PARTE 2: LA MUJER DE LA GABARDINA YA HABÍA ESTADO ALLÍ ANTES

El silencio en la sala de seguridad se volvió insoportable.

Nadie apartaba la vista de la pantalla.

Vanessa seguía con el teléfono en la mano, completamente pálida.

—¿Quién es? —pregunté.

No respondió.

El guardia amplió aún más la imagen.

La mujer de la gabardina beige llevaba una gorra negra y un cubrebocas, pero al girar ligeramente la cabeza, una parte de su rostro quedó iluminada por la cámara.

Vanessa cerró los ojos un instante.

—No puede ser…

—¿La conoce?

Ella tragó saliva.

—Sí.

El guardia también la reconoció.

—Es… Laura.

Sentí un escalofrío.

—¿Quién es Laura?

Vanessa respondió en voz baja.

—Era supervisora del área VIP del hotel.

—¿Era?

—La despidieron hace seis meses.

Fruncí el ceño.

—Entonces ¿cómo entró al piso ejecutivo con una tarjeta de acceso?

Nadie contestó.

Porque esa era exactamente la pregunta que todos estaban pensando.

El guardia siguió reproduciendo la grabación.

Laura caminó hasta la puerta de mi habitación.

Miró a ambos lados del pasillo.

Después acercó una tarjeta al lector electrónico.

La luz cambió inmediatamente de rojo a verde.

La puerta se abrió.

Ella entró.

Sin forzar la cerradura.

Sin llamar.

Sin que nadie la recibiera.

Mi respiración se detuvo.

—Yo estaba dormida…

Vanessa murmuró:

—Eso significa que todavía tenía una tarjeta activa.

El guardia negó lentamente con la cabeza.

—No.

Tecleó rápidamente en el sistema.

—Todas las tarjetas de exempleados fueron desactivadas el mismo día de su despido.

Volvió a mirar la pantalla.

—Esa tarjeta no debería funcionar.

Vanessa tomó el teléfono otra vez.

—Necesito que llamen al director de seguridad.

Ahora mismo.


Diez minutos después, el director de seguridad llegó acompañado por dos policías.

Observó el video completo sin interrumpir.

Luego pidió revisar los registros electrónicos de la cerradura.

El sistema mostró todas las aperturas de la habitación 1818 durante la noche.

08:14 p. m.

Tarjeta de huésped.

Yo.

01:00 a. m.

Tarjeta maestra de administración.

La sala quedó completamente en silencio.

El director levantó lentamente la vista.

—Eso es imposible.

Uno de los policías preguntó:

—¿Cuántas personas tienen una tarjeta maestra?

—Cinco.

Vanessa comenzó a ponerse nerviosa.

—Pero todas están bajo resguardo.

El director frunció el ceño.

—Quiero el registro físico.

Un empleado salió corriendo.

Regresó pocos minutos después con una caja metálica.

Dentro estaban las cinco tarjetas.

Las contaron una por una.

Cinco.

Todas seguían allí.

El policía habló con calma.

—Entonces alguien hizo una copia.


El video continuó avanzando.

A la 1:03 apareció el camarero empujando el carrito del servicio a la habitación.

Se detuvo frente a mi puerta.

Tocó.

La puerta se abrió apenas unos centímetros.

Introdujo la bandeja.

Se marchó.

El director pidió otra cámara.

Esta vez enfocaba el interior del ascensor.

El camarero bajó solo.

Con el carrito vacío.

Un minuto después…

Laura volvió a salir de mi habitación.

Llevaba la primera bandeja completamente intacta.

Nunca había sido consumida.

Mi corazón empezó a acelerarse.

—Entonces…

El director terminó mi frase.

—La comida nunca la recibió usted.

El camarero tampoco se dio cuenta.

Pensó que estaba entregando el pedido a la huésped correcta.

Laura desapareció por la escalera de emergencia.

Treinta minutos más tarde regresó.

Repitió exactamente el mismo procedimiento.

Recibió las otras dos bandejas.

Y volvió a desaparecer.

El policía tomó notas rápidamente.

—¿Por qué haría algo así?

Nadie tenía respuesta.

Hasta que el guardia recordó algo.

—Espere…

Buscó otra cámara.

La del estacionamiento.

A la 2:05 de la madrugada apareció Laura saliendo por una puerta lateral.

No iba sola.

La esperaba un automóvil negro.

El conductor bajó apenas unos segundos para abrir el maletero.

Guardaron las bandejas.

Y el coche abandonó el hotel.

Vanessa observó atentamente la matrícula.

Su rostro perdió otra vez el color.

—No…

El director la miró.

—¿Qué ocurre?

Ella señaló la pantalla con la mano temblando.

—Ese automóvil…

Respiró profundamente antes de terminar la frase.

—Pertenece al propietario del hotel.

Los dos policías intercambiaron una mirada.

El director permaneció inmóvil.

—¿Está segura?

—Completamente.

El vehículo era un sedán exclusivo que todos los gerentes conocían.

Solo había uno igual.

Y estaba registrado a nombre de Richard Coleman, el dueño de la cadena hotelera.

La sala quedó en absoluto silencio.

Uno de los policías apagó lentamente la pantalla.

—A partir de este momento…

Guardó su libreta.

—Esto deja de ser una simple disputa por una factura.

Miró directamente al director de seguridad.

—Ahora estamos investigando un posible acceso ilegal a una habitación, usurpación de identidad y fraude.

Pensé que aquello era lo peor.

Me equivoqué.

Porque, antes de abandonar la sala, el director recibió una llamada.

Escuchó apenas unos segundos.

Después levantó lentamente la vista hacia mí.

—Señorita Harper…

Su voz sonaba completamente distinta.

—Acabamos de descubrir que usted no es la primera huésped a la que le ocurre exactamente lo mismo.

Y ese descubrimiento estaba a punto de destapar un fraude que llevaba años funcionando dentro del hotel.

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