PARTE 2: LA MÁSCARA QUE CAYÓ

Emiliano no apartó la vista de la pantalla.

La sala de monitoreo estaba completamente en silencio.

Solo se escuchaba el leve zumbido de los equipos y la respiración contenida del jefe de seguridad.

Patricia dio un paso hacia Rosa.

—Te dije que recordaras cuál es tu lugar.

Rosa bajó ligeramente la cabeza.

—Solo intentaba evitar que las niñas se asustaran.

Patricia sonrió con una frialdad que Emiliano jamás le había visto.

—¿Asustarse?

Se inclinó hasta quedar a la altura de Martina.

—¿Le dije algo malo?

La niña negó rápidamente.

No porque estuviera tranquila.

Sino porque tenía miedo de responder otra cosa.

Daniela abrazó con fuerza a su hermana.

—Fue culpa mía.

Patricia ni siquiera la miró.

—Claro que fue culpa tuya.

Siempre es culpa de alguien cuando esta casa no funciona como quiero.

Emiliano sintió un nudo en el estómago.

Aquella no era una discusión aislada.

Era una rutina.

Se notaba en la forma en que las niñas reaccionaban antes incluso de escuchar el tono de Patricia.

Rosa dio un pequeño paso al frente.

—Las llevaré a terminar los deberes.

Patricia extendió un brazo, bloqueándole el paso.

—Todavía no.

Miró fijamente a Daniela.

—Dile a tu padre quién manda aquí cuando él no está.

La niña tardó varios segundos en responder.

Con la voz apenas audible, murmuró:

—Usted…

Patricia sonrió satisfecha.

—Así está mejor.

En la sala de monitoreo, Emiliano apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

El jefe de seguridad rompió el silencio.

—Señor…

¿Quiere que intervengamos?

Emiliano negó lentamente.

—Todavía no.

Quiero verlo todo.


Diez minutos después, Patricia salió de la sala hablando por teléfono.

Las cámaras con audio captaron claramente su voz.

—Sí…

Se fue.

No volverá hasta dentro de unos días.

Rosa condujo a las niñas hacia la cocina.

Les sirvió chocolate caliente.

Ninguna de las dos habló durante varios minutos.

Fue Martina quien rompió el silencio.

—¿Papá sabe cómo nos habla ella?

Rosa acarició suavemente su cabello.

—No.

Pero algún día lo sabrá.

Daniela bajó la mirada.

—Ya intentamos contárselo.

Emiliano sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

Rosa guardó silencio.

Daniela continuó hablando.

—La primera vez me dijo que seguramente había entendido mal.

La segunda…

Patricia lloró delante de él y dijo que yo la odiaba porque quería ocupar el lugar de mamá.

Martina añadió entre lágrimas:

—Después papá nos pidió que dejáramos de inventar historias.

Emiliano cerró los ojos.

Cada palabra era un golpe.

Recordó perfectamente aquella conversación.

Había pensado que Patricia solo intentaba acercarse a las niñas.

Nunca imaginó…

Que ellas le estaban pidiendo ayuda.

Rosa respiró hondo.

—Su padre las quiere muchísimo.

Solo está confundido.

Daniela sonrió con tristeza.

—Antes también nos abrazaba más.

Ahora siempre está ocupado con Patricia.

En la sala de monitoreo, Emiliano ya no podía seguir sentado.

Se levantó de golpe.

—Basta.

El jefe de seguridad tomó el auricular.

—¿Entramos?

Pero antes de que pudiera dar la orden, otra cámara captó movimiento.

Patricia había regresado.

No estaba sola.

Un hombre desconocido acababa de entrar por la puerta lateral de la mansión.

Vestía un traje elegante.

Parecía conocer perfectamente la casa.

Patricia lo abrazó.

No como se abraza a un amigo.

Lo besó.

Largo.

Sin preocuparse por quién pudiera verla.

Emiliano quedó inmóvil.

El hombre sonrió.

—¿Ya se fue el millonario?

Patricia soltó una carcajada.

—Está volando rumbo a Europa.

Tenemos varios días.

El jefe de seguridad miró a Emiliano.

—Señor…

Emiliano levantó una mano.

Todavía no.

En la pantalla, Patricia abrió una caja fuerte oculta detrás de un cuadro.

Sacó varios documentos.

El desconocido comenzó a fotografiarlos uno por uno.

Después preguntó:

—¿Cuándo firmará el fideicomiso?

Patricia respondió con absoluta tranquilidad.

—En cuanto nos casemos.

Después de eso…

Ni él ni sus hijas conservarán un solo centavo.

El silencio en la sala de monitoreo se volvió insoportable.

Hasta que el jefe de seguridad recibió una llamada por el auricular.

Escuchó apenas unos segundos.

Luego levantó la vista, completamente pálido.

—Señor Duarte…

Acabamos de identificar al hombre que está con la señorita Patricia.

No es un empresario.

Es un estafador profesional.

Y lleva quince años utilizando matrimonios para vaciar fortunas familiares.

Emiliano volvió lentamente la vista hacia la pantalla.

Porque, por primera vez desde que comenzó aquella vigilancia, comprendió que sus hijas nunca habían sido el verdadero objetivo.

El objetivo… siempre había sido él.

Leer la Parte 3 a continuación.

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