El silencio que llenó la sala fue tan pesado que hasta el sonido del aire acondicionado pareció desaparecer.
Mauricio retrocedió un paso.
—Eso no demuestra nada —dijo con una seguridad que ya sonaba forzada—. Son heridas viejas. No pueden probar quién se las hizo.
La jueza Robles no apartó la mirada de Patricia.
—Siéntese, señora Salgado. Quiero escuchar toda su declaración.
Patricia negó lentamente con la cabeza.
—Doce años permanecí sentada, callada y obedeciendo. Hoy voy a hablar de pie.
Su voz no temblaba.
Era la primera vez, en mucho tiempo, que hablaba sin miedo a la reacción del hombre que tenía enfrente.
Teresa Molina abrió la carpeta roja y comenzó a colocar documentos sobre la mesa.
—Señoría, durante cuatro años mi clienta acudió en secreto al Hospital General de Tlalpan para recibir atención médica. Cada lesión fue fotografiada, fechada y registrada bajo un protocolo de violencia familiar. Solicitamos que se incorporen al expediente.
El secretario judicial recibió los documentos.
Mauricio golpeó la mesa.
—¡Objeción! ¡Eso nunca fue denunciado!
—Porque usted era el director de una red de clínicas privadas —respondió Teresa—. Mi clienta tenía motivos fundados para creer que cualquier denuncia terminaría llegando a sus manos.
Varias personas del público comenzaron a murmurar.
Ximena miró a Mauricio.
—¿Qué está diciendo?
Él evitó responder.
Patricia respiró hondo.
—La primera vez fue seis meses después de casarnos.
La sala volvió a quedarse inmóvil.
—Llegó borracho porque un inversionista canceló un contrato. Me pidió dinero. Le expliqué que ya había vendido el departamento que heredé de mi madre para salvar la clínica. Me dio una bofetada tan fuerte que caí contra la mesa del comedor.
Mauricio cerró los puños.
—¡Está inventando!
Patricia ni siquiera volteó hacia él.
—Después llegaron los empujones, los golpes donde la ropa podía esconderlos y las amenazas.
Levantó lentamente una mano hasta tocar la cicatriz de su hombro.
—Esta quemadura fue con una plancha. Dijiste que aprendería a no contradecirte delante de tus socios.
Ximena sintió que el color abandonaba su rostro.
—Mauricio…
Él intentó tomarle la mano.
Ella la retiró inmediatamente.
Teresa sacó entonces un pequeño sobre transparente.
Dentro había una memoria USB plateada.
Mauricio dejó de respirar durante un instante.
Reconoció aquella memoria.
La había buscado desesperadamente la noche en que Patricia abandonó la casa.
Nunca la encontró.
—Señoría —dijo Teresa—, esta memoria contiene videos, audios, respaldos financieros, fotografías y copias de seguridad almacenadas durante cinco años.
Mauricio se levantó de golpe.
—¡Eso fue obtenido ilegalmente!
La jueza levantó la mano.
—Siéntese, señor Cárdenas.
—¡No puede aceptar eso!
—Eso lo decidirá este tribunal.
Teresa conectó la memoria al sistema del juzgado.
La pantalla encendida iluminó toda la sala.
El primer archivo apareció con una fecha de siete años atrás.
Era un video grabado desde una pequeña cámara escondida en la biblioteca de la casa.
Mauricio aparecía caminando de un lado a otro mientras Patricia permanecía inmóvil junto al escritorio.
—¿Quieres denunciarme? —se escuchó claramente.
Luego vino un golpe seco.
La imagen tembló.
Patricia cayó contra una repisa.
Mauricio volvió a acercarse.
—Nadie va a creerle a una loca mantenida.
La grabación terminó.
Nadie habló.
Ni siquiera Mauricio.
El segundo archivo comenzó automáticamente.
Esta vez era un audio.
La voz de Mauricio sonaba relajada, como si conversara con un amigo.
—Todo está a mi nombre porque ella firma sin leer. Si algún día se pone difícil, la dejo sin un peso y nadie podrá probar que la empresa fue levantada con su dinero.
La jueza dejó lentamente el bolígrafo sobre la mesa.
—Secretario, solicite una copia íntegra del contenido para preservación inmediata de evidencia.
Mauricio tragó saliva.
—Ese audio está editado.
Teresa sonrió apenas.
—También incluye el respaldo original, la metadata completa y el peritaje informático realizado hace tres meses.
El abogado de Mauricio comenzó a revisar apresuradamente sus propios documentos.
Su expresión cambió por completo.
Algo no cuadraba.
Demasiadas fechas.
Demasiadas pruebas.
Entonces apareció un tercer archivo.
No era un video.
Era una carpeta llamada “Firmas”.
Dentro había decenas de contratos, autorizaciones bancarias y poderes notariales.
Todos llevaban la supuesta firma de Patricia.
Teresa tomó uno de los documentos.
—Señoría, hace dos meses un perito grafoscópico concluyó que cuarenta y tres de estas firmas fueron falsificadas.
El abogado de Mauricio levantó la vista, completamente desconcertado.
—¿Cuarenta y tres?
—Sí.
Teresa mostró otro informe.

—Y gracias a esas falsificaciones se transfirieron millones de pesos desde empresas creadas con recursos pertenecientes al matrimonio.
Mauricio sintió que las piernas comenzaban a fallarle.
Pero lo peor aún no aparecía.
En la última carpeta de la memoria USB había un nombre que hizo que el propio Mauricio perdiera el color del rostro apenas lo leyó.
“Proyecto Fénix”.