La lluvia seguía golpeando el parabrisas cuando la ambulancia terminó de revisar a doña Teresa.
—Tiene deshidratación, presión baja y necesita volver al hospital cuanto antes —dijo el paramédico mientras la ayudaban a subir.
Mariana no soltó la mano de su madre ni un solo segundo.
Esteban permanecía unos metros atrás, revisando una y otra vez las fotografías que acababa de tomar. Ampliaba cada documento con una calma inquietante.
De pronto levantó la vista.
—Aquí está.
Mariana giró de inmediato.
—¿Qué encontraste?
Esteban mostró la copia borrosa de la escritura.
—No solo vendieron la casa. La escritura tiene varias inconsistencias.
—¿Qué significa eso?
—Que alguien quiso hacer todo demasiado rápido.
En ese instante volvió a sonar el teléfono.
Era Raúl.
Mariana respiró hondo antes de contestar.
—¿Ya acabaste tu drama? —se escuchó la voz burlona de su hermano—. Mamá ya no podía vivir sola. Nosotros resolvimos el problema.
Mariana apretó el teléfono con tanta fuerza que le temblaban los dedos.
—La encontramos viviendo debajo de un puente.
Durante unos segundos solo hubo silencio.
Después Raúl respondió con frialdad.
—Pues ahí quiso quedarse.
Doña Teresa cerró los ojos al escuchar aquellas palabras.
Una lágrima resbaló por su mejilla.
Esteban extendió discretamente la mano.
Mariana activó el altavoz.
—¿Dónde está nuestro dinero? —preguntó ella.
Raúl soltó una risa.
—¿Cuál dinero? La casa era de mamá. Ella firmó todo.
—¿Firmó mientras estaba recién operada del corazón?
Esta vez la risa desapareció.
—No sé de qué hablas.
Esteban hizo una señal para que Mariana siguiera hablando.
—Tenemos los documentos del hospital. También los recibos del hotel donde la abandonaste.
Al otro lado de la línea volvió el silencio.
Entonces apareció otra voz.
Era Brenda.
—Dejen de amenazar. Todo fue legal.
Esteban habló por primera vez.
Su tono era tan tranquilo que resultaba más intimidante que un grito.
—Buenas noches. Habla Esteban Ortega.
Brenda soltó una carcajada.
—¿Y tú quién eres para meterte?
—La persona que acaba de preservar toda la evidencia antes de que puedan desaparecerla.
Nadie respondió.
—También acabo de enviar copia digital de cada documento a tres lugares distintos. Así que, si alguien intenta modificar archivos, escrituras o registros esta noche, quedará documentado.
Raúl tragó saliva.
—Estás fanfarroneando.
—Ojalá.
Esteban miró su reloj.
—Porque hace exactamente dos minutos terminó una llamada con la unidad especializada en delitos patrimoniales contra personas adultas mayores.
El silencio fue absoluto.
Hasta la lluvia parecía haberse detenido.
—Además —continuó Esteban—, hay algo que ustedes todavía no saben.
Brenda intentó recuperar la seguridad.
—¿Qué cosa?
Esteban sostuvo la copia de la escritura entre los dedos.
—El notario cuya tarjeta apareció entre las pertenencias de doña Teresa no es el mismo que aparece en la compraventa registrada.
Mariana abrió los ojos.
—¿Qué significa eso?
—Que alguien utilizó una identidad notarial distinta… o falsificó el protocolo.
Del otro lado de la llamada se escuchó un golpe.
Como si alguien hubiera dejado caer un vaso.
Luego la respiración agitada de Raúl.
—Eso… eso no puede comprobarse.
Esteban respondió sin alterar la voz.
—Hace cinco minutos envié el número del protocolo para verificarlo.
Nadie habló.
Solo se escuchaba la respiración nerviosa de Brenda.
Entonces el teléfono de Esteban vibró.
Miró la pantalla.
Sonrió apenas.
Era la respuesta que estaba esperando.
Levantó la vista hacia Mariana.
—Ya contestaron.
—¿Qué dijeron?
Esteban guardó el celular lentamente.
—Que ese protocolo… pertenece a otra propiedad.
Raúl dejó escapar un insulto.
Brenda comenzó a llorar.

Y antes de que cualquiera pudiera decir una palabra más, Esteban pronunció una frase que hizo que ambos dejaran de respirar.
—La llamada que acaban de escuchar quedó grabada íntegra… y desde este momento forma parte de la investigación.