Wyatt no apartó la mano de mi hombro.
—Ya viene una ambulancia —dijo con una calma que contrastaba con el caos a nuestro alrededor—. No intente levantarse.
Sentía el corazón desbocado.
Una empleada colocó con cuidado una chaqueta doblada bajo mi cabeza mientras otra alejaba el carrito de compras.
Mi única preocupación era una.
—Mi bebé…
Wyatt asintió de inmediato.
—Los paramédicos están a menos de cinco minutos.
A pocos metros, David seguía en el suelo, jadeando.
Creía que nadie lo estaba escuchando.
Se llevó el teléfono a la boca y habló entre dientes.
—Tenemos un problema. Ella no debía armar un escándalo… Necesito que desaparezcan unos documentos antes de que llegue la policía.
Wyatt levantó la vista.
Había oído cada palabra.
También la había oído una mujer que acababa de detener su carrito de compras.
Llevaba una identificación del hospital del condado colgada del cuello.
Sin decir nada, activó la grabación de su teléfono.
David seguía hablando.
—No, no llames a mi esposa… ¡Ella está aquí!… Llama a la oficina. Al archivador gris. El contrato y las transferencias. Todo.
Entonces comprendí algo.
No estaba preocupado por haberme empujado.
Estaba aterrado por otra cosa.
Las sirenas comenzaron a escucharse a lo lejos.
Dos paramédicos entraron corriendo.
Uno se arrodilló junto a mí.
—¿Dónde siente el dolor?
Señalé mi abdomen.
Me colocaron una manta térmica y empezaron la evaluación.
Mientras tanto, dos oficiales de policía llegaron acompañados por el personal de seguridad de la tienda.
Wyatt dio un paso al frente.
—Las cámaras cubren todo este pasillo.
Uno de los oficiales asintió.
—Necesitaremos esas grabaciones.
—Ya están protegidas. Nadie puede borrarlas.
David intentó incorporarse.
—¡Fue un accidente!
El oficial lo miró con expresión seria.
—Tendrá oportunidad de explicar su versión.
La mujer del hospital levantó la mano.
—Yo vi lo que pasó.
Luego mostró su teléfono.
—Y también grabé parte de la llamada que hizo después.
David quedó inmóvil.
El color abandonó su rostro.
—Eso es ilegal…
—Grabar en un lugar público lo que una persona dice en voz suficientemente alta no cambia lo que ya escucharon los testigos —respondió el oficial—. Revisaremos todo conforme al procedimiento.
Los paramédicos terminaron de inmovilizarme.
—Necesitamos llevarla al hospital para asegurarnos de que usted y el bebé estén bien.
Antes de subir a la ambulancia miré a Wyatt.
—Gracias.
Él negó con la cabeza.
—No me dé las gracias todavía. Lo importante es que salgan bien de esto.
Cuando las puertas de la ambulancia estaban a punto de cerrarse, uno de los oficiales se acercó.
—Señora, ¿hay algo más que debamos saber?
Cerré los ojos un instante.
Recordé las veces que David controlaba cada gasto, cada llamada y cada decisión.
Respiré hondo.
—Sí.
Abrí los ojos otra vez.
—Creo que esto no empezó hoy.
El oficial tomó nota.
—Lo hablaremos con calma cuando el médico confirme que está estable.

La ambulancia arrancó.
A través de la ventana vi a David esposado junto a la entrada de la tienda.
Por primera vez desde que lo conocía, no parecía un hombre seguro de sí mismo.
Parecía alguien que acababa de comprender que la historia ya no estaba bajo su control.