PARTE 2: LA MUESTRA DE AGUA

Remedios cerró lentamente la carpeta.

No levantó la voz.

No discutió.

Simplemente volvió a guardar los documentos dentro del sobre y miró primero a los dos hombres de traje, luego a su sobrino.

—¿Ya terminaron?

Fabián sonrió con suficiencia.

—Solo queremos protegerla.

—¿Protegerme de qué?

—De usted misma.

Uno de los representantes de la minera dio un paso adelante.

—Doña Remedios, entendemos que esta compra fue una decisión impulsiva. Nuestra empresa está dispuesta a pagarle un precio justo y evitarle problemas.

Ella sostuvo la mirada del hombre.

—¿Cuánto?

El ejecutivo mencionó una cantidad.

Era casi el triple de lo que había pagado por el rancho apenas dos meses antes.

Cualquier persona habría aceptado sin pensarlo.

Remedios solo hizo una pregunta.

—¿Por qué quieren tanto un lugar que, según todo el pueblo, mata a quien lo compra?

Los tres hombres guardaron silencio.

Fue apenas un segundo.

Pero bastó.

Remedios les devolvió la carpeta.

—Cuando alguien paga de más por algo que todos consideran una desgracia… no está comprando un problema.

Hizo una pausa.

—Está comprando un secreto.


Aquella misma tarde bajó al pueblo.

No fue a la presidencia municipal.

Tampoco a la parroquia.

Entró directamente a la vieja secundaria, donde aún trabajaba el profesor Julián Ortega.

Tenía setenta y ocho años y había enseñado ciencias naturales durante cuatro décadas.

Además, llevaba años colaborando con una universidad de Zacatecas tomando muestras de agua y suelo de distintas comunidades.

—Necesito que vea esto.

Le entregó una botella llena con agua del arroyo y otra con agua de la noria.

El profesor apenas la olió.

Frunció el ceño.

—¿De dónde salió?

—De La Cañada.

Julián permaneció pensativo.

—Hace años quise tomar muestras ahí.

—¿Y?

—Nunca me dejaron.

Remedios levantó una ceja.

—¿Quién?

—La minera.


Dos días después, el profesor llegó al rancho con un pequeño maletín.

Tomó tierra de la orilla del arroyo.

Lodo del bebedero donde había muerto Lucera.

Agua corriente.

Agua de la noria.

Y hasta algunas hojas secas.

Mientras trabajaban, Remedios observó algo que nunca había visto.

No muy lejos del cauce había varios tubos metálicos semienterrados entre los matorrales.

Seguían el curso del agua montaña abajo.

—Eso no estaba aquí cuando vine la primera vez.

Julián los fotografió.

—Tampoco forman parte de un sistema de riego.

Siguieron el recorrido durante casi quinientos metros.

Los tubos desaparecían bajo una cerca coronada con letreros amarillos.

PROPIEDAD PRIVADA.

ACCESO RESTRINGIDO.

Más allá comenzaban los terrenos de la mina El Centenario.


Tres noches después, alguien golpeó la puerta del rancho.

Remedios abrió con la escopeta apoyada contra el marco.

Era Julián.

Tenía el rostro completamente serio.

—Entrégueme una taza de café.

Ella comprendió inmediatamente que algo andaba mal.

Esperó hasta que ambos estuvieron sentados.

Entonces el profesor sacó varias hojas.

—Los análisis ya están listos.

Remedios no habló.

—El agua contiene concentraciones anormales de metales pesados.

Señaló una tabla.

—Arsénico.

Otra.

—Plomo.

Después una tercera.

—Cadmio.

El silencio llenó la cocina.

—¿Eso enfermó a los anteriores dueños?

Julián asintió lentamente.

—Una exposición prolongada puede provocar exactamente los síntomas que describieron los médicos durante todos estos años.

Remedios cerró los ojos unos segundos.

No había fantasmas.

No había maldiciones.

Solo veneno.


A la mañana siguiente, mientras revisaba nuevamente el arroyo, descubrió unas marcas recientes de neumáticos junto al cauce.

Las siguió hasta una pequeña curva oculta por mezquites.

Allí encontró algo que la dejó inmóvil.

Había varias cruces de madera sin nombre.

Pequeñas.

Olvidadas.

Y detrás de ellas, casi cubierta por la maleza, una vieja placa oxidada.

La limpió con la manga de su rebozo.

Todavía podía leerse una frase:

“Zona clausurada por contaminación. Acceso prohibido.”

La fecha era de dieciséis años atrás.

Un año antes de que comenzaran las misteriosas muertes de los propietarios de La Cañada.

Remedios sintió un escalofrío.

Alguien había retirado aquella advertencia del camino principal… pero no había tenido tiempo de arrancar la placa escondida.

Y eso significaba una sola cosa.

La supuesta maldición no había nacido por accidente.

Había sido cuidadosamente fabricada para que nadie hiciera demasiadas preguntas sobre lo que realmente descendía cada noche desde la mina.

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