PARTE 2: LA MUERTE DE SU MARIDO ESTABA CONECTADA CON MI EMPRESA

Dejé la taza sobre la mesa.

—¿Está diciendo que asesinaron a su marido?

Laura no respondió inmediatamente.

—Digo que murió tres días antes de entregar pruebas sobre una red de empresas fantasma. Oficialmente fue un accidente.

—¿Y usted no lo cree?

Sacó varias hojas.

—Mi marido, David, trabajaba para una firma que auditaba grandes constructoras. Encontró pagos fraccionados, facturas duplicadas y subcontratistas que existían únicamente sobre el papel.

Miré los nombres.

Reconocí dos.

Ambos habían recibido millones de Caldwell Urban Development.

—¿Cómo consiguió esto?

—David me envió una copia antes de morir.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—¿Y por qué está limpiando mi casa?

Laura sostuvo mi mirada.

—Porque hace seis meses apareció su empresa en los archivos.

Me levanté.

—¿Entró aquí para investigarme?

—Sí.

La respuesta fue inmediata.

Aquello dolió más de lo esperado.

—Entonces todo esto era mentira.

—Mi uniforme no. Mis deudas tampoco. Después de la muerte de David perdí el trabajo, gasté mis ahorros intentando demostrar lo ocurrido y terminé aceptando empleos de limpieza.

Señaló el documento.

—Cuando vi su dirección en la agencia, pedí este apartamento.

—¿Creía que yo había ordenado matar a su esposo?

Laura guardó silencio.

—Al principio, no lo sabía.

—¿Y ahora?

—Ahora creo que alguien quería que ambos parecieran culpables.

Se acercó y señaló una transferencia.

—Mire la autorización.

Vi mi nombre.

Debajo estaba mi firma electrónica.

—Yo nunca aprobé esto.

—Lo sé.

La miré.

—¿Cómo puede saberlo?

Laura sacó otra hoja.

—Porque esta autorización se realizó a las 2:13 de la madrugada del 14 de marzo.

Recordaba perfectamente aquella fecha.

Estaba hospitalizado después de una intervención de emergencia.

Laura continuó:

—Alguien utilizó sus credenciales mientras usted no podía hacerlo.

Entonces señaló otra columna.

El usuario que había accedido al sistema pertenecía al despacho del director financiero.

Mi director financiero.

El hombre que llevaba dos días desaparecido.

—Martin Keller.

Laura asintió.

—David también investigaba a Keller.

Sentí frío.

Durante doce años, Martin había administrado buena parte de mis finanzas.

Había estado en mi boda.

En el funeral de mi madre.

Había sido quien me llamó “hermano” cuando fundamos la primera oficina.

—Necesito llamar a los investigadores.

Tomé el teléfono.

Laura me detuvo.

—Todavía no.

La miré con dureza.

—¿Por qué?

—Porque David cometió exactamente ese error.

El silencio cayó entre nosotros.

—Descubrió el esquema y avisó que iba a denunciarlo.

Laura respiró profundamente.

—Tres días después murió.

Bajé lentamente el teléfono.

—Entonces, ¿qué propone?

—Que deje de comportarse como un hombre poderoso y empiece a comportarse como alguien que sabe que está siendo observado.

Durante las siguientes horas revisamos copias de registros que Laura había conservado.

El patrón era enorme.

Empresas fantasma.

Facturas infladas.

Dinero desviado desde proyectos legítimos.

Y siempre aparecían las mismas autorizaciones.

Las mías.

Las de Martin.

Y una tercera.

Cuando Laura amplió el nombre, dejé de respirar.

Rebecca Caldwell.

Mi exesposa.

—No.

Laura no dijo nada.

Rebecca había recibido veintisiete millones durante nuestro divorcio.

Yo había creído que solo quería dinero.

Pero los registros mostraban transferencias hacia una compañía vinculada con ella desde mucho antes de nuestra separación.

Entonces sonó mi teléfono.

Martin.

Laura y yo nos miramos.

Respondí.

—¿Dónde estás?

Su voz sonó perfectamente tranquila.

—Evan, escuché que los federales están haciendo preguntas.

—Yo también.

—No hables con nadie todavía. Mañana iré a tu casa y solucionaremos esto juntos.

Laura escribió rápidamente sobre una servilleta:

“NO LE DIGA QUE ESTOY AQUÍ.”

—De acuerdo —respondí.

Martin soltó el aire.

—Sabía que podía confiar en ti.

Colgó.

Laura permaneció inmóvil.

—¿Qué ocurre?

—Esa misma frase.

—¿Cuál?

Su rostro perdió el color.

—“Sabía que podía confiar en ti”.

Abrió un archivo de audio en su teléfono.

—David recibió una llamada la noche antes de morir.

Presionó reproducir.

Primero escuché la voz de su marido.

Después otra.

Una voz masculina que conocía desde hacía doce años.

Martin Keller.

Y finalmente:

—Sabía que podía confiar en ti.

Laura detuvo la grabación.

Ninguno habló durante varios segundos.

Entonces comprendí por qué Martin quería venir personalmente.

No venía a ayudarme.

Venía a descubrir cuánto sabía.

Miré a Laura.

La mujer a la que aquella noche había faltado al respeto acababa de convertirse en la única persona que podía demostrar que quizá yo no era el criminal que todos buscaban.

—Mañana no vendrá a encontrarme borracho —dije.

Laura guardó el teléfono.

—Bien.

—¿Qué encontrará?

Por primera vez desde que comenzó aquella conversación, su expresión cambió.

—A dos personas que ya saben quién es.

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