La pantalla rota parpadeó en la oscuridad.
3%.
Durante unos segundos, Hannah no entendió lo que estaba viendo.
Su mente estaba envuelta en niebla.
El cuerpo le dolía.
El pecho todavía parecía atrapado bajo una presión invisible.
Pero había algo más fuerte que el miedo.
Confusión.
Porque estaba viva.
Y estaba dentro de un ataúd.
Intentó gritar.
Nada.
Su garganta apenas produjo un sonido débil.
El aire era pesado.
Húmedo.
Escaso.
A su lado, dos pequeños cuerpos permanecían inmóviles.
—Mason…
Su voz salió como un susurro roto.
—Wyatt…
No obtuvo respuesta.
Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.
No podía aceptar lo que estaba pasando.
Sus hijos habían estado corriendo por el jardín unas horas antes.
Habían discutido por quién recibiría la última rebanada de pastel.
Wyatt había escondido un regalo detrás de su espalda porque quería sorprenderla.
Mason había dicho:
“Mamá, cuando sea famoso te compraré una casa enorme”.
Y ahora estaban ahí.
En la oscuridad.
Con ella.
La pantalla del teléfono volvió a iluminarse.
Un mensaje.
La vista de Hannah se enfocó lentamente.
Era una notificación programada.
Un mensaje que ella misma había preparado semanas atrás.
Para una emergencia.
Con manos temblorosas, intentó desbloquearlo.
El teléfono cayó varias veces contra el interior del ataúd.
Cada movimiento le costaba una cantidad enorme de energía.
Finalmente apareció el mensaje.
“Si recibes esto y algo me pasó, revisa la carpeta protegida.”
Hannah frunció el ceño.
Ella había olvidado esa carpeta.
La había creado meses atrás.
Después de que empezara a sospechar que algo no estaba bien.
Todo comenzó con pequeñas cosas.
Kenneth llegando tarde.
Su madre Beatrice haciendo preguntas extrañas sobre sus cuentas bancarias.
Documentos que desaparecían.
Conversaciones que terminaban cuando ella entraba en una habitación.
Hannah nunca quiso creerlo.
Porque eran su esposo.
Porque era su madre.
Porque aceptar la verdad significaba admitir que las dos personas más cercanas a ella podían estar haciéndole daño.
Pero algo dentro de ella había tenido miedo.
Y ese miedo la había salvado.
Con las pocas fuerzas que tenía, abrió la carpeta.
Había tres archivos.
El primero era una grabación de audio.
Presionó reproducir.
La voz de Kenneth llenó el pequeño espacio.
—Después de esto, todo quedará limpio.
Hannah sintió que el corazón se le detenía.
Otra voz respondió.
Beatrice.
—¿Estás seguro de la dosis?
Silencio.
Luego Kenneth:
—Lo suficiente para que parezca natural.
El teléfono casi se le escapó de las manos.
No.
No podía ser.
No ellos.
No sus hijos.
El segundo archivo era una fotografía.
Un documento.
Un seguro de vida.
El nombre de Hannah aparecía arriba.
La cantidad hizo que se le helara la sangre.
Cinco millones de dólares.
Beneficiarios:
Kenneth Pembroke.
Y Beatrice Pembroke.
El tercer archivo era un video.
La imagen estaba borrosa.
Pero la fecha era de esa misma tarde.
La cámara estaba colocada en el jardín.
Mostraba a Beatrice entrando a la cocina antes de la fiesta.
Después Kenneth.
Luego ambos mirando una bandeja.
La bandeja donde habían estado los platos de los niños.
Hannah dejó de respirar.
Entonces escuchó algo.
Un sonido.
Débil.
A su lado.
—Mamá…
Se giró desesperadamente.
—¿Mason?
Un pequeño movimiento.
Luego otro.
El niño abrió lentamente los ojos.
—Mamá…
Hannah comenzó a llorar.
—Estoy aquí, cariño. Estoy aquí.
Mason respiraba con dificultad.
Pero estaba vivo.
—Wyatt…
El gemelo no respondía.
Hannah golpeó suavemente el ataúd.
—¡Wyatt! ¡Despierta, por favor!
Entonces ocurrió algo.
Un pequeño movimiento.
Un gemido.
Wyatt abrió los ojos.
Los tres seguían vivos.
Pero la batería bajaba.
2%.
Hannah miró el teléfono.
Necesitaba hacer una llamada.
Una sola.
Con manos temblorosas marcó el número de emergencia.
La señal era débil.
Muy débil.
Por un segundo pensó que no funcionaría.
Entonces escuchó una voz.
—911, ¿cuál es su emergencia?
Hannah cerró los ojos.
Y por primera vez desde que despertó bajo tierra, sintió esperanza.
—Estoy… dentro de un ataúd.
Silencio.
—¿Señora? ¿Puede repetir eso?
—Mi esposo y mi madre intentaron matarnos.
Su voz se quebró.
—Estoy enterrada viva con mis hijos.
La operadora reaccionó de inmediato.
—Manténgase en línea. Vamos a localizarla.
Hannah apretó el teléfono contra su pecho.
Pero entonces escuchó algo.
Un sonido por encima de ellos.
Pasos.
Sobre la tierra.
Alguien estaba en el cementerio.
Y una voz llegó amortiguada desde la superficie.
La voz de su madre.
Beatrice.

—Kenneth… tenemos que asegurarnos de que no quede ninguna prueba.
Hannah dejó de respirar.
Porque no habían ido a despedirse.
Habían vuelto para terminar el trabajo.