El conejo de peluche permanecía inmóvil sobre el tapete de la entrada.
Las orejas estaban limpias.
Ni una gota de lluvia.
Ni una mota de polvo.
Alguien acababa de dejarlo allí.
No hacía horas.
Hacía minutos.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Verónica, mi hermana, vio mi expresión.
—¿Qué pasó?
Le mostré la pantalla del teléfono.
Ella frunció el ceño.
—Pero… ese conejo estaba en la maleta.
Asentí.
Yo misma lo había guardado antes de salir de casa.
No había ninguna posibilidad de que estuviera frente a mi puerta.
Salvo una.
Alguien había entrado nuevamente.
Y quería que yo lo supiera.
Respiré hondo y llamé otra vez a la policía de Pachuca.
Esta vez pedí algo muy específico.
—No entren a la casa hasta que llegue yo.
El oficial dudó.
—Señora, si hay un intruso…
—Precisamente por eso.
Quiero ver exactamente cómo encontraron todo.
Dos horas después regresé acompañada por dos patrullas.
La vivienda seguía cerrada.
No había ventanas abiertas.
No había cristales rotos.
El conejo continuaba sobre el tapete.
Uno de los peritos se colocó guantes antes de levantarlo.
—Tiene algo dentro.
Con unas pinzas abrió una pequeña costura hecha en la espalda del muñeco.
Sacó un objeto diminuto.
Era un localizador GPS.
El oficial levantó la vista.
—No es un juguete cualquiera.
Alguien quería saber dónde estaba su hija.
Sentí que las piernas me temblaban.
Sofía dormía en brazos de Verónica sin imaginar lo cerca que había estado del peligro.
El perito guardó el dispositivo en una bolsa de evidencia.
—Lo enviaremos al laboratorio.
Mientras tanto, otro agente recorría la casa.
Cinco minutos después nos llamó desde el cuarto de Sofía.
—Encontré algo.
Sobre el marco superior de la puerta había una ligera marca metálica.
Como si alguien hubiera utilizado una herramienta muy fina.
El cerrajero que había cambiado las chapas un día antes observó con atención.
Negó lentamente.
—No forzaron la cerradura.
La abrieron.
El silencio cayó sobre todos.
—¿Con una copia de la llave? —pregunté.
El hombre asintió.
—O con una llave original.
Mi mente comenzó a repasar nombres.
Yo.
Julián.
Mi suegra.
Rogelio.
Nadie más.
En ese instante sonó mi teléfono.
Era Julián.
Contesté.
—¿Ya regresaste a la casa? —preguntó sin saludar.
Su tono era extraño.
Demasiado rápido.
Como si necesitara confirmar algo.
—Sí.
Hubo un breve silencio.
—¿Encontraron algo?
Miré a los policías.
Decidí no decirle la verdad.
—No.
Solo era el conejo.
Nada más.
Él soltó el aire.
Fue casi imperceptible.
Pero lo escuché.
Como alguien que acaba de librarse de un problema.
—Qué bueno.
Seguro fue una broma de mal gusto.
Después cambió de tema.
Ni una sola pregunta sobre Sofía.
Ni una sola preocupación.
Colgué sin responder.
El perito se acercó.
—¿Su esposo sabía que hoy vendría la policía?
Lo pensé unos segundos.
—Sí.
—¿Y sabía exactamente a qué hora?
Sentí un nudo en el estómago.
Sí.
Se lo había dicho esa misma mañana.
El oficial tomó nota.
Antes de irse, el laboratorio llamó al encargado del caso.
Habían obtenido el número de serie del GPS.
No era un dispositivo comercial.
Pertenecía a un lote utilizado por una empresa privada de seguridad.
La misma empresa donde trabajaba…
Rogelio Salas.
El viejo amigo de la familia.
El hombre que había remodelado el cuarto de Sofía.
El hombre que, durante las obras, tuvo acceso a todas las llaves de la casa durante casi tres semanas.
Mientras intentaba procesar aquella información, mi celular vibró nuevamente.
No era una llamada.
Era un mensaje.
Un número desconocido.
Solo tenía una fotografía.

La imagen mostraba la cuna de Sofía.
Vacía.
Tomada desde el interior de su habitación.
Y debajo, una única frase:
“La próxima vez llegaré antes que tú.”