PARTE 2: LA LLAVE DE LORELEI

Manuel permaneció inmóvil.

Las cicatrices no eran antiguas heridas de la infancia.

Tenían distintos tamaños.

Distintas edades.

Algunas parecían tener apenas unos meses.

Levantó lentamente la vista.

—¿Te seguía encerrando?

Rosalie cerró los ojos.

—Cada vez que hacía demasiadas preguntas.

Su voz era tan tranquila que resultaba más aterradora que un grito.

—Los médicos escribían que sufría crisis nerviosas.

—Después me sedaban.

—Y mi padre decía que todo era por mi seguridad.

Manuel sintió un nudo en el pecho.

Durante años, el país entero había visto a Emmett Durham como un empresario ejemplar y un padre ejemplar.

Nadie imaginaba lo que ocurría detrás de las puertas de Pinecrest.


Rosalie abrió cuidadosamente el corsé del vestido.

Metió dos dedos entre la tela ensangrentada.

Sacó una diminuta llave de latón.

Todavía estaba tibia por el contacto con su piel.

Se la entregó.

—Guárdala.

Manuel no preguntó qué abría.

Solo la cerró con fuerza dentro de su mano.

—¿Tu padre sabe que la tienes?

Ella negó lentamente.

—Todavía cree que sigue escondida en el costurero de mi madre.

En ese instante sonó el teléfono de Manuel.

Era un número desconocido.

Contestó.

Una voz grave habló sin rodeos.

—Señor Nelson.

Soy Arthur Collins, abogado personal de Lorelei Durham.

Manuel abrió mucho los ojos.

—¿Cómo consiguió este número?

—La señora Lorelei dejó instrucciones hace doce años.

“Si algún día mi hija logra sacar la llave de esta casa, llámelo inmediatamente.”

El corazón de Manuel empezó a latir con fuerza.

Miró a Rosalie.

Ella también había escuchado el nombre.

Arthur continuó.

—No tienen mucho tiempo.

Emmett ya descubrió que la llave desapareció.


Como si aquellas palabras hubieran sido una señal, alguien golpeó violentamente la puerta.

—¡Señorita Durham!

Era la voz del jefe de seguridad.

—¡El señor Durham quiere verla inmediatamente!

Rosalie palideció.

—Nunca me llama así.

Manuel comprendió enseguida.

Emmett ya sospechaba.

Respondió desde dentro.

—Rosalie se siente mal.

La verá mañana.

El silencio del otro lado duró varios segundos.

Luego llegaron unas palabras que helaron la habitación.

—El señor Durham dijo que… si no abre la puerta…

…la abrirán ellos.


Arthur volvió a hablar por teléfono.

—Escúcheme atentamente.

La llave abre un archivador oculto detrás del retrato de Lorelei, en la biblioteca privada de Pinecrest.

Dentro encontrará una carpeta roja.

No la azul.

La roja.

Manuel frunció el ceño.

—¿Qué contiene?

El anciano respiró profundamente.

—Las pruebas de que Lorelei Durham no murió por accidente.

Rosalie sintió que las piernas dejaban de sostenerla.

Arthur añadió algo todavía peor.

—Y también descubrirán por qué Emmett necesitaba casarla antes de que cumpliera treinta años.


Los golpes comenzaron de nuevo.

Esta vez mucho más fuertes.

—¡Última advertencia!

Manuel guardó el teléfono.

Miró a Rosalie.

—Nos vamos.

Ella negó.

—No podremos salir.

Toda la finca está vigilada.

Entonces Manuel recordó algo.

Durante el recorrido por la propiedad aquella tarde, había visto una antigua escalera de servicio utilizada por el personal de limpieza.

Sonrió por primera vez desde la boda.

—Entré aquí como el hombre que tu padre compró.

Guardó la llave dentro del bolsillo interior de su chaqueta.

—Pero acaba de cometer el peor negocio de su vida.


Mientras tanto, en el despacho principal de Pinecrest, Emmett Durham rompía un vaso de cristal contra la pared.

—¡Registren toda la propiedad!

Los guardias permanecían inmóviles.

—¡Ahora!

Uno de ellos tragó saliva.

—Señor…

No encontramos la llave.

Emmett respiraba con dificultad.

Después abrió un cajón oculto del escritorio.

Dentro había otra carpeta.

Azul.

La abrió desesperadamente.

Estaba completamente vacía.

Solo quedaba una nota escrita con la letra de Lorelei.

“Si estás leyendo esto, Emmett, significa que Rosalie por fin encontró la verdad. Y esta vez no podrás encerrarla otra vez.”

Por primera vez en doce años…

El hombre más poderoso de Minnesota sintió auténtico miedo.

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