El silencio al otro lado de la línea duró apenas dos segundos.
Pero fueron suficientes para que comprendiera que Alexander ya había tomado una decisión.
—¿Está viva? —preguntó con una calma aterradora.
Miré a Sofía.
Tenía el labio partido, un hematoma que comenzaba a oscurecerse en el brazo y las manos aún temblaban.
—Sí.
—¿Está contigo?
—Sí.
Otro breve silencio.
—No salgan de ese departamento.
La llamada terminó.
Ni una palabra más.
Ni una promesa.
Ni una amenaza.
Solo esas cuatro palabras.
Conocía demasiado bien a Alexander para saber lo que significaban.
Sofía me observó con desconcierto.
—¿Qué dijo?
Respiré hondo.
—Que no nos movamos de aquí.
Ella negó lentamente con la cabeza.
—Mamá, no quiero que él haga una locura.
Me acerqué y le acomodé el cabello detrás de la oreja.
—Ahora lo importante eres tú.
Saqué el botiquín.
Mientras limpiaba con cuidado los rasguños de su cuello, le pregunté en voz baja:
—Necesito que me cuentes todo. Sin omitir nada.
Sofía cerró los ojos.
—Después del brindis, Carmen dijo que tenía preparada una sorpresa para mí en la suite presidencial.
—¿Quién más iba?
—Solo ella… eso creí.
Su voz comenzó a quebrarse.
—Cuando entré, las otras mujeres ya estaban esperando.
Me rodearon.
Una cerró la puerta con seguro.
Otra apagó la música.
Y Carmen puso una carpeta sobre la mesa.
Tragué saliva.
—¿Qué había dentro?
—Documentos de cesión del departamento de Polanco.
Bajó la mirada.
—También había un notario.
Sentí un escalofrío.
—¿Firmó algo?
Ella negó inmediatamente.
—No.
Rompí el primer juego de papeles.
Entonces Carmen me dijo que podía salir de esa habitación sin el departamento…
o no salir nunca.
El nudo en mi garganta se hizo insoportable.
—¿Quién te ayudó a escapar?
Sofía tardó unos segundos en responder.
—Una camarista.
Fruncí el ceño.
—¿Una empleada del hotel?
Asintió.
—Escuchó que estaba gritando.
Cuando una de las mujeres abrió la puerta para pedir hielo, ella aprovechó un descuido y me dijo que corriera por la escalera de servicio.
—¿La conoces?
—No.
Solo recuerdo que llevaba una placa donde decía “Lucía”.
En ese momento sonó el timbre del departamento.
Las dos nos sobresaltamos.
Miré el reloj.
Las tres y dieciséis de la madrugada.
Me acerqué lentamente a la puerta.
Antes de abrir, observé por la mirilla.
Había dos hombres vestidos de traje oscuro.
No parecían policías.
Uno levantó discretamente una credencial.
—Señora Mendoza.
La voz fue serena.
—Venimos de parte del señor Alexander.
Abrí apenas unos centímetros.
—¿Cómo sé que realmente los envió él?
El hombre sacó un teléfono.
En la pantalla apareció una videollamada.
Alexander.
Su expresión era completamente inexpresiva.
—Ellos son de confianza.
Miró directamente a Sofía, que permanecía detrás de mí.
Por primera vez en muchos años, vi cambiar su rostro.
La dureza desapareció durante un instante.
—¿Quién la tocó?
Sofía bajó la cabeza.
—La señora Carmen… y sus familiares.
Alexander guardó silencio.
Después hizo una sola pregunta.
—¿Tu esposo participó?
Ella tardó unos segundos.
Las lágrimas volvieron a llenar sus ojos.
—No me golpeó.
Pero no me ayudó.
La mandíbula de Alexander se tensó.
—Entiendo.
La pantalla se apagó.
Uno de los hombres guardó el teléfono.
—Señora, el señor Alexander nos pidió trasladarlas a un lugar seguro.
Negué con firmeza.
—Antes quiero llamar a la policía y que un médico revise a mi hija.
El hombre asintió sin discutir.
—Es lo correcto.
Mientras marcaba el número de emergencias, mi teléfono personal comenzó a vibrar.
Javier.
Lo dejé sonar.
Volvió a llamar.
Y otra vez.
Al quinto intento contesté.
No hablé.
Solo activé el altavoz.
La voz de Javier llegó alterada.
—¡Sofía! ¿Dónde estás?
Ella permaneció en silencio.
Él continuó.
—Todo fue un malentendido.
Mi madre perdió el control.
Regresa al hotel y solucionemos esto antes de que alguien haga un escándalo.
Sofía respiró profundamente.
Fue la primera vez que habló desde que contesté.
—Mientras yo pedía ayuda…
¿Tú estabas cuidando la puerta?
Del otro lado hubo un silencio incómodo.
Después respondió en voz baja:
—Era por el bien de nuestra familia.
Sofía cerró los ojos.
Una lágrima cayó lentamente por su mejilla.
—No.
Respondió con una serenidad que me sorprendió.
—Era por el bien de la tuya.
La llamada terminó.
En ese mismo instante, uno de los hombres de Alexander recibió un mensaje en su auricular.
Su expresión cambió.
Se volvió hacia mí.
—Señora Mendoza…

Acaban de informarnos que la policía ya llegó al hotel.
Hizo una breve pausa antes de añadir:
—Pero la suite presidencial está vacía.
Carmen, Javier, el notario…
Y las otras seis mujeres…
Habían desaparecido.