Adrian se quedó mirando el teléfono.
—¿Qué significa que desapareció?
—Su apartamento de hotel está vacío. El registro de salida no existe y las cámaras muestran que salió por una entrada privada.
Adrian apretó la mandíbula.
—Encuéntrenla.
—Ya lo intentamos. Su teléfono está apagado.
Entonces recibió otro mensaje.
Un empleado de la familia había encontrado algo en el antiguo departamento.
Una caja vacía.
Y una fotografía.
Adrian abrió la imagen.
Era el colgante de jade de mi madre.
El mismo que yo había guardado durante toda mi vida.
—¿Dónde está ella? —preguntó.
El hombre respondió:
—Creemos que salió de Haicheng.
Adrian se levantó bruscamente.
Por primera vez desde nuestro divorcio, comprendió que realmente podía perderme.
Pero todavía no sabía que aquella desaparición había sido planeada meses antes.
Mientras el tren avanzaba hacia el sur, abrí el compartimento secreto de mi maleta.
Dentro no había ropa.
Había documentos.
Contratos.
Copias de cuentas bancarias.
Y una carpeta con el sello de una empresa que Adrian conocía demasiado bien.
La empresa que él creía controlar.
La había adquirido mi madre antes de morir.
Y, según el testamento, ahora era mía.
Cinco años atrás, mi madre me había pedido que nunca revelara su existencia hasta que estuviera preparada para abandonar a los Lu.
Ahora estaba preparada.
El tren redujo la velocidad al acercarse a la siguiente estación.
Mi teléfono desechable vibró.
Un mensaje.
“Ya saben que tienes las acciones.”
Miré por la ventana.
Las montañas comenzaban a aparecer entre la niebla.
Respondí:
“Que las busquen.”
Entonces llegó otro mensaje.
“Adrian va hacia Yunzhou.”
Sonreí.
Él pensaba que estaba huyendo.
No sabía que yo había elegido Yunzhou precisamente porque allí estaba la sede de la empresa que acababa de heredar.
Y cuando el tren volvió a acelerar, abrí la carpeta de mi madre.

La primera página contenía una sola frase:
“Si Adrian alguna vez intenta recuperarte, dile que primero tendrá que explicarte por qué me traicionó hace veinte años.”