El camión apenas había recorrido tres cuadras cuando sonó el teléfono de Eduardo Salvatierra.
—Adelante.
Del otro lado respondió su director jurídico.
—¿Se activa el protocolo?
Eduardo observó por la ventana de su oficina el perfil de Monterrey.
—Completo.
No levantó la voz.
Nunca lo hacía.
—Suspendan todas las líneas de crédito garantizadas por Grupo Salvatierra. Notifiquen a los bancos. Congelen cualquier desembolso pendiente y convoquen a los socios para una reunión extraordinaria.
—Entendido.
Colgó.
Después hizo una segunda llamada.
—Carlos.
—Aquí estoy, ingeniero.
—Ve por mi hija. Está recién operada. Quiero un médico, una enfermera neonatal y una camioneta adaptada esperándola en menos de diez minutos.
—Ya voy.
Mientras tanto, Santiago estacionaba la camioneta frente al exclusivo restaurante de San Pedro.
Un valet abrió la puerta.
—Bienvenido, señor Beltrán.
Ofelia sonrió satisfecha.
—Así me gusta. Que la gente sepa quiénes somos.
Entraron riendo.
La mesa estaba lista.
Champaña.
Mariscos.
Un reservado con vista al jardín.
Santiago levantó la copa.
—Por la familia.
Su teléfono vibró.
Lo ignoró.
Volvió a vibrar.
Y otra vez.
Al cuarto intento respondió con fastidio.
—¿Qué pasa?
Era su director financiero.
La voz sonaba completamente alterada.
—¿Dónde está?
—Comiendo. ¿Por qué?
—Acaban de suspender dos créditos por más de ciento veinte millones de pesos.
Santiago dejó lentamente la copa sobre la mesa.
—¿Qué?
—Los bancos dicen que Grupo Salvatierra retiró todas las garantías.
Ofelia frunció el ceño.
—¿Qué ocurre?
Él levantó una mano pidiendo silencio.
—Eso es imposible.
El director financiero continuó.
—También cancelaron la reunión con los inversionistas de esta tarde.
—¿Por qué?
Hubo un breve silencio.
—Porque quieren verificar el verdadero origen del capital con el que nació tu empresa.
Santiago sintió un escalofrío.
En ese mismo momento, Renata llegaba al hospital privado de Grupo Salvatierra.
Una enfermera la ayudó a bajar del vehículo.
Nadie la hizo esperar.
Nadie la dejó cargar la pañalera.
El pediatra tomó inmediatamente a Mateo para revisarlo.
Una doctora examinó la herida de la cesárea.
—Debió guardar reposo absoluto.
Renata sonrió con tristeza.
—Lo sé.
Minutos después apareció Eduardo.
No llevaba escoltas visibles.
Solo caminó hasta su hija.
La abrazó con enorme cuidado para no lastimarla.
—Perdóname.
Ella negó con la cabeza.
—No hiciste nada malo.
—Sí.
Le acarició el cabello.
—Debí intervenir cuando vi cómo ese muchacho empezaba a tratarte.
Renata bajó la mirada.
—Yo quería creer que iba a cambiar.
Eduardo observó a su nieto dormido.
—Los hombres cambian cuando quieren.
Hizo una pausa.
—No cuando una mujer soporta más.
A las tres de la tarde, Santiago llegó desesperado a sus oficinas.
Encontró a todos los ejecutivos reunidos.
Nadie hablaba.
Sobre la mesa había una sola carpeta.
En la portada se leía:
AUDITORÍA EXTRAORDINARIA.
Abrió la primera página.
Aparecía el contrato firmado seis años atrás.
El documento mediante el cual Grupo Salvatierra había aportado el capital inicial para lanzar su empresa.
Jamás fue suyo.
Siempre perteneció al grupo empresarial del padre de Renata.
Él solo había administrado esos recursos.
Su director financiero habló con dificultad.
—Hay algo más.
Le entregó una segunda hoja.
Era la notificación oficial.
Grupo Salvatierra retiraba todo respaldo financiero con efecto inmediato.
Santiago levantó lentamente la vista.
—¿Quién autorizó esto?
En ese instante, la pantalla de la sala de juntas se encendió.
Apareció Eduardo Salvatierra en videoconferencia.
Su voz fue completamente serena.
—Yo.
Santiago tragó saliva.
—Señor Salvatierra…
Eduardo no lo dejó terminar.
—Cinco días después de una cesárea enviaste a mi hija y a mi nieto en un camión mientras tú usabas la camioneta que yo les regalé para ir a comer.
El silencio era absoluto.
—Hoy has descubierto algo importante.

Hizo una breve pausa.
—El dinero que presumías nunca fue tuyo.
Y a partir de este momento…
Cerró lentamente la carpeta que tenía frente a él.
—Tampoco volverás a administrarlo.