Abigail permaneció inmóvil.
El mensaje seguía iluminando la pantalla del teléfono.
“Señora Riley, todavía no le diga a Spencer lo de la lotería. Hay algo mucho peor que necesita saber.”
Lo leyó tres veces.
Después respondió.
“¿Quién es usted?”
La contestación llegó menos de un minuto después.
“No podemos hablar por mensajes. ¿Puede venir al Café Magnolia? Estoy sentada junto a la ventana. Llevo un abrigo verde.”
Abigail dudó.
Podía tratarse de una estafa.
Pero aquella mujer conocía dos cosas que nadie debía saber.
Que había ganado la lotería.
Y que aún no se lo había contado a Spencer.
Guardó cuidadosamente el boleto dentro de una carpeta de plástico, la introdujo en la caja fuerte donde conservaba las escrituras de la casa y llamó a un taxi.
Veinte minutos después entró en el pequeño café.
La mujer del abrigo verde se levantó inmediatamente.
No tendría más de treinta años.
Parecía agotada.
Llevaba ojeras profundas y sostenía una carpeta azul contra el pecho.
—¿Señora Riley?
Abigail asintió.
—¿Naomi?
La joven respiró hondo.
—Gracias por venir.
Se sentaron frente a frente.
Durante unos segundos ninguna habló.
Finalmente Naomi deslizó la carpeta sobre la mesa.
—Trabajo en el departamento de administración del Hospital Comunitario St. Jude.
El corazón de Abigail dio un vuelco.
—¿Tiene que ver con Spencer?
Naomi bajó la mirada.
—Sí.
Abrió la carpeta.
Dentro había varias copias de facturas médicas.
Todas llevaban el nombre de Spencer Riley.
Abigail frunció el ceño.
—Ya pagué estas cuentas.
—Eso creía.
Naomi pasó la primera hoja.
La cifra aparecía resaltada.
38.400 dólares.
Después mostró otra.
21.700 dólares.
Otra más.
16.900 dólares.
Todas tenían un sello rojo.
PAGADA.
Abigail no entendía.
—¿Qué significa esto?
Naomi tragó saliva.
—Que el seguro médico de su hijo cubrió prácticamente todos esos tratamientos.
El mundo pareció detenerse.
—Eso es imposible.
—Spencer me dijo que…
Su voz se quebró.
—Que el seguro rechazó todo.
Naomi negó lentamente.
—No.
Sacó otra carpeta mucho más gruesa.
—El seguro pagó el ochenta por ciento de casi todas las hospitalizaciones durante el último año.
Abigail sintió que las manos comenzaban a temblar.
—Entonces…
Naomi terminó la frase por ella.
—¿Dónde fue el dinero que usted entregó?
Ninguna de las dos respondió.
No hacía falta.
Abigail recordó todas las transferencias.
Todos los cheques.
Todo el efectivo que retiró para “pagar urgentemente antes de que cancelaran el tratamiento”.
Recordó vender las alianzas de su difunto esposo.
Recordó hipotecar la casa.
Recordó trabajar los fines de semana limpiando oficinas.
Todo para salvar a su hijo.
Naomi respiró profundamente.
—Yo era novia de Spencer.
Abigail levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Durante dos años.
Aquella revelación la dejó completamente inmóvil.
—Él me pidió matrimonio hace seis meses.
Sacó lentamente una fotografía.
Spencer sonreía abrazando a Naomi frente al océano.
Parecían felices.
—Hace dos semanas descubrí que también estaba comprometido con otra mujer.
Abigail cerró los ojos.
Cada nueva frase era peor que la anterior.
Naomi continuó.
—Cuando lo enfrenté… me confesó algo.
Su voz tembló.
—Dijo que nunca se preocupaba por el dinero porque usted siempre resolvía todo.
Abigail recordó la conversación escuchada fuera de la habitación.
“Siempre termina arreglándome todo.”
Naomi deslizó un pequeño dispositivo de grabación sobre la mesa.
—Lo grabé.
Abigail no quiso tocarlo.
Tenía miedo.
Naomi pulsó el botón de reproducción.
La voz de Spencer llenó la mesa.
“Mi madre cree todo lo que le digo.”
“Si necesito dinero, invento otra emergencia médica.”
“Ella jamás comprobaría las facturas.”
Abigail dejó escapar un pequeño gemido.
Pero la grabación no había terminado.
“Ahora mismo está convencida de que podría morir.”
“Si llegara a ganar la lotería o heredara algo… todo acabaría siendo mío de cualquier forma.”
La grabación terminó.
El silencio fue absoluto.
Naomi sacó un pañuelo.
—Lo siento mucho.
Abigail permanecía completamente inmóvil.
Después de varios minutos habló por primera vez.
—¿Cómo sabe lo de la lotería?
Naomi respiró hondo.
—Porque alguien fotografió el boleto cuando usted lo revisó esta mañana en la tienda donde lo compró.
El corazón de Abigail volvió a acelerarse.
—¿Qué?
—Spencer recibió esa fotografía hace dos horas.
La sangre abandonó el rostro de Abigail.
—No…
Naomi asintió lentamente.
—Él todavía no sabe si realmente ganó.
—Solo sabe que usted llevaba un boleto que coincidía con los números publicados.
Abigail sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Sacó el teléfono.
Lo encendió por primera vez desde que salió del hospital.
Había cuarenta y siete llamadas perdidas.
Treinta y dos mensajes de Spencer.
Los últimos llegaron apenas unos minutos antes.
“Mamá, ¿dónde estás?”
“Necesito hablar contigo urgentemente.”
“No firmes absolutamente nada.”
“Voy para tu casa.”
Abigail levantó lentamente la vista.
—¿Cómo sabe dónde vivo Naomi?
La joven no respondió.
Solo miró por encima del hombro de Abigail hacia la ventana del café.
El rostro de Naomi perdió completamente el color.
Susurró apenas:
—Porque ya está aquí.
Abigail se volvió despacio.

Al otro lado de la calle, Spencer acababa de bajar de un automóvil negro.
Y no estaba solo.
Junto a él caminaba un hombre con un elegante maletín de cuero que llevaba una placa dorada con cuatro palabras grabadas en relieve:
“Departamento Legal – Riley Trust Bank.”