PARTE 2 — LA LLAMADA QUE DETUVO LA GALA

Victor no hizo ninguna pregunta.

No preguntó si estaba segura.

No preguntó qué había pasado.

Solo dijo:

—Lleva a Sophia lejos del salón principal. Dame diez minutos.

La llamada terminó.

Guardé el teléfono con la misma tranquilidad con la que alguien cierra un libro cuya última página ya conoce.

Chloe soltó una carcajada.

—¿Eso fue todo?

Me observó de arriba abajo, divertida.

—¿Llamaste a un hermano para que viniera a rescatarte?

No respondí.

Sophia seguía sujetando el collar de papel con las dos manos.

Le acaricié el cabello.

—Cariño, ¿te gustaría sentarte un momento conmigo?

Ella asintió.

Sus ojos grandes buscaban a su padre entre la gente que entraba y salía del vestíbulo.

—¿Papá está ocupado?

Tragué el nudo que tenía en la garganta.

—Sí.

—Pero pronto sabremos toda la verdad.

No entendió mis palabras.

Solo volvió a abrazar su pequeño regalo.


El hotel donde se celebraba la gala pertenecía a uno de los complejos más exclusivos de Manhattan.

Mármol italiano.

Lámparas de cristal.

Champaña francesa.

Cientos de empresarios conversaban mientras una orquesta interpretaba música de fondo.

En el piso treinta y ocho, Dominic Hayes estaba a punto de pronunciar el discurso más importante de su carrera.

No sabía que, al mismo tiempo, todo lo que había construido comenzaba a derrumbarse.


Dos minutos después de mi llamada, el teléfono de Chloe vibró.

Ella sonrió al ver la pantalla.

Seguramente esperaba un mensaje de Dominic.

Pero su sonrisa desapareció de inmediato.

Frunció el ceño.

Leyó otra vez.

Y una tercera.

—¿Qué…?

Volvió a marcar rápidamente.

Nadie respondió.

Mientras tanto, varios empleados del hotel comenzaron a hablar entre ellos en voz baja.

Un organizador corrió hacia los ascensores con expresión nerviosa.

Otro revisaba frenéticamente su tableta.

Algo había cambiado.

Todavía nadie sabía qué.

Pero el ambiente ya no era el mismo.


En el piso superior, Dominic terminaba de saludar a un grupo de inversionistas cuando su director financiero apareció casi corriendo.

—Señor Hayes…

Dominic sonrió sin perder la compostura.

—¿Qué ocurre?

—Necesitamos hablar.

—Después del discurso.

—No puede esperar.

Dominic notó por primera vez el color del rostro de su ejecutivo.

Estaba completamente pálido.

—¿Qué pasó?

El hombre acercó la voz.

—Acaban de suspender la línea de crédito principal.

Dominic dejó de sonreír.

—¿Qué?

—También se retiró el fondo de inversión Sterling Capital.

Él frunció el ceño.

—Nosotros nunca trabajamos con Sterling Capital.

El director financiero tragó saliva.

—Eso creíamos.

Sacó una carpeta electrónica.

—Pero durante años nuestras refinanciaciones llegaron a través de fondos intermediarios vinculados al Grupo Sterling.

Dominic permaneció inmóvil.

—Eso es imposible.

—Los documentos dicen lo contrario.

Antes de que pudiera responder, otro ejecutivo llegó apresuradamente.

—¡Señor Hayes!

—¿Ahora qué?

—Tres miembros del consejo acaban de presentar su renuncia.

—¿Todos hoy?

—Dicen que perdieron la confianza en la estabilidad de la empresa.

Dominic sintió cómo el suelo comenzaba a moverse bajo sus pies.


Abajo, Chloe seguía intentando llamar a alguien.

Cada llamada terminaba igual.

Sin respuesta.

Se volvió hacia mí.

Por primera vez había desaparecido la arrogancia de su rostro.

—¿Qué hiciste?

La miré serenamente.

—Nada.

—Entonces… ¿qué está pasando?

Sonreí apenas.

—Todavía nada importante.

Lo verdaderamente importante está ocurriendo arriba.


En ese momento, las puertas del ascensor se abrieron.

No salió Dominic.

Salieron cuatro hombres con trajes oscuros.

No llevaban insignias visibles.

Solo carpetas negras y acreditaciones corporativas.

Caminaron directamente hacia la recepción.

El gerente general del hotel se adelantó inmediatamente.

—Buenas noches.

El hombre que iba al frente mostró una credencial.

—Somos representantes del principal grupo financiero acreedor de Hayes Biotech.

Necesitamos reunirnos con el vicepresidente ejecutivo de inmediato.

Chloe palideció.

—Él está en pleno evento.

—Precisamente por eso hemos venido ahora.

El tono del hombre no admitía discusión.

—La situación no puede esperar.

Vi cómo Chloe apretaba el teléfono con manos temblorosas.

Por primera vez comprendió que mi llamada no había sido una amenaza.

Había sido el inicio de una ejecución empresarial.

Y arriba, sin saberlo todavía, Dominic estaba a punto de descubrir que la mujer a la que había humillado aquella noche… pertenecía a la única familia capaz de sostener o destruir el imperio sobre el que había construido toda su vida.

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