Camille…
Ella lo hizo callar con una mirada.
Volvió a dirigirse a mí.
—Pero nunca le pedí que lo hiciera.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
Sacó lentamente una pequeña caja de madera de su bolso.
La colocó sobre la mesa.
—Mírala.
La abrí.
Dentro había decenas de cartas.
Todas perfectamente dobladas.
Todas con el mismo destinatario.
Camille Sterling.
Reconocí inmediatamente la letra de Adrian.
Ella habló mientras yo hojeaba la primera.
—Me escribió durante tres años.
Nunca respondí ninguna.
Abrí otra.
“Volveré a convencer a mi familia.”
Otra.
“Espérame un poco más.”
Otra.
“No puedo olvidarte.”
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Por qué me enseñas esto?
Camille respiró profundamente.
—Porque necesito que entiendas una cosa.
Nunca regresé para quitártelo.
Jamás.
Lo observé sin comprender.
—Cuando me enteré de que tenía una novia…
Pensé que finalmente había seguido adelante.
Creí que era feliz.
Una sonrisa triste apareció en su rostro.
—Hasta hace cuatro días.
—¿Qué pasó hace cuatro días?
Ella bajó lentamente la mirada.
—Adrian vino a buscarme.
Mi corazón volvió a acelerarse.
—¿Qué quería?
—Pedirme que regresara con él.
El silencio se apoderó del reservado.
—¿Y tú?
Camille cerró la caja.
—Lo rechacé.
No pude ocultar mi sorpresa.
—¿Lo rechazaste?
—Dos veces.
Apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Le dije exactamente esto:
“Si fuiste capaz de destruir la vida de otra mujer para intentar recuperarme…
Ya no eres el hombre del que me enamoré.”
Sentí que todo alrededor desaparecía.
Durante tres años había odiado a una mujer que ni siquiera conocía.
Una mujer que jamás había luchado contra mí.
Camille continuó.
—Pensé que te merecías saber la verdad.
No eres mi rival, Elena.
Nunca lo fuiste.
Mi teléfono vibró.
La pantalla mostró un único nombre.
Adrian.
Lo rechacé.
Volvió a llamar.
Otra vez.
Y otra.
Hasta que finalmente dejó de sonar.
Un segundo después llegó un mensaje.
“Necesitamos hablar. Todo fue un error.”
Camille alcanzó a leerlo.
Negó lentamente con la cabeza.
—Siempre hace eso.
Cuando pierde algo…
Intenta convencer a todos de que aún puede recuperarlo.
No respondí.
Simplemente bloqueé su número.
Por primera vez en tres años.
El rostro de Camille mostró un leve alivio.
Pensé que todo había terminado.
Entonces uno de los hombres del reservado abrió apresuradamente su teléfono.
Su expresión cambió por completo.
—Camille…
Tienes que ver esto.
Ella tomó el móvil.
Yo también miré la pantalla.
Era una noticia publicada apenas unos minutos antes.
“Vehículo oficial del comandante Adrian Whitmore incendiado frente a la residencia familiar. El Ejército anuncia la apertura inmediata de una investigación disciplinaria.”
Debajo del titular aparecía otra línea.
Una mucho más grave.
“Fuentes militares confirman que la investigación no comenzó por el incendio… sino por una denuncia anónima presentada esta misma tarde sobre posible abuso de autoridad y uso indebido de recursos militares.”
Camille levantó lentamente la vista.
—¿Fuiste tú?
Negué con calma.
—No.
Ella frunció el ceño.
—Entonces…
Mi teléfono vibró una vez más.
Esta vez era un número desconocido.
Contesté.
Una voz masculina habló con absoluta formalidad.
—¿La señorita Elena Morales?

—Sí.
—Le llamo de la Inspectoría General del Ejército.
Necesitamos hablar con usted.
Al parecer…
usted no es la única víctima que decidió denunciar al comandante Adrian Whitmore.