PARTE 2: LA LLAMADA QUE CAMBIÓ TODO

El teléfono sonó solo una vez.

—Coronel Esteban Rivas.

Su voz seguía siendo firme, exactamente igual que la última vez que lo escuché en una base militar.

—Coronel… soy Mariana.

Hubo un breve silencio.

—¿Qué ocurrió?

Miré por el retrovisor.

Mis hijos seguían llorando.

La lluvia caía sobre el parabrisas.

Y la casa donde había vivido diez años desaparecía poco a poco detrás de mí.

—Necesito ayuda.

No con mi matrimonio.

Con algo mucho más grande.


Veinte minutos después estacioné frente al edificio donde vivía el coronel.

Él ya me esperaba bajo el techo de la entrada.

Cuando vio a los gemelos, tomó la pañalera antes incluso de hacer preguntas.

—Sube.

Dentro del departamento había una cuna portátil preparada.

Su esposa, antigua enfermera militar, recibió a los bebés con una delicadeza que me hizo contener las lágrimas.

Por primera vez desde que salí del hospital, alguien me preguntó:

—¿Ya comiste?

Negué con la cabeza.


Después de alimentar a los niños, el coronel dejó una taza de café frente a mí.

—Ahora cuéntamelo todo.

Saqué el expediente médico que aún llevaba en la mochila.

Debajo había una carpeta azul.

La misma que Rodrigo jamás sabía que conservaba.

—¿Recuerda el contrato de suministro firmado hace dieciocho meses con Grupo Altamar?

El coronel levantó la vista.

—Claro.

Fue una licitación importante para Defensa.

Asentí lentamente.

—Yo formaba parte del comité técnico.

No del financiero.

Del técnico.

Revisábamos especificaciones.

No autorizábamos pagos.

Abrí la carpeta.

Dentro había copias de varios documentos.

Uno de ellos llevaba una firma.

Mi firma.

O, al menos, alguien había intentado que lo pareciera.

—Yo nunca firmé esto.

El coronel tomó la hoja.

Su expresión cambió de inmediato.

—¿Estás segura?

—Completamente.

La firma era parecida.

Pero no era la mía.

Y el documento autorizaba un incremento extraordinario de…

Respiré hondo.

—Cinco millones de pesos.


El coronel permaneció varios segundos en silencio.

Después abrió otro documento.

Las fechas coincidían.

También aparecía el nombre de Rodrigo.

Y el de Valeria Montes.

Mi exmarido no figuraba como responsable del contrato.

Pero sí como enlace administrativo entre Grupo Altamar y el comité de adquisiciones.

El coronel cerró lentamente la carpeta.

—¿Ellos saben que conservas esto?

Negué.

—Creen que solo soy una mujer recién divorciada con dos bebés.

No saben que antes de irme de licencia por maternidad hice copias de todos los expedientes que revisé porque había cifras que no cuadraban.


En ese mismo momento, el teléfono del coronel sonó.

Contestó.

Escuchó durante menos de un minuto.

Su rostro se endureció.

Colgó despacio.

—Mariana…

Sentí que algo no estaba bien.

—¿Qué pasó?

—Acaban de informarme que alguien intentó entrar esta noche a tu oficina del hospital militar.

Mi corazón comenzó a acelerarse.

—¿Robaron algo?

Él negó lentamente.

—No llegaron a tiempo.

Porque el archivo que buscaban…

Levantó la carpeta azul que estaba sobre la mesa.

—Era exactamente este.


Mientras tanto, en la casa de Coyoacán, Rodrigo caminaba de un lado a otro.

Valeria intentaba mantener la calma.

—Debe de estar llorando en casa de algún familiar.

Rodrigo negó con irritación.

—No.

Mariana nunca improvisa.

Entonces sonó su teléfono.

Era uno de los directivos de Grupo Altamar.

Contestó inmediatamente.

—¿Sí?

La voz al otro lado no sonaba tranquila.

—¿Qué hiciste?

Rodrigo frunció el ceño.

—¿De qué hablas?

—Acabamos de recibir una notificación.

Alguien solicitó formalmente la preservación de todos los contratos relacionados con la ampliación presupuestal de cinco millones.

Rodrigo sintió un vacío en el estómago.

—Eso es imposible.

La respuesta llegó de inmediato.

—No solo es posible.

La solicitud viene respaldada por un coronel del Ejército… y por la propia comandante Mariana Salazar.

Rodrigo quedó inmóvil.

Porque acababa de comprender algo demasiado tarde.

Nunca había echado de su casa únicamente a una esposa.

Había expulsado a la oficial que llevaba más de un año reuniendo pruebas… y que ahora ya no tenía ninguna razón para seguir protegiéndolo.

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