A las cinco con diecisiete de la mañana, el teléfono de Diego comenzó a sonar sin descanso.
Pensó que era una felicitación de algún familiar por haber conseguido quedarse con sus hijos.
Contestó de mal humor.
Cinco segundos después, se quedó completamente inmóvil.
—¿Cómo que las cuentas están congeladas?
Al otro lado de la línea, el director jurídico de Grupo Salazar hablaba con una urgencia que Diego jamás le había escuchado.
—Señor, todas las operaciones fueron suspendidas hace veinte minutos. Nadie puede mover un solo peso. Tampoco tenemos acceso a los servidores principales.
Diego se incorporó de golpe.
—Eso es imposible.
—Acaba de llegar una orden judicial junto con una auditoría federal. También bloquearon la venta de las acciones que usted firmó ayer.
Renata despertó sobresaltada.
—¿Qué ocurre?
Diego no respondió.
Colgó y llamó al director financiero.
No contestó.
Llamó al abogado.
Tampoco.
Cinco minutos después recibió un mensaje.
“Presentarse de inmediato en las oficinas centrales.”
Mientras tanto, yo ya no estaba en el hospital.
La habitación donde había pasado mis últimos tres días permanecía vacía.
Sobre la cama solo había una carta dirigida a la trabajadora social.
Dentro explicaba que había abandonado el hospital por voluntad propia y que mis hijos jamás habían salido de la unidad neonatal.
Porque nunca estuvieron registrados con los apellidos que Diego conocía.
A las siete de la mañana, Diego llegó furioso a la empresa.
Las puertas de cristal permanecían cerradas.
Los empleados observaban desde el vestíbulo sin atreverse a acercarse.
Dos agentes esperaban junto a la recepción.
—Señor Diego Salazar.
—¿Qué está pasando aquí?
Uno de ellos le mostró un documento.
—Existe una investigación por presunto fraude societario, ocultamiento de activos y falsificación de documentos corporativos.
Diego rompió a reír.
—Eso es ridículo. Yo soy el presidente.
—Lo era.
Aquella única palabra hizo que el silencio se apoderara del edificio.
Diego arrebató el expediente.
En la primera página aparecía una firma que reconoció al instante.
La mía.
Debajo había otra.
La del fundador del grupo.
Su abuelo.
El mismo hombre que llevaba tres años retirado en Suiza y al que toda la familia aseguraba que ya no podía tomar decisiones.
Diego palideció.
—¿Cómo consiguió Valeria su firma?

En ese mismo instante, mi teléfono vibró.
Respondí mientras contemplaba a Mateo y Emiliano dormir tranquilamente.
—¿Todo salió como esperábamos? —pregunté.
La voz grave de mi abuelo respondió con absoluta calma.
—Sí. El nieto que crié creyó que dirigía mi empresa.
Hizo una breve pausa.
—Pero olvidó que la verdadera heredera siempre fuiste tú.