David activó el altavoz con una sonrisa burlona.
—Buenas noches —dijo con arrogancia—. Soy el abogado David Collins. Su hija está teniendo un pequeño ataque de histeria y quiere hablar con usted.
Al otro lado de la línea hubo un silencio breve.
Después, la misma voz respondió con absoluta calma.
—¿Dónde está Anna?
David soltó una risa.
—En mi casa. Aunque, si sigue comportándose así, dejará de serlo muy pronto.
Yo respiré con dificultad desde el suelo.
El dolor seguía atravesándome el vientre.
—Papá…
Solo pronuncié esa palabra.
Nada más.
La voz cambió de inmediato.
—Anna, ¿estás herida?
—Sylvia… me empujó.
—David rompió mi teléfono.
—No quieren llamar a una ambulancia.
La temperatura de la habitación pareció descender varios grados.
—Pon el teléfono otra vez en manos de tu esposo.
David arqueó una ceja.
—Con mucho gusto.
Tomó el aparato con la seguridad de quien cree controlar cualquier conversación.
—Señor, entiendo que esté preocupado, pero esto es un asunto familiar.
La respuesta llegó sin elevar el tono.
—No. Acaba de convertirse en un asunto penal.
David sonrió.
—Con todo respeto, soy abogado. Sé perfectamente cuáles son mis derechos.
—También deberías conocer tus obligaciones.
Hubo una pausa.
—Anota mi nombre.
David tomó un bolígrafo con gesto burlón.
—Adelante.
—Samuel Bennett.
La sonrisa permaneció apenas un segundo.
Después desapareció.
Uno de sus compañeros dejó caer lentamente la copa de vino.
Otro abrió los ojos con incredulidad.
Todos reconocían aquel nombre.
Samuel Bennett.
Presidente de la Corte Suprema de los Estados Unidos.
David tragó saliva.
—Eso… eso no puede ser.
—Hace ocho años mi hija decidió dejar de utilizar mi apellido por razones de seguridad.
Nunca tuvo obligación de explicártelo.
Pero tú sí tenías la obligación de protegerla.
Sylvia dio un paso atrás.
—David, ¿qué está diciendo?
Él ya no respondió.
Su mano comenzó a temblar.
La voz continuó, firme e implacable.
—Mientras hablas conmigo, mi jefe de seguridad ya está localizando tu dirección.
También está en camino una ambulancia.
Y varias unidades policiales.
Si mi hija o mi nieto sufren una lesión permanente por haber impedido recibir atención médica, no volverás a ejercer el derecho en este país.
El teléfono casi resbaló de las manos de David.
—Señor… podemos resolver esto hablando.
—Hace cinco minutos mi hija pidió una ambulancia.
Tú elegiste destruir su teléfono.
Ahora aceptarás las consecuencias de tu propia decisión.
Desde la entrada comenzaron a escucharse sirenas.
Una.
Dos.
Después muchas más.
Las luces rojas y azules iluminaron los ventanales de la casa.
Los invitados dejaron de fingir que no habían visto nada.
Sylvia se volvió completamente pálida.
—David…
Él seguía inmóvil, sosteniendo el teléfono con los dedos rígidos.

Entonces la voz del otro lado pronunció una última frase.
—No cuelgues.
Quiero que escuches cómo arrestan a las personas que creyeron que mi hija estaba sola.
Y, por primera vez en toda su carrera, el abogado que presumía conocer cada rincón de la ley comprendió que acababa de enfrentarse a la única familia a la que jamás debió desafiar.