PARTE 2: LA LLAMADA QUE CAMBIÓ LA BODA

Valeria dio un paso instintivo hacia atrás.

Su mano buscó la mía con desesperación.

Sentí que estaba helada.

Sebastián sonrió.

Desde lejos parecía el esposo perfecto.

Educado.

Elegante.

Seguro de sí mismo.

Solo quienes estábamos a unos metros podíamos ver que aquella sonrisa nunca llegó a sus ojos.

—Cariño —dijo con una calma inquietante—. Todos te están esperando para cortar el pastel.

Valeria no respondió.

Él dio otro paso.

—Ven.

Ella negó muy despacio.

Fue un movimiento casi imperceptible.

Pero yo lo vi.

Y Sebastián también.

Su expresión cambió apenas un instante.

Después volvió a sonreír.

—Señora Teresa, ¿podemos hablar un momento?

—Podemos hablar aquí.

—Preferiría en privado.

—Yo no.

El silencio comenzó a hacerse incómodo.

Los músicos seguían tocando al otro lado del jardín, ajenos a todo.

Los invitados todavía reían alrededor de las mesas.

Nadie imaginaba lo que estaba ocurriendo detrás de los setos.

Sebastián respiró despacio.

—Valeria está nerviosa. Es normal.

—No.

Levanté la nota doblada.

—Esto tampoco es normal.

Por primera vez perdió el control.

Intentó quitarme el papel.

Lo guardé inmediatamente en mi bolso.

Los dos hombres de seguridad avanzaron un paso.

Las tres amigas de Valeria se colocaron delante de ella casi al mismo tiempo.

Karla habló primero.

—No la toquen.

Sebastián soltó una risa.

—¿Y ustedes quiénes creen que son?

—Sus amigas.

—Entonces compórtense como invitadas.

Miró nuevamente a Valeria.

—Ven conmigo.

Ella comenzó a llorar.

—No quiero.

Aquellas dos palabras fueron apenas un susurro.

Pero bastaron.

Ya no tenía dudas.

Saqué el teléfono.

Marqué el primer número.

—Licenciado Herrera.

El abogado respondió enseguida.

—¿Señora Teresa?

—Necesito que venga inmediatamente a la Hacienda Los Encinos.

Hubo una breve pausa.

—¿Ocurrió algo?

—Sí.

Miré directamente a Sebastián.

—Creo que mi hija necesita protección legal urgente.

Colgué.

Marqué el segundo número.

—Comandante Ruiz.

—Teresa, ¿todo bien?

—Necesito una patrulla discreta en la hacienda.

Silencio.

—¿Es una emergencia?

—Todavía no.

Respiré hondo.

—Pero temo que lo sea dentro de unos minutos.

Colgué nuevamente.

Sebastián ya no sonreía.

—¿Está llamando a la policía durante mi boda?

No respondí.

Marqué el tercer número.

Era el más importante.

Contestaron después del segundo tono.

—¿Bueno?

—Doctor Álvarez…

Necesito que venga.

—¿Ahora?

—Ahora mismo.

Al otro lado hubo unos segundos de silencio.

—Entendido.

Voy para allá.

Cuando terminé la llamada, Sebastián me observó con auténtica preocupación por primera vez.

—¿Quién era ese?

Guardé el teléfono.

—Alguien que lleva meses esperando este momento.

Él frunció el ceño.

—No sé de qué habla.

—Yo creo que sí.

En ese instante apareció un hombre mayor corriendo desde la terraza principal.

Era don Ernesto Castañeda.

El patriarca de la familia.

Dueño de la constructora.

Padre de Sebastián.

Al llegar, miró a todos con evidente molestia.

—¿Qué escándalo es este?

Sebastián habló antes que nadie.

—La señora Teresa está alterando la boda.

Don Ernesto giró hacia mí.

—¿Tiene algún problema?

Lo miré fijamente.

—Sí.

Su hijo acaba de intentar llevarse por la fuerza a mi hija después de que ella me pidiera ayuda.

El empresario soltó una carcajada.

—Eso es absurdo.

Los recién casados siempre discuten por los nervios.

Valeria rompió a llorar.

—Abuelo Ernesto…

Nunca quise casarme.

Aquellas palabras hicieron que incluso los dos hombres de seguridad se miraran entre sí.

Don Ernesto endureció el rostro.

—¿Qué acabas de decir?

Valeria respiraba con dificultad.

—Papá…

Me obligó.

El silencio cayó sobre el jardín.

Sebastián dio un paso adelante.

—Está confundida.

—No.

Ella levantó lentamente una manga del vestido.

Sobre la piel aparecieron varios hematomas amarillos y morados.

Las amigas comenzaron a llorar.

Yo sentí que el estómago se me cerraba.

Don Ernesto miró a su hijo.

—Sebastián…

¿Esto qué significa?

Pero antes de que él pudiera responder, un automóvil negro atravesó lentamente la entrada de la hacienda.

Detrás llegó una patrulla.

Y luego otra.

El primer hombre en bajar fue el doctor Álvarez.

Apenas vio a Valeria, su expresión cambió por completo.

Se acercó sin mirar a nadie más.

Y pronunció una frase que hizo que hasta Sebastián perdiera el color del rostro.

—Valeria…

Por fin encontré la oportunidad de decir la verdad delante de todos.

Después levantó una carpeta médica sellada y miró directamente a la familia Castañeda.

—Porque el verdadero motivo por el que Sebastián necesitaba casarse hoy… no tenía nada que ver con el amor.

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