El agua seguía resbalando por mi vestido cuando mi padre me ayudó a sentarme junto al borde de la piscina.
Tenía frío.
Pero no era por el agua.
Era por la forma en que todos evitaban mirarme a los ojos.
Begoña seguía gritando.
—¡Se resbaló! ¡Lo habéis visto todos! ¡La pobre perdió el equilibrio!
Nadie respondió.
Porque el suelo estaba completamente seco.
No había una sola gota fuera de la piscina.
Mi padre levantó lentamente la vista.
Su voz salió grave.
Controlada.
—No mintáis más.
La empujaron.
El silencio fue inmediato.
Alejandro seguía inmóvil.
Con las manos colgando.
Como si todavía no supiera de qué lado debía colocarse.
Lo miré directamente.
—¿Ni siquiera ibas a sacarme del agua?
Él abrió la boca.
Pero ninguna palabra salió.
Fue entonces cuando el teléfono que seguía apretando entre mis dedos volvió a sonar.
La pantalla seguía encendida.
Notaría Echevarría.
Contesté delante de todos.
—¿Sí?
La voz del notario sonó clara.
—Señora Laura…
Necesitamos confirmar que se encuentra bien.
Todos los presentes escuchaban.
—Ha ocurrido algo importante.
Respiré hondo.
—Lo escucho.
—Su abuelo dejó instrucciones muy precisas.
La firma definitiva solo debía realizarse cuando usted estuviera presente.
Y acabamos de recibir un aviso de que alguien intentó adelantar el trámite utilizando información falsa.
Sentí que mi padre apretaba mi hombro.
—¿Quién?
El notario guardó silencio unos segundos.
—No puedo decir nombres por teléfono.
Pero sí puedo decirle que una de las personas que acudió esta mañana pertenece a la familia de su esposo.
Las miradas se dirigieron inmediatamente hacia Begoña.
Ella dio un paso atrás.
—Eso es ridículo.
Nunca he ido a ninguna notaría.
El notario continuó.
—Por seguridad hemos bloqueado cualquier movimiento sobre la herencia.
Necesitamos verla hoy mismo.
Colgué lentamente.
Mi padre fue el primero en hablar.
—¿Lo habéis oído?
Nadie respondió.
Begoña intentó recuperar el control.
—Todo esto no tiene nada que ver con el accidente.
Mi padre la miró con un desprecio que nunca le había visto.
—Precisamente tiene todo que ver.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Mi padre respiró profundamente.
Después señaló directamente a Begoña.
—Hace dos semanas recibí una llamada anónima.
Me dijeron que tuviera cuidado contigo.
Porque alguien estaba esperando el momento adecuado para provocar un accidente durante el embarazo de mi hija.
La respiración de todos se detuvo.
Alejandro giró lentamente hacia su madre.
—¿Mamá?
Ella negó con demasiada rapidez.
—Antonio está loco.
—No.
Contestó mi padre.
Sacó un sobre de su chaqueta.
Estaba protegido dentro de una funda transparente.
—Por eso vine preparado.
Lo abrió delante de todos.
Dentro había varias fotografías.
En la primera aparecía Begoña entrando en una notaría.
En la segunda hablaba con un hombre desconocido frente a un café.
En la tercera…
Se veía perfectamente la piscina cubierta de la casa.
Tomadas dos días antes de la reunión familiar.
Mi suegra perdió el color del rostro.
—Eso…
Eso no demuestra nada.
Mi padre sonrió por primera vez.
—Todavía no.
Pero levantó el teléfono.
Pulsó el altavoz.
—Buenas tardes, inspector.
Ya puede entrar.
Todos miraron hacia la puerta principal.
Tres golpes secos rompieron el silencio.
La puerta se abrió.
Entraron dos agentes de la Ertzaintza acompañados por un hombre de traje oscuro.

El inspector sostuvo una carpeta.
Miró directamente a Begoña.
—Señora Begoña Fernández…
Necesitamos hacerle unas preguntas relacionadas con una denuncia presentada hace cuarenta y ocho horas.
Alejandro dio un paso hacia atrás.
—¿Denuncia?
El inspector asintió.
—Intento de fraude documental.
Y posible planificación de un accidente para alterar una sucesión hereditaria.
Begoña empezó a temblar.
—Eso es absurdo.
Yo no hice nada.
El inspector abrió lentamente la carpeta.
—Entonces no tendrá problema en explicarnos por qué su nombre aparece en las grabaciones de seguridad de la notaría…
…y por qué la persona que intentó modificar la documentación declaró hace apenas una hora que actuó siguiendo instrucciones suyas.
Por primera vez en muchos años…
La mujer que siempre había controlado cada reunión familiar…
No encontró una sola palabra para defenderse.
Y Alejandro comprendió que el verdadero secreto de aquella tarde nunca había sido la caída a la piscina.
Había sido descubrir que toda la reunión había sido organizada para que su madre creyera que nadie sospechaba de ella… cuando, en realidad, llevaba días siendo investigada.