Renata cerró la puerta detrás de ella.
Mateo se puso inmediatamente delante de mí.
—¿Qué quieres?
Renata sonrió.
—Quiero hablar con Valeria a solas.
—No.
Su sonrisa desapareció.
—Mateo, no olvides quién paga tu sueldo.
—Tampoco olvido a quién juré proteger.
Renata lo miró con desprecio y luego se volvió hacia mí.
—¿De verdad crees que esa vieja medalla va a salvarte?
Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.
Mateo también se quedó inmóvil.
—¿Cómo sabes lo de la medalla? —pregunté.
Renata tardó demasiado en responder.
—Eduardo me contó muchas cosas.
—No.
La miré fijamente.
—Eduardo no sabía que existía.
Su expresión cambió.
Fue apenas un segundo.
Pero lo vi.
Miedo.
Renata retrocedió.
Entonces Mateo entendió algo.
—Tú no eres quien dices ser.
Ella se rio nerviosamente.
—No sabes nada.
—Sé que llevas tres años cerca de esta familia y que llegaste justo después de la muerte de los Salgado.
Renata dejó de sonreír.
—Cállate.
—Y también sé que el avión de los padres de Valeria no cayó por accidente.
El silencio se volvió absoluto.
Mi respiración se detuvo.
—¿Qué acabas de decir?
Mateo me miró.
—Hace dos años encontré documentos que desaparecieron de los archivos de seguridad. Nunca pude demostrarlo.
Renata dio un paso hacia la puerta.
Mateo la bloqueó.
—Pero ahora sí.
Su teléfono vibró.
Miró la pantalla.
Un mensaje.
“Julián recibió la medalla. El protocolo está activado.”
Renata palideció.
Yo sentí que algo dentro de mí se quebraba.
—¿Quién es Julián?
Mateo me miró.
—La única persona que puede confirmar quién era realmente tu padre.
Renata intentó salir.
Mateo la detuvo.
—No vas a ninguna parte.
Entonces escuchamos pasos arriba.
Muchos.
Eduardo gritó desde el pasillo:
—¡Mateo! ¿Qué estás haciendo ahí abajo?
Renata sonrió de repente.
—Ya llegó.
Mateo negó con la cabeza.
—No.
Sacó el teléfono y me mostró la pantalla.
Había una transmisión en directo desde el salón principal.
Eduardo estaba allí.
Pero no estaba solo.
Junto a él había cinco hombres vestidos de traje.
Y detrás de ellos apareció un anciano de cabello completamente blanco.
Lo reconocí inmediatamente.
Era el hombre de una fotografía que mi padre había guardado durante años.
Don Julián.
El hombre que supuestamente había desaparecido después de la caída del avión.
El hombre que acababa de recibir mi medalla.
Y entonces habló:
—Eduardo Ferrer, tienes diez minutos para sacar a mi hija de ese sótano.
Eduardo perdió el color.
Yo miré a Mateo.
—¿Mi padre sabía que yo sobreviví?
Mateo negó lentamente.
—No, Valeria.
Hizo una pausa.
—Tu padre sabía que algún día tendrías que activar esa medalla.
Arriba, Eduardo dejó caer su teléfono.
Y por primera vez desde que empezó aquella pesadilla, escuché miedo verdadero en su voz.

—¿Quién demonios es esa gente?
Don Julián respondió desde el altavoz:
—La familia que creíste haber enterrado.