A las cinco y doce de la mañana, la puerta de mi casa volvió a abrirse.
Seguí grabando desde la ventana del apartamento.
La joven salió sola.
Llevaba el mismo vestido blanco de la noche anterior.
El cabello seguía perfectamente peinado.
No parecía una mujer que hubiera pasado la noche escondiéndose.
Parecía alguien que se sentía completamente cómoda entrando y saliendo de mi casa.
Subió al mismo taxi que la había traído.
No lloré.
No respiré hondo.
Simplemente guardé el teléfono.
Ya tenía la primera prueba.
Pero aún no tenía la verdad.
Esperé una hora más.
A las seis y media vi salir a Daniel.
Vestía ropa deportiva.
Llevaba una taza térmica en la mano.
Como cada mañana.
Saludó a la señora Elena con una sonrisa.
—Buenos días.
Ella respondió con un gesto frío.
Él ni siquiera lo notó.
Seguía creyendo que nadie sabía nada.
Regresé al apartamento.
Encendí mi portátil.
Abrí el historial de la cerradura inteligente.
Comparé cada registro con las grabaciones que acababa de hacer.
Las horas coincidían exactamente.
Después revisé otro sistema.
Las cámaras del timbre.
Daniel las había desactivado durante todas mis ausencias.
Siempre a las once y media de la noche.
Y las volvía a activar poco antes de las seis de la mañana.
Sentí un escalofrío.
Aquello no era improvisación.
Era una rutina.
Al mediodía regresé a casa como si acabara de llegar del aeropuerto.
Daniel fingió sorpresa.
—¿Ya terminó la reunión?
Sonreí.
—La cancelaron.
Me abrazó.
—Qué bueno. Así no tengo que dormir solo otra noche.
Apoyé la cabeza sobre su hombro.
—Yo tampoco quería estar lejos.
Mientras me abrazaba…
Mi teléfono seguía grabando discretamente el audio.
No porque pensara usarlo.
Sino porque ya había aprendido que un mentiroso siempre termina contradiciéndose.
Aquella tarde hice algo que nunca había hecho.
Invité a la señora Elena a tomar café.
Cuando Daniel salió hacia el gimnasio, ella cruzó la calle.
Traía una pequeña libreta.
—Pensé que quizá la necesitarías.
La abrió lentamente.
Había fechas.
Horas.
Matrículas de taxis.
Descripciones de la ropa.
Todo escrito con una letra impecable.
La miré sorprendida.
—¿Lleva anotando esto desde hace meses?
Ella asintió.
—Al principio pensé que eran imaginaciones mías.
Pasó otra página.
—Luego comprendí que ocurría siempre igual.
Respiré despacio.
—¿Nunca vio el rostro de la muchacha?
La señora Elena dudó unos segundos.
—Una vez.
Esperé en silencio.
—Pero hay algo muy extraño.
Mi corazón empezó a acelerarse.
—¿Qué cosa?
—Nunca la vi besar a tu esposo.
Fruncí el ceño.
—¿Está segura?
—Completamente.
Bebió un sorbo de café.
—Entraba.
Salía.
Pero jamás vi una sola muestra de cariño entre ellos.
Aquello no tenía sentido.
Esa noche decidí seguir a Daniel.
Él dijo que tenía una cena con clientes.
Esperé diez minutos y salí detrás.
No fue a un restaurante.
Ni a un hotel.
Se dirigió a un edificio antiguo del centro.
La joven de blanco ya lo esperaba en la entrada.
Los observé desde el coche.
Hablaron apenas unos segundos.
Después entraron juntos.
Esperé casi dos horas.
Cuando salieron, ella llevaba una carpeta azul contra el pecho.
No se tomaron de la mano.
No se abrazaron.
Ni siquiera caminaron juntos.
Ella subió a un taxi.
Daniel regresó solo.
Sentí que el rompecabezas acababa de complicarse.
Al día siguiente pedí un favor a un antiguo compañero de universidad.
Samuel trabajaba como abogado inmobiliario.
Le envié discretamente una fotografía del edificio.
Cinco minutos después me llamó.
—Clara…
—¿Sí?
—¿Por qué me preguntas por ese lugar?
—Solo necesito saber qué es.
Hubo un breve silencio.
—No es un hotel.
Mi respiración se volvió lenta.
—Entonces…
—Es una notaría.
Me quedé inmóvil.
—¿Una notaría?
—Sí.
Y, según el registro público, ayer por la noche hubo una firma privada en una de sus salas.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Puedes saber quién firmó?
Samuel dudó.
—No debería…
—Por favor.
Escuché el sonido de un teclado.
Después de unos segundos respondió.
—Hay dos nombres visibles.
Apreté con fuerza el teléfono.
—¿Cuáles?
—Daniel Álvarez.
Tragué saliva.
—¿Y el otro?
Samuel respiró hondo antes de responder.
—La mujer que entró con él.
Esperé.
Entonces pronunció un nombre que jamás había escuchado.
“Isabel Moreno.”
Fruncí el ceño.
No era el nombre de ninguna secretaria.
Ni de ninguna compañera de trabajo.
Ni de ninguna mujer que yo conociera.
Samuel volvió a hablar.
—Clara…
—¿Sí?
—Hay algo más.
—¿Qué?
Su voz se volvió mucho más seria.
—El documento que firmaron no era una compraventa.
—¿Entonces?
—Era una escritura relacionada con una herencia.

Sentí que el mundo se detenía.
Porque, por primera vez desde que empezó toda aquella pesadilla, comprendí que la mujer que entraba de madrugada en mi casa quizá no era la amante de mi esposo.
Y si eso era cierto…
Entonces Daniel me estaba ocultando algo mucho más peligroso que una infidelidad.