PARTE 2: LA LLAMADA QUE CAMBIÓ TODO

El cristal de la copa estalló contra el piso.

El champán se extendió sobre la alfombra mientras Rodrigo seguía sosteniendo el teléfono sin poder hablar.

—¿Señor Armenta? —repitió el doctor Luján—. ¿Me escucha?

Rodrigo tragó saliva.

—Debe… debe haber un error.

—No lo hay.

El médico mantuvo el mismo tono profesional.

—Su esposa estaba embarazada de aproximadamente ocho semanas. La pérdida fue consecuencia del traumatismo provocado por la caída.

Valeria observó el rostro de Rodrigo.

—¿Qué pasó?

Él levantó una mano para hacerla callar.

—¿Y… mis estudios?

Hubo un breve silencio.

—Los resultados fueron revisados dos veces. La probabilidad de concebir de forma natural es extremadamente baja. Por eso necesitábamos hablar con usted personalmente.

La llamada terminó.

Rodrigo permaneció inmóvil.

Recordó todas las veces que había acusado a Camila de retrasar la idea de formar una familia.

Las discusiones.

Las indirectas de Teresa.

Las burlas sobre “la mujer que no sabía darle un heredero”.

Y ahora…

Camila había estado embarazada.

Valeria intentó acercarse.

—Rodri…

Él dio un paso atrás.

—Déjame solo.


A la mañana siguiente, Rodrigo llegó al hospital antes de las ocho.

La habitación estaba vacía.

La cama perfectamente tendida.

No quedaban flores.

Ni ropa.

Ni el cepillo de dientes que Camila siempre llevaba en sus viajes.

Solo una enfermera acomodando el cuarto.

—¿Dónde está mi esposa?

La mujer levantó la vista.

—Le dieron el alta anoche.

—¿Quién se la llevó?

—No puedo proporcionar esa información.

Rodrigo salió casi corriendo.

Marcó el teléfono de Camila.

Apagado.

Llamó a Mariana Salcedo.

Sin respuesta.

Fue a la mansión.

La reja principal permanecía cerrada.

Su código ya no funcionaba.

Frunció el ceño.

Intentó otra vez.

Nada.

Entonces apareció el jefe de seguridad.

—Buenos días, señor.

—Abre.

El hombre permaneció inmóvil.

—Lo siento.

No tengo autorización.

Rodrigo soltó una risa incrédula.

—¿Perdón?

—A partir de esta madrugada recibimos nuevas instrucciones de la propietaria.

Esas dos palabras hicieron que el tiempo pareciera detenerse.

La propietaria.

—¿Qué estás diciendo?

El guardia entregó un sobre blanco a través de la ventanilla.

—Me pidieron darle esto si se presentaba.

Rodrigo rompió el sello.

Dentro había una carta firmada por el despacho de Mariana Salcedo.

“Por instrucciones de nuestra representada, se le notifica que el inmueble pertenece legalmente a Alba Norte Capital y que su autorización de acceso ha sido revocada.”

Siguió leyendo.

“Cualquier intento de ingreso será considerado una ocupación no autorizada.”

Rodrigo sintió un vacío en el estómago.

—Eso no puede ser.

Sacó inmediatamente el teléfono.

Llamó a su director financiero.

—Necesito que revises quién demonios es Alba Norte.

Del otro lado hubo un silencio.

—¿Señor…?

—¡Ahora!

El hombre respiró hondo antes de responder.

—Creí que usted lo sabía.

—¿Saber qué?

—Alba Norte es el accionista mayoritario de la constructora desde hace tres años.

Rodrigo dejó de escuchar durante unos segundos.

—¿Quién está detrás?

—Nunca apareció públicamente.

Toda la inversión se hizo mediante un fideicomiso privado.

Colgó sin despedirse.

Las piezas comenzaron a encajar una tras otra.

La casa.

La empresa.

Los préstamos.

Los rescates financieros.

Todo aquello que él siempre creyó haber conseguido por mérito propio.


Cuando llegó a la oficina encontró a Teresa esperándolo.

—¿Ya encontraste a esa muchacha?

Él la miró fijamente.

—¿La empujaste?

Ella abrió mucho los ojos.

—¿Qué?

—Camila.

Las escaleras.

El embarazo.

Teresa intentó mantener la calma.

—Fue un accidente.

Rodrigo recordó la tarjeta que había enviado al hospital.

“Los accidentes pasan.”

Por primera vez sintió miedo de la mujer que tenía delante.

En ese instante entró su secretario.

Llevaba un sobre con sello judicial.

—Señor Armenta…

Acaban de notificar otra resolución.

Rodrigo lo abrió con manos temblorosas.

No era solo el divorcio.

También había una orden para preservar documentación relacionada con la empresa y una citación para declarar sobre varios hechos vinculados a la caída de Camila.

Levantó lentamente la vista.

Por primera vez comprendió que aquella noche no había perdido únicamente a su esposa.

Había perdido a la única persona que, en silencio, había sostenido la vida que él creía haber construido por sí mismo.

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