A la mañana siguiente, Gabriel salió del dormitorio a las ocho y media vestido para ir al registro civil.
Traje gris.
Camisa blanca.
El reloj que yo le había regalado en nuestro cuarto aniversario.
Camila seguía en el cuarto de invitados.
Curiosamente, su tobillo ya le permitía caminar bastante bien.
Gabriel miró la hora.
—Prepárate. La cita es a las nueve.
Yo estaba tomando café.
—La cancelé.
Se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—La cita.
Levanté la taza.
—Anoche.
Su expresión pasó de sorpresa a irritación.
—¿Por lo del nombre del teléfono?
—No.
—Entonces vuelve a reservarla.
—No quiero.
Gabriel soltó una risa incrédula.
Durante cinco años había aprendido algo sobre mí: después de cada discusión, yo terminaba cediendo.
Por eso creyó que aquello también era una rabieta.
—Perfecto —dijo—. Cuando dejes de comportarte como una niña, hablamos.
Tomó sus llaves.
—Llevaré a Camila al hospital.
—De acuerdo.
Eso pareció molestarlo más que una discusión.
Dos días después encontró mi maleta.
—¿Adónde vas?
—Santa Lucía.
—¿De vacaciones?
—A trabajar.
Le expliqué lo del proyecto de restauración.
Su rostro cambió.
—¿El mismo que rechazaste hace unos días?
—Ese.
—Sofía, mañana podemos volver a pedir cita.
—No habrá otra cita.
Entonces finalmente comprendió.
—¿Estás terminando conmigo?
—Sí.
—¿Por una palabra guardada en un teléfono?
Negué.
—Por cinco años de palabras, decisiones y prioridades.
Gabriel apretó la mandíbula.
—Camila es como una hermana para mí.
—Entonces espero que sean muy felices siendo familia.
Pasé junto a él.
Me sujetó la maleta.
—Si sales por esa puerta, no vuelvas esperando encontrarme aquí.
Lo miré.
—Gabriel, llevo tres días organizando mi vida precisamente para no volver.
Soltó la maleta.
Me fui.
Santa Lucía estaba a casi mil kilómetros de todo lo que conocía.
Y eso fue exactamente lo que necesitaba.
El proyecto restauraba murales y obras históricas de un antiguo complejo cultural.
Durante los primeros meses trabajé hasta quedar agotada.
Pero era un cansancio diferente.
Nadie me llamaba exagerada.
Nadie me hacía competir por atención.
Nadie convertía mis necesidades en molestias.
Mi profesor, el doctor Salazar, comenzó a confiarme trabajos cada vez más importantes.
Seis meses después dirigía un pequeño equipo.
Un año después, una restauración en la que participé recibió reconocimiento nacional.
Fue entonces cuando Gabriel volvió a aparecer.
Entró durante la inauguración de una exposición.
Lo reconocí inmediatamente.
Él tardó unos segundos en reconocerme a mí.
Ya no llevaba el cabello como a él le gustaba.
Ni la ropa que decía que me hacía parecer “más seria”.
Se acercó.
—Sofía.
—Gabriel.
Miró alrededor.
—Te ha ido bien.
—Sí.
—Intenté localizarte.
—Lo sé.
Había bloqueado tres números.
—Camila y yo ya no hablamos.
No pregunté por qué.
Él continuó de todos modos.
—Dos semanas después de que te fueras empezó a salir con otra persona.
Casi sonreí.
—Eso no tiene nada que ver conmigo.
—Ahora sé que me utilizaba cuando necesitaba atención.
—Gabriel, el problema nunca fue lo que Camila quería de ti.
Lo miré directamente.
—Fue lo que tú estabas dispuesto a quitarme para dárselo.
Se quedó callado.
Entonces sacó su teléfono.
—Cambié tu nombre.
En la pantalla aparecía:
Sofía.
Nada más.
—Ya no importa cómo me tengas guardada.
Su expresión se quebró.
—Todavía te amo.
—Quizá.
—¿Quizá?
—Puedes amar a alguien y tratarlo mal.
Guardó el teléfono.
—¿Hay alguna posibilidad?
—No.
Esta vez no discutió.
Simplemente asintió.
Pensé que por fin había terminado.
Pero una semana después recibí una llamada de Camila.
—Necesito enseñarte algo.
—No tenemos nada que hablar.
—No es sobre Gabriel y yo.
Hizo una pausa.
—Es sobre por qué empezó a tratarte así.
Eso consiguió mi atención.
Camila me envió varias capturas antiguas.
No eran conversaciones románticas.
Eran mensajes entre ella y la madre de Gabriel.
La señora Herrera nunca me había considerado adecuada para su hijo.
En uno de ellos decía:
“Mientras Sofía siga sintiéndose segura, Gabriel nunca dudará de casarse con ella.”
Camila respondió:
“Entonces haré que tenga que elegirme de vez en cuando.”
Otro mensaje:
“Perfecto. Que Sofía se canse sola.”
Sentí náuseas.
Pero la última captura era diferente.
Había sido enviada tres meses antes de nuestra boda.
La madre de Gabriel escribió:
“Ya conseguí que Gabriel crea que Sofía rechazó dos oportunidades profesionales porque no puede desenvolverse sin él. Necesitamos que siga pensando que ella depende de él.”
Me quedé mirando aquellas palabras.
Yo nunca le había dicho eso a Gabriel.
Al contrario.
Había rechazado esas oportunidades porque él me había pedido que no me marchara.
—¿Por qué me enseñas esto ahora? —pregunté.
Camila tardó en contestar.
—Porque la señora Herrera me prometió algo si conseguía que cancelaras tú misma el matrimonio.
—¿Qué?
—Un puesto en la empresa familiar.

Cerré los ojos.
—¿Y lo conseguiste?
Camila soltó una risa amarga.
—No.
Entonces entendí.
Camila no había sido “la pequeña reina”.
Yo tampoco había sido simplemente “la molestia”.
Las dos habíamos ocupado papeles dentro de un juego que alguien más había diseñado.
Pero había una diferencia.
Camila aceptó jugar.
Yo había salido del tablero.
Y por primera vez en cinco años, nadie podía volver a decidir por mí.