PARTE 2: LA LLAMADA QUE DETUVO SU EMPRESA ANTES DEL POSTRE

El camión apenas había avanzado unas cuantas avenidas cuando el teléfono de Joaquín Armenta volvió a sonar.

—Soy yo —dijo con voz firme.

Del otro lado respondió su director jurídico.

—¿Activamos el protocolo de protección familiar?

Joaquín miró por la ventana de su oficina hacia el horizonte de la Ciudad de México.

—Completo.

No levantó la voz.

Nunca lo hacía.

—Envíen seguridad por mi hija y mi nieto. Quiero un médico, una enfermera especializada y un vehículo adaptado esperándolos en menos de quince minutos.

—Entendido.

Colgó.

Luego hizo una segunda llamada.

—Arturo.

—Aquí estoy, ingeniero.

—Convoca al comité financiero. Suspendan todas las líneas de respaldo que Grupo Armenta mantiene para NexaData hasta concluir una revisión de riesgos.

Hubo un breve silencio.

—¿Es definitivo?

—Desde este momento.


Mientras tanto, Rodrigo llegaba al exclusivo restaurante de Polanco.

Un valet abrió la puerta de la camioneta.

Victoria sonrió satisfecha.

—Así me gusta. La familia unida.

Daniela ya hablaba de los platillos que iba a pedir.

Rodrigo tomó asiento convencido de que había resuelto el día con apenas cincuenta pesos.

Ni siquiera había pensado en Mariana desde que salió del hospital.

El mesero acababa de servir las bebidas cuando su teléfono vibró.

Era el director financiero de NexaData.

Respondió con fastidio.

—¿Qué ocurre?

La voz al otro lado sonaba alterada.

—Tenemos un problema muy serio.

Rodrigo frunció el ceño.

—Habla.

—Dos bancos acaban de suspender nuestras líneas de crédito.

Él dejó lentamente la copa sobre la mesa.

—¿Qué?

—También recibimos notificación de que varios inversionistas quieren revisar los acuerdos de respaldo firmados hace dos años.

Victoria levantó la mirada.

—¿Qué pasa?

Rodrigo cubrió el teléfono con la mano.

—Nada importante.

Pero el director financiero continuó.

—Hay algo más.

—¿Qué?

—Todos preguntan lo mismo.

—¿Qué preguntan?

—Si Grupo Armenta seguirá respaldando a NexaData.

Rodrigo sintió un vacío en el estómago.

—Eso… eso es un malentendido.

—Entonces necesitamos que el señor Armenta lo confirme hoy mismo.

La llamada terminó.

Rodrigo intentó marcar inmediatamente a Mariana.

Buzón de voz.

Volvió a llamar.

Otra vez.

Nada.


Al mismo tiempo, Mariana descendía del camión.

Una camioneta negra ya la esperaba.

Dos elementos de seguridad se acercaron respetuosamente.

—¿Señora Mariana?

Ella asintió.

Uno de ellos tomó con cuidado la pañalera.

La enfermera revisó rápidamente la herida de la cesárea.

—Necesita reposo. No debió subir a un transporte público en estas condiciones.

Mariana acarició la cabeza de Leo.

Por primera vez en todo el día sintió que alguien la estaba cuidando.


Esa tarde llegó a la residencia de su padre.

Joaquín salió personalmente a recibirla.

No preguntó por Rodrigo.

No preguntó por el matrimonio.

Lo primero que hizo fue cargar a su nieto.

Después abrazó a Mariana con enorme cuidado para no lastimarla.

—Ya estás en casa.

Ella cerró los ojos unos segundos.

—Perdón por tardar tanto en llamarte.

Él negó con la cabeza.

—No me debes ninguna disculpa.

Hizo una pausa.

—Solo prométeme que nunca volverás a soportar algo así.

Mariana asintió en silencio.


A las cinco de la tarde, Rodrigo llegó apresurado a las oficinas de NexaData.

Encontró a todos los directivos reunidos.

Sobre la pantalla principal aparecía una sola diapositiva.

REVISIÓN EXTRAORDINARIA DE GARANTÍAS FINANCIERAS

El director financiero respiró profundamente.

—Tenemos que informarte algo.

Rodrigo permaneció de pie.

—Habla.

—Los inversionistas descubrieron que la confianza en la empresa estaba ligada, en gran parte, al respaldo patrimonial y reputacional de la familia Armenta.

Él negó inmediatamente.

—La empresa la construí yo.

El director bajó la mirada.

—Eso creen tus empleados.

Le entregó una carpeta.

Dentro había copias de los primeros contratos de inversión.

Todos incluían la misma condición.

Respaldo estratégico de Grupo Armenta durante la fase inicial del proyecto.

Rodrigo sintió que la garganta se le cerraba.

—¿Quién autorizó retirar ese respaldo?

En ese instante, la pantalla cambió.

Apareció Joaquín Armenta por videoconferencia.

Su voz fue serena.

—Yo.

Nadie dijo una palabra.

Joaquín sostuvo la mirada de Rodrigo.

—Cinco días después de una cesárea abandonaste a mi hija y a mi nieto en la calle para llevar a tu madre a comer.

Hizo una breve pausa.

—Hoy descubriste que la confianza que tanto presumías nunca fue completamente tuya.

Rodrigo intentó responder.

No encontró palabras.

Joaquín concluyó con absoluta calma:

—Y a partir de este momento, tampoco volverás a sostener tu empresa con el nombre de mi familia. El resto tendrás que construirlo solo.

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