PARTE 2: LA MENTIRA QUE AARON ESCONDIÓ DURANTE SEIS MESES

Cuando el todoterreno negro se detuvo frente a la casa, vi inmediatamente mi coche aparcado en la entrada.

Mi suegra, Patricia, ni siquiera había salido.

Estaba dentro.

Así que no necesitaba el vehículo.

Simplemente no quería que yo lo utilizara.

Papá también lo entendió.

—¿Ese es?

Asentí.

No dijo nada.

Sacó a Caleb de su sillita mientras yo bajaba con cuidado.

Apenas llegamos al porche, Patricia abrió la puerta.

Su mirada pasó de mí a mi padre.

—Elena, ¿dónde demonios estabas?

Papá se quedó completamente inmóvil.

—Buenas tardes —dijo.

Patricia lo ignoró.

—Te dije que la cena era a las seis.

—Tenía que comprar comida para Caleb.

—Podrías haber esperado.

Señalé mi coche.

—Podría haber ido conduciendo.

Su expresión se endureció.

—Ese vehículo está a nombre de mi hijo.

—Pero Elena lo paga —intervino papá.

Patricia lo examinó de arriba abajo.

—Esto es un asunto familiar, señor Hayes.

—Exactamente.

Aaron apareció detrás de ella.

Cuando me vio, pareció nervioso.

—Elena, ¿por qué has traído a tu padre?

—No lo traje. Me encontró caminando.

Aaron miró mi tobillo.

Después apartó los ojos.

Papá lo vio.

—¿Sabías que estaba lesionada?

—Solo es un esguince.

—No era esa mi pregunta.

Aaron tragó saliva.

—Sí.

Mi padre entregó a Caleb cuidadosamente en mis brazos.

Entonces miró a mi marido.

—¿Y permitiste que caminara dos millas cargando a vuestro hijo?

Patricia soltó una risa seca.

—Generalmente Elena dramatiza todo.

Papá giró lentamente hacia ella.

—¿Generalmente?

—Es demasiado sensible.

—Curioso.

Mi padre señaló el coche.

—Las personas sensibles no suelen pagar durante veintidós meses un vehículo que otras personas les quitan.

Patricia palideció ligeramente.

—¿Cómo sabe cuánto tiempo lleva pagándolo?

Yo también miré a papá.

Él sacó el teléfono.

—Porque mientras conducíamos pedí a mi abogado que revisara la documentación que Elena me envió cuando compró el coche.

Aaron se puso rígido.

—¿Tu abogado?

—Sí.

Papá me miró.

—Elena, hay algo que debes saber.

—¿Qué?

—El vehículo nunca debió quedar únicamente a nombre de Aaron.

Sentí un vuelco en el estómago.

—¿Cómo que no?

—El concesionario conserva la solicitud original.

Me enseñó la pantalla.

Mi nombre aparecía como copropietaria.

Pero en el registro final había desaparecido.

—Yo firmé esos papeles.

—Lo sé.

Papá levantó la mirada hacia Aaron.

—Por eso resulta interesante que exista una segunda versión con una firma diferente.

Aaron perdió el color.

—Debe de ser un error administrativo.

—Eso mismo averiguaremos.

Patricia se interpuso.

—Robert, no tiene derecho a venir aquí y amenazar a mi familia.

Mi padre la observó tranquilamente.

—No he amenazado a nadie.

—¿Entonces qué pretende?

—Llevarme a mi hija y a mi nieto.

Aquello provocó una reacción inmediata.

Aaron dio un paso adelante.

—Caleb se queda aquí.

Papá ni siquiera levantó la voz.

—No vuelvas a decirle a mi hija dónde puede llevar a su propio hijo.

Entonces Patricia sonrió.

—Quizá debería preguntarle a Elena por qué realmente viven aquí.

La miré.

—Ya se lo he contado.

—¿También le dijiste cuánto dinero perdió Aaron?

—Perdió su empleo.

Patricia soltó una carcajada.

—¿Eso te dijo?

Miré a mi marido.

Aaron cerró los ojos.

—¿Qué está diciendo?

—Elena…

—¿Qué está diciendo, Aaron?

Papá se colocó a mi lado.

Mi marido respiró profundamente.

—No me despidieron.

Sentí frío.

—Entonces ¿por qué llevas seis meses sin trabajar?

—Me suspendieron.

—¿Por qué?

Patricia respondió por él.

—Por una investigación.

—Mamá, cállate.

Demasiado tarde.

—¿Qué investigación?

Aaron no contestó.

Mi padre sí.

—Creo que puedo responder.

Todos lo miramos.

Un segundo vehículo negro acababa de detenerse frente a la casa.

Dos hombres bajaron.

Uno llevaba uniforme militar.

Patricia frunció el ceño.

—¿Qué está pasando?

El oficial caminó hasta nosotros.

Cuando vio a mi padre, se cuadró inmediatamente.

—General Hayes.

Patricia dejó de respirar.

Aaron me miró.

—¿General?

Papá no apartó los ojos del oficial.

—Coronel.

El hombre le entregó una carpeta.

Patricia parecía incapaz de hablar.

—¿General de qué? —preguntó finalmente.

Mi padre abrió el documento.

—Ejército de los Estados Unidos.

Aaron palideció.

—¿Qué rango?

Papá levantó la mirada.

—General de cuatro estrellas.

El silencio fue absoluto.

Pero aquello no era lo importante.

Mi padre pasó varias páginas.

Su expresión cambió.

—Elena, necesito preguntarte algo.

—¿Qué?

—¿Aaron te dijo alguna vez dónde trabajaba exactamente antes de perder el empleo?

—En logística privada. Contratos de transporte.

El coronel intercambió una mirada con papá.

—¿Qué ocurre?

Mi padre cerró la carpeta.

—La empresa de Aaron era contratista del Departamento de Defensa.

Miré a mi marido.

—Nunca me dijiste eso.

—No era importante.

—Lo es ahora —respondió el coronel.

Aaron retrocedió.

Papá continuó.

—Hace seis meses desaparecieron fondos vinculados a varios contratos de transporte.

—Yo no robé nada —dijo Aaron inmediatamente.

Nadie lo había acusado todavía.

Aquello hizo que todos guardáramos silencio.

El coronel abrió otra carpeta.

—No estamos aquí por dinero desaparecido.

—Entonces ¿por qué? —pregunté.

—Porque durante la auditoría apareció su nombre.

Me señaló.

—¿Mi nombre?

—Y su número de identificación.

Sentí que se me helaban las manos.

—Nunca he trabajado para esa empresa.

—Lo sabemos.

Sacó varias copias.

Había contratos firmados por mí.

Solicitudes.

Autorizaciones bancarias.

Documentos que jamás había visto.

Papá miró a Aaron.

—Alguien utilizó la identidad de mi hija.

Patricia empezó a retroceder hacia la puerta.

El coronel se volvió hacia ella.

—Señora Brooks, no se marche.

Mi suegra se detuvo.

—Yo no tengo nada que ver con los negocios de Aaron.

—Eso también es interesante.

El coronel mostró el último documento.

Una cuenta había recibido más de cuatrocientos mil dólares.

Titular:

PATRICIA BROOKS.

Miré a mi suegra.

—¿Cuatrocientos mil?

—No sabes lo que estás viendo.

Entonces recordé algo.

La casa.

Los muebles nuevos.

Los viajes de Patricia.

Todo mientras supuestamente Aaron y yo éramos quienes necesitábamos su ayuda.

—¿Por eso nos dejaste vivir aquí?

Patricia no respondió.

Papá sí comprendió.

—Necesitaban mantenerla cerca.

Miró a Aaron.

—Necesitaban controlar su correo, sus documentos y sus dispositivos.

Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.

—¿Y el coche?

El coronel respondió:

—También estaba vinculado a una de las sociedades investigadas.

Aaron cerró los ojos.

Entonces papá sacó una fotografía de la carpeta.

Se quedó mirándola durante varios segundos.

Toda la autoridad tranquila de su rostro desapareció.

—¿Dónde consiguieron esto?

—En el ordenador de Aaron.

Me acerqué.

Era una fotografía antigua.

Yo tenía quizá tres años.

Estaba en brazos de mi padre, mucho más joven y vestido de uniforme.

Detrás de nosotros había otro militar.

—¿Quién es? —pregunté.

Papá no respondió.

Aaron comenzó a retroceder.

—Robert, esto no es lo que parece.

Mi padre levantó lentamente la mirada.

—Tú conocías esta fotografía.

Aaron permaneció callado.

—¿Quién es ese hombre? —repetí.

Mi padre señaló al militar que aparecía detrás de nosotros.

—El coronel Nathan Brooks.

Brooks.

El mismo apellido de mi marido.

Miré a Aaron.

—¿Es familiar tuyo?

Nadie respondió.

Finalmente, Patricia empezó a llorar.

—Era su padre.

Sentí que el mundo se detenía.

Mi padre cerró los ojos.

—Nathan Brooks murió hace veintisiete años.

—Lo sé —susurró Patricia.

—¿Entonces por qué Aaron tenía esta fotografía?

Ella miró a mi marido.

Aaron apretó los puños.

Y entonces Patricia pronunció la frase que convirtió nuestro matrimonio entero en una mentira.

—Porque Aaron no conoció a Elena por casualidad.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué significa eso?

Patricia me miró con lágrimas en los ojos.

—Su padre le dejó una última instrucción antes de morir.

Papá palideció.

—Patricia, no.

Pero ella ya estaba hablando.

—Encontrar a la hija de Robert Hayes.

Miré al hombre con quien llevaba años compartiendo mi vida.

—¿Para qué?

Aaron levantó por fin los ojos.

—Para recuperar lo que tu padre le quitó al mío.

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