PARTE 2: LA LLAMADA DEMOSTRÓ QUE ALGUIEN SABÍA DEL SOBRE

Mariana sintió que el aire desaparecía de la habitación.

Miró el sobre.

Luego a Mateo.

—¿Qué dijo exactamente, mi amor?

El niño apretó su dinosaurio de plástico.

—Que quería saber si ya encontraste el sobre.

Mariana respiró despacio.

—¿Te dijo cuál sobre?

—No.

—¿Y cómo supo que estabas conmigo?

Mateo negó con la cabeza.

—Solo preguntó si ya lo habías visto.

Mariana tomó el teléfono del estudio.

La llamada seguía en espera.

Contestó.

—Habla Mariana.

Del otro lado hubo dos segundos de silencio.

Después apareció la voz del capitán Sergio Molina.

—Pensé que tardarías menos en encontrarlo.

Mariana no respondió.

Solo activó discretamente la grabación de llamadas en su celular.

—¿Qué quieres, Sergio?

Él soltó una risa breve.

—Solo asegurarme de que ya sabes la verdad.

—¿Qué verdad?

—Que Diego tomó una decisión hace mucho tiempo.

Mariana mantuvo la voz completamente estable.

—Explícate.

—La póliza no llegó por error a tu casa.

La dejamos ahí para que dejaras de hacer preguntas.

Ella sintió un escalofrío.

“La dejamos.”

No dijo “la dejó Diego”.

Dijo “la dejamos”.

Eso significaba que no actuaban solos.

—¿Quiénes?

Sergio guardó silencio unos segundos.

—Ya no importa.

Lo único inteligente que puedes hacer es firmar el divorcio cuando llegue.

Y olvidar lo que viste.

Mariana sonrió por primera vez desde que comenzó la llamada.

—Gracias.

Él pareció confundido.

—¿Gracias?

—Acabas de confirmar que el seguro no fue un simple descuido.

Colgó sin esperar respuesta.

Durante varios segundos permaneció inmóvil.

Después marcó otro número.

Alejandro contestó casi de inmediato.

—¿Qué pasó?

—Ya tengo una grabación.

Y Sergio acaba de admitir que varias personas conocían la póliza.

—No toques nada.

Voy para allá.

Treinta minutos después, Alejandro llegó acompañado por un coronel auditor y un especialista jurídico militar.

Los documentos quedaron extendidos sobre la mesa.

La póliza.

Los contratos.

Los estados de cuenta.

Y la grabación recién obtenida.

El auditor revisó cuidadosamente la póliza.

Algo llamó inmediatamente su atención.

—General…

Alejandro levantó la vista.

—¿Qué encontró?

El hombre señaló una de las últimas páginas.

—La póliza fue modificada hace apenas diecinueve días.

Mariana frunció el ceño.

—¿Qué cambiaron?

—La beneficiaria original.

Todos guardaron silencio.

—¿Quién aparecía antes?

El auditor buscó el historial de modificaciones.

Cuando encontró el registro electrónico, levantó lentamente la vista.

—La beneficiaria original era usted, señora Mariana.

Ella sintió un nudo en la garganta.

—¿Y quién autorizó el cambio?

El especialista jurídico respondió.

—Solo podía hacerlo el asegurado… o alguien con un poder especial firmado por él.

Alejandro cruzó los brazos.

—Consíganme ese poder.

El auditor hizo otra búsqueda.

Pasaron varios minutos.

Finalmente encontró un archivo digital.

Lo abrió.

Su expresión cambió de inmediato.

—Esto… no está bien.

Mariana se acercó.

La firma atribuida a Diego aparecía al pie del documento.

Pero había un detalle evidente.

La fecha del supuesto poder coincidía exactamente con un operativo militar en el que Diego había permanecido incomunicado durante cuarenta y ocho horas.

Alejandro conocía perfectamente esa misión.

—Es imposible que firmara ese día.

El auditor asintió.

—Eso mismo pensé.

La autorización probablemente es falsa.

El silencio se volvió absoluto.

Ya no se trataba solo de una posible infidelidad.

Alguien había alterado documentos relacionados con una póliza de treinta y ocho millones de pesos.

En ese momento sonó el teléfono personal de Alejandro.

Contestó.

Escuchó apenas unos segundos.

Su expresión se endureció.

—Entendido.

Colgó lentamente.

Mariana lo miró.

—¿Qué ocurre?

Alejandro sostuvo su mirada.

—Acaban de revisar las cámaras del edificio donde se hizo el cambio de beneficiario.

—¿Y?

—Diego nunca entró a esa oficina.

Mariana sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

—Entonces… ¿quién fue?

Alejandro dejó el teléfono sobre la mesa.

—La persona que firmó como testigo del trámite…

Fue Valeria Robles.

Y hay algo todavía más grave.

El hombre que autorizó el cambio no pertenece a la aseguradora.

Es un exagente expulsado hace cuatro años por participar en una red de fraude documental.

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