PARTE 2: LA MENTIRA QUE LLEVABA OCHO MESES CRECIENDO

Respiré hondo antes de entrar.

Santiago se movió dentro de mi vientre como si sintiera mi tensión.

Apreté la carpeta contra el pecho.

No iba a improvisar.

Había esperado demasiado para eso.


Mauricio abrió lentamente los ojos cuando escuchó mis pasos.

Su expresión pasó del alivio al miedo en cuestión de segundos.

—Valeria…

Intentó incorporarse.

—Escúchame, por favor.

No respondí.

Mi mirada fue directamente hacia la otra cama.

Renata sostenía una mano sobre su abdomen.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas perfectamente medidas.

El médico carraspeó.

—La señorita Luna afirma que también está embarazada.

El silencio cayó sobre la habitación.

Mauricio cerró los ojos.

—No es como parece.

Renata comenzó a llorar.

—Valeria… nunca quise hacerte daño.

Las palabras sonaban ensayadas.

Como si hubiera repetido aquel discurso muchas veces.


Mauricio alargó una mano hacia mí.

—Solo te pido que la escuches.

La miré unos segundos.

Después abrí lentamente mi bolso.

Saqué tres cosas.

Una fotografía.

Un informe médico.

Y un sobre color crema.

Los dejé sobre la mesa auxiliar.

—Antes…

Mi voz salió tranquila.

—Mira esto.


La fotografía era de ocho meses atrás.

Mostraba a Mauricio entrando al edificio de Homero.

No iba solo.

Renata caminaba tomada de su brazo.

La fecha aparecía impresa en la esquina inferior.

Dos días antes de que él me jurara que estaba en un viaje de negocios en Monterrey.

Mauricio bajó la mirada.

No dijo nada.


Después tomó el informe médico.

Lo abrió distraídamente.

Pero al leer la primera página se quedó inmóvil.

—¿Qué es esto?

Respondí sin apartar la vista de él.

—Mi expediente obstétrico.

Página cuatro.

Sus manos comenzaron a temblar.

Leyó en silencio.

“Paciente con embarazo de alto riesgo.”

“Reposo indicado desde la semana treinta y dos.”

“Estrés emocional severo podría comprometer la gestación.”

Levantó lentamente la vista.

—¿Por qué nunca me dijiste…?

Solté una sonrisa amarga.

—Porque nunca estabas cuando el médico hablaba.

Siempre encontrabas algo más importante.


Finalmente abrió el sobre.

Dentro había estados de cuenta.

Transferencias.

Copias de contratos.

Y un organigrama empresarial.

Reconoció inmediatamente el nombre de la empresa fantasma.

La misma desde donde salía el dinero.

Su rostro perdió completamente el color.

—¿Quién te dio esto?

—Diego.

Mi abogado.

No tu amigo de la universidad.

El mío.


Renata dejó de llorar.

Observaba aquellos documentos con auténtico nerviosismo.

Por primera vez dejó de acariciarse el vientre.

Eso no pasó desapercibido para el médico.

Ni para la enfermera.

Ni para mí.


—Mauricio…

Abrí otra carpeta.

—¿Sabes qué descubrimos mientras tú pensabas que yo solo preparaba el cuarto de nuestro hijo?

Él permanecía en silencio.

Saqué un último documento.

Era un análisis firmado por un ginecólogo.

Lo coloqué frente a Renata.

Ella dejó de respirar.

—No…

Susurró.

—Eso no.

Mauricio frunció el ceño.

—¿Qué significa?

Respondí con absoluta calma.

—Que Renata nunca estuvo embarazada.

El médico tomó el informe.

Lo revisó rápidamente.

Después miró a la mujer.

—¿Este estudio es suyo?

Renata no contestó.

Solo comenzó a llorar.

Pero esta vez nadie parecía creerle.


Mauricio retrocedió sobre la cama.

—¿Qué…?

Lo miré fijamente.

—Llevas ocho meses creyendo que ibas a tener otro hijo.

Ocho meses sintiéndote atrapado entre dos familias.

Ocho meses tomando decisiones por una mentira.

Renata rompió finalmente el silencio.

—Yo…

—¡Cállate! —gritó Mauricio por primera vez.

Toda la habitación quedó inmóvil.


En ese instante entró Diego al cubículo.

Traía otra carpeta mucho más gruesa.

Se acercó directamente a mí.

—Llegó el informe que faltaba.

Mauricio lo observó confundido.

—¿Qué informe?

Diego dejó la carpeta sobre la cama.

—El peritaje financiero.

Respiró hondo antes de continuar.

—La empresa fantasma no solo pagaba el departamento de Renata.

También recibió más de nueve millones de pesos desviados desde las cuentas de las agencias.

Mauricio abrió inmediatamente el expediente.

Las primeras transferencias llevaban su firma electrónica.

Pero las órdenes bancarias posteriores…

No.

Habían sido autorizadas por otra persona.

Levantó lentamente la vista hacia Renata.

Ella ya no lloraba.

Solo estaba completamente pálida.

Entonces Diego pronunció una frase que hizo que el silencio volviera a apoderarse de la habitación.

—Hay algo más. El incendio no fue accidental. Los peritos encontraron evidencia de que alguien intentó destruir documentos minutos antes de que comenzaran las llamas… y la única persona que salió del despacho con una caja de archivos antes de que llegaran los bomberos fue Renata.

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