La comandante Mariana Rojas llegó al restaurante en menos de veinte minutos.
No vestía uniforme. Llevaba un abrigo oscuro, el cabello recogido y esa expresión tranquila que siempre aparecía cuando sabía que alguien estaba mintiendo.
Apenas me vio, abrazó el recipiente sellado antes que a mí.
—¿Nadie lo ha tocado?
—Solo Daniel, el gerente y yo.
Mariana observó las firmas sobre la tapa y sonrió apenas.
—Sigues haciendo las cosas como hace treinta años.
—Los criminales cambian de ropa, no de errores.
Daniel permanecía de pie junto a la mesa, nervioso.
—Señora comandante… si tengo que declarar, lo haré.
Mariana lo miró con firmeza.
—Lo harás. Pero desde este momento no hables con nadie más sobre lo ocurrido. Ni con tus compañeros.
El muchacho asintió.
Salimos por una puerta lateral del restaurante.
La lluvia seguía cayendo sobre Polanco, convirtiendo las luces de la avenida en manchas amarillas sobre el pavimento mojado.
Subí al automóvil de Mariana.
Durante varios minutos ninguna habló.
Finalmente rompí el silencio.
—¿Crees que intentaron matarme?
Mariana sostuvo el volante con ambas manos.
—No voy a decirlo hasta que el laboratorio analice esa bebida.
La miré de reojo.
—No me respondas como policía. Respóndeme como la mujer que trabajó conmigo doce años.
Ella exhaló lentamente.
—Sí. Eso creo.
Sentí que el aire desaparecía del interior del vehículo.
No porque me sorprendiera.
Sino porque escuchar aquella conclusión en voz alta la convertía en una realidad.
A medianoche llegamos al laboratorio criminalístico.
Aunque ya estaba jubilada, conocía cada pasillo.
El olor a alcohol, reactivos y metal me devolvió tres décadas de mi vida.
Un técnico joven recibió el recipiente.
—Cadena de custodia completa.
Mariana entregó la documentación.
—Análisis prioritario.
El muchacho observó mi nombre.
Sus ojos se abrieron.
—¿Usted es Elena Robles?
Sonreí con cansancio.
—Lo fui durante muchos años.
—Mi profesor hablaba de usted en la universidad.
No respondí.
Aquella noche no tenía ganas de recordar quién había sido.
Solo pensaba en quién intentaban convertirme.
Mientras esperábamos los primeros resultados, Mariana abrió una carpeta.
—Necesito hacerte algunas preguntas.
—Adelante.
—¿Cuándo empezó Andrés a interesarse por tus bienes?
Pensé unos segundos.
—Hace casi un año.
—¿Coincidió con algo?
Entonces lo recordé.
Mi esposo había fallecido apenas tres meses antes.
Después del funeral, Andrés comenzó a visitarme todas las semanas.
Me llevaba flores.
Compraba mis medicamentos.
Insistía en llevarme al banco.
Se ofrecía para revisar mis inversiones.
Yo llegué a pensar que era el hijo que nunca tuve.
Qué ingenua había sido.
—Después de enviudar.
Mariana anotó algo.
—¿Y Lucía?
Sentí un nudo en la garganta.
—Al principio era la misma de siempre.
Después empezó a repetir frases que no parecían suyas.
“Mamá ya no recuerda.”
“Mamá necesita ayuda.”
“Mamá debería dejar que otros administren.”
Siempre las mismas palabras.
Como si alguien se las hubiera enseñado.
A las dos de la madrugada, el laboratorio llamó.
El técnico salió con el rostro completamente serio.
Traía una carpeta transparente.
—Encontramos varias sustancias.
Mi corazón empezó a golpearme el pecho.
—¿Cuáles?
—Un sedante de alta potencia mezclado con un medicamento que potencia la pérdida temporal de memoria y provoca confusión.
Mariana frunció el ceño.
—¿La dosis?
El técnico levantó la vista.
—Suficiente para que una persona de la edad de la señora Elena perdiera completamente la capacidad de decidir durante varias horas.
Guardé silencio.
Él continuó.
—En pacientes mayores también puede provocar paro respiratorio dependiendo de enfermedades previas.
Nadie dijo una palabra.
Porque ya no estábamos hablando de una simple trampa.
Estábamos hablando de un posible intento de homicidio.
Mariana cerró la carpeta.
—Desde este momento nadie debe saber que el análisis ya salió.
—Ellos creen que bebí.
—Y vamos a aprovecharlo.
La miré fijamente.
—¿Qué propones?
Una sonrisa apenas visible apareció en su rostro.
—Que sigas siendo la anciana confundida que ellos creen que eres.
A las ocho de la mañana llegué a mi casa de Coyoacán.
Había dos automóviles estacionados afuera.
El de Lucía.
Y el de Andrés.
Entré despacio.
Los encontré en la sala.
Lucía corrió hacia mí.
—¡Mamá!
Me abrazó con tanta fuerza que cualquiera habría pensado que estaba preocupada.
Yo también la abracé.
Por un instante quise creer que todo era un malentendido.
Pero entonces noté que no preguntó cómo me sentía.
Lo primero que hizo fue observar mis ojos.
Mis manos.
Mi forma de caminar.
Estaba comprobando si el medicamento había funcionado.
Andrés se levantó del sofá con una sonrisa impecable.
—¿Dormiste bien, doña Elena?
Lo miré durante dos segundos antes de responder lentamente.
—Creo que sí…
Fingí buscar las palabras.
Como si mi cabeza estuviera nublada.
Vi cómo ambos intercambiaban una mirada fugaz.
Había satisfacción en sus rostros.
—¿Recuerdas qué hicimos anoche? —preguntó Lucía.
Me llevé una mano a la frente.
—Fuimos… a… ¿un restaurante?
Ella sonrió.
—Sí.
Luego miró discretamente a su esposo.
Él entendió la señal.
Sacó una carpeta negra de su portafolio.
—No queremos molestarla, pero ya que está descansada, sería bueno dejar resueltos unos documentos sencillos.
Ahí estaban.
Los mismos papeles.
Poder general.
Administración absoluta de mis bienes.
Autorización para internarme en una residencia especializada.
Venta con representación de mis acciones.
Todo preparado.
Todo listo para firmarse aquella mañana.
Abrí lentamente la carpeta.
Pasé las hojas con aparente dificultad.
Mientras tanto, una diminuta cámara oculta instalada la madrugada anterior por orden de Mariana grababa cada palabra desde un reloj antiguo sobre la biblioteca.
Andrés acercó una pluma.
—Solo firme aquí… y aquí.
Tomé la pluma con la mano temblorosa.
—¿Esto… qué es exactamente?
Él respondió con una paciencia exageradamente dulce.

—Solo es para ayudarla, doña Elena.
Ya no tiene que preocuparse por nada.
Nosotros nos encargaremos de todo.
Sonreí por dentro.
Porque acababa de decir exactamente la frase que Mariana esperaba escuchar.
Y, sin saberlo, acababa de empezar a cavar su propia tumba legal.