PARTE 2: LA LLAMADA QUE TERMINÓ CUATRO AÑOS DE AMOR

Al otro lado de la línea solo escuché su respiración durante un segundo.

Después habló.

—Elena, no puedo salir del hospital.

Cerré los ojos.

—No te estoy pidiendo que salgas. Solo necesito que vengas cinco minutos. Los estudios de Sofía…

Volvió a interrumpirme.

—Tengo una reunión muy importante para mi futuro.

Sentí que la garganta se cerraba.

—Mi hermana necesita una cirugía de emergencia.

Hubo un silencio breve.

Esperé.

Esperé que dijera que iba corriendo.

Que preguntara qué había pasado.

Que hiciera cualquier cosa propia del hombre que decía amarme.

En cambio respondió con absoluta calma.

—Habrá otros médicos.

No hace falta que sea yo.

La llamada terminó.

Ni siquiera me dejó llorar.

Miré la pantalla durante varios segundos.

Después bloqueé su número.

No por orgullo.

Sino porque comprendí que, cuando alguien decide convertirse en un extraño, insistir solo prolonga el dolor.


Aquella noche no regresé al departamento que compartíamos.

Me quedé en el hospital junto a Sofía.

Dormía conectada a varios monitores.

Tenía apenas diecinueve años.

Le acaricié el cabello.

—Todo va a salir bien.

Aunque ni yo misma lo creía.

A las dos de la madrugada apareció el jefe del servicio de cirugía cardiovascular.

El doctor Ricardo Salazar.

Revisó nuevamente los estudios.

Frunció el ceño.

—Necesitamos al mejor equipo disponible.

Respiré hondo.

—Doctor…

¿Puede operar el doctor Adrián Fuentes?

Él negó lentamente.

—No.

Se incorporó.

—Mañana estará ocupado en la ceremonia de nombramiento del nuevo jefe del departamento.

Sentí una punzada en el pecho.

Claro.

Su futuro empezaba justo cuando el mío se estaba derrumbando.


A las ocho de la mañana el hospital entero estaba decorado.

Flores.

Fotógrafos.

Directivos.

En el auditorio celebraban el ascenso de Adrián.

En el quirófano preparaban a mi hermana para una operación que podía costarle la vida.

Dos mundos separados por apenas un pasillo.


Mientras esperaba frente al área quirúrgica, escuché aplausos provenientes del salón principal.

Después una voz conocida.

Era el director del hospital.

—Nos llena de orgullo presentar al nuevo jefe de Cardiología.

Doctor Adrián Fuentes.

Los aplausos fueron ensordecedores.

Segundos después sonó otra voz.

La de Clara Mendoza.

—Gracias por confiar en nosotros.

Estoy segura de que Adrián llevará este departamento a otro nivel.

“Nosotros.”

Ni siquiera intentaba ocultarlo.


La cirugía comenzó.

Las horas pasaban lentamente.

A las once de la mañana, la puerta del quirófano se abrió.

El doctor Salazar salió todavía con la bata puesta.

Mi corazón dejó de latir por un instante.

Él sonrió.

—La operación fue un éxito.

Las piernas me fallaron.

Empecé a llorar.

Por primera vez desde el día anterior.

No por Adrián.

Por Sofía.

Porque seguía viva.


Cuando salí al vestíbulo principal para comprar un café, me encontré de frente con él.

Llevaba una bata nueva.

Una placa dorada con el cargo recién estrenado.

Y un ramo enorme de rosas blancas en las manos.

Me vio inmediatamente.

Sonrió como si nada hubiera ocurrido.

—Elena.

Qué casualidad.

Miré las flores.

—¿Para quién son?

Él respondió sin dudar.

—Para Clara.

Hoy también es un día importante para ella.

Asentí despacio.

No sentí celos.

Ni rabia.

Solo una inmensa tranquilidad.

La tranquilidad que llega cuando el corazón deja de esperar.

Adrián pareció confundirse.

—¿No vas a decir nada?

Saqué lentamente un sobre de mi bolso.

Era una carpeta azul.

La misma donde durante cuatro años había guardado cada comprobante de pago.

Las colegiaturas de su especialidad.

La renta de su departamento.

Los préstamos que liquidé por él.

Los libros de medicina.

Los congresos.

Las guardias no remuneradas que yo sostuve trabajando dobles jornadas.

Lo puse en sus manos.

—¿Qué es esto?

Lo abrió.

Su expresión empezó a cambiar página tras página.

Al final había una sola hoja.

Una carta escrita por mí.

Muy corta.

“No me debes amor.”

“Pero sí me debes todo el dinero que invertí para que llegaras hasta aquí.”

“Adjunto los comprobantes.”

“El total vence en treinta días.”

Adrián levantó la cabeza lentamente.

—¿Me estás cobrando?

Lo miré a los ojos.

Por primera vez en cuatro años.

Y respondí con absoluta serenidad.

—No.

Te estoy devolviendo exactamente al lugar donde me pusiste ayer.

Hice una pausa.

Después pronuncié las últimas palabras que alguna vez le dedicaría.

—Dijiste que yo no tenía nada que ver con tu futuro.

Entonces tampoco volveré a formar parte de él.

Me di la vuelta.

Pero antes de que pudiera dar el primer paso, una secretaria del director corrió hacia el vestíbulo, completamente pálida.

Miró directamente a Adrián.

Y anunció frente a todos los médicos del hospital:

—Doctor Fuentes…

Hay un problema muy grave.

El doctor Mendoza acaba de descubrir quién financió realmente toda su especialidad…

…y acaba de cancelar su nombramiento como jefe de Cardiología.

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