PARTE 2: LA MISMA REGLA

Fang Min dejó lentamente el vaso de leche de soja sobre la mesa.

No respondió de inmediato.

Esperó a que Zhao Guifang terminara la frase.

La suegra sonrió con una expresión tan amable que casi parecía una madre preocupada.

—Con estos setecientos mil yuanes compraremos el coche, pero para el pago inicial de la vivienda todavía faltan unos tres millones. Escuché que ayer recibiste los dividendos de la empresa.

Hizo una pausa antes de continuar.

—Saca esos 3.200.000 yuanes. Entre familia debemos ayudarnos.

Fang Min levantó lentamente la vista.

—¿Mis 3.200.000 yuanes?

—Claro.

Zhao Guifang respondió con total naturalidad.

—Después de todo, cuando una mujer se casa, el dinero también pertenece a la familia del marido.

Fang Min sonrió.

Era una sonrisa tranquila.

Demasiado tranquila.

—Mamá, ayer usted dijo algo muy bonito.

La mujer parpadeó.

—¿Qué dije?

—Que los 700.000 yuanes pertenecían únicamente a Cheng Yan y que él podía regalárselos a quien quisiera.

—Así es.

—Entonces mis 3.200.000 yuanes también me pertenecen únicamente a mí.

La sonrisa de Zhao Guifang se congeló.

—Eso… es diferente.

—¿En qué?

La sala quedó en silencio.

La suegra carraspeó incómoda.

—Porque Cheng Yan es un hombre.

Fang Min asintió lentamente.

—Ya veo.

Sacó el teléfono móvil.

Abrió la copia digital del acuerdo prenupcial y giró la pantalla hacia Zhao Guifang.

—Entonces quizá podamos preguntarle al notario si la ley también hace esa diferencia.

Los ojos de Zhao Guifang recorrieron el documento.

Cada cláusula estaba perfectamente redactada.

Bienes anteriores al matrimonio.

Dividendos.

Inversiones.

Premios.

Todo pertenecía exclusivamente a su titular.

No había ninguna excepción.

En ese momento se abrió la puerta.

Cheng Yan acababa de regresar porque había olvidado unos documentos importantes.

Al entrar percibió inmediatamente la tensión.

—¿Qué ocurre?

Su madre habló antes que nadie.

—Hijo, dile a tu esposa que saque esos tres millones doscientos mil yuanes para ayudar a tu hermana.

Cheng Yan miró a Fang Min.

Ella permanecía completamente serena.

—¿También quieres que entregue todo mi dinero?

Él dudó apenas un segundo.

Fue suficiente.

—Min… solo es un préstamo.

Ella inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Con contrato?

Silencio.

—¿Con intereses?

Más silencio.

—¿Con una fecha de devolución?

Cheng Yan evitó mirarla.

—Somos familia…

Aquellas dos palabras hicieron sonreír a Fang Min.

—Qué curioso.

Abrió la aplicación bancaria y mostró la transferencia realizada el día anterior.

—Ayer envié todo el dinero a mi madre para que lo guardara.

El color desapareció del rostro de Zhao Guifang.

—¿Qué?

—Los 3.200.000 yuanes ya no están en mi cuenta.

La suegra dio un paso adelante.

—¡¿Cómo pudiste hacer eso sin consultarnos?!

Fang Min sostuvo su mirada.

—¿Consultarlos?

Su voz seguía siendo sorprendentemente tranquila.

—¿Acaso Cheng Yan les pidió permiso antes de regalarles sus 700.000 yuanes?

Nadie respondió.

Porque todos conocían la respuesta.

Fang Min volvió a mirar a su esposo.

—Ayer me dijiste que el dinero era de quien lo ganaba.

Que cada uno podía decidir libremente qué hacer con él.

Sonrió con una calma que empezó a inquietar a Cheng Yan.

—Yo solo seguí exactamente la misma regla.

Él tragó saliva.

Por primera vez comprendió que aquello no había sido un impulso.

Su esposa había preparado aquella respuesta desde el mismo instante en que él entregó el premio a su madre.

Pero todavía ignoraba la parte más importante.

Fang Min abrió tranquilamente una segunda carpeta en su teléfono.

Dentro había un mensaje enviado por su madre apenas unos minutos antes.

“Min, ya he recibido el dinero. También he hablado con el abogado. Si finalmente decides divorciarte, todo está preparado para proteger cada uno de tus bienes.”

Cheng Yan alcanzó a leer aquellas últimas palabras.

Su rostro se volvió completamente blanco.

Solo entonces entendió que la discusión ya no giraba alrededor de 3.200.000 yuanes.

Su esposa llevaba un día entero preparándose para una vida… en la que él quizá ya no tendría ningún lugar.

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