Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
—¿Qué quiere decir?
El doctor Keller acercó una silla y se sentó frente a mí.
Su expresión era la misma que había visto muchas veces cuando, siendo enfermera, un médico debía comunicar una noticia difícil.
Tomó la resonancia y señaló una pequeña zona detrás de mi oreja derecha.
—Esta hemorragia es reciente. Corresponde a la caída de anoche.
Después movió el dedo unos centímetros más abajo.
—Pero esta otra lesión no.
Mi madre frunció el ceño.
—¿Cómo que no?
—Presenta un proceso de cicatrización de varias semanas.
La habitación quedó completamente en silencio.
—¿Está seguro? —pregunté.
Él asintió.
—Completamente.
Pasó a la siguiente imagen.
—Además hay fracturas pequeñas en dos costillas.
No son nuevas.
Tienen aproximadamente un mes.
Sentí un escalofrío.
—Eso es imposible.
Nunca me rompí las costillas.
El doctor me miró fijamente.
—¿Alguien la ha golpeado recientemente?
Negué de inmediato.
—No.
—¿Alguna caída importante antes de esta?
Volví a negar.
Mi madre respiraba cada vez más rápido.
—Paige vive sola.
Trabaja.
No practica deportes de contacto.
El doctor apoyó lentamente la carpeta sobre el escritorio.
—Por eso llamé a la policía.
No puedo explicar estas lesiones mediante un accidente doméstico.
Alguien la lastimó repetidamente.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
De pronto recordé algo.
Tres semanas antes.
Una guardia de noche.
Salía del hospital hacia las dos de la madrugada cuando alguien me sujetó del brazo en el estacionamiento.
Solo duró unos segundos.
Un hombre con gorra.
Olor fuerte a colonia.
Me soltó cuando grité.
Llegué a casa con un enorme moretón en el costado.
Pensé que había sido un intento de robo.
Nunca lo denuncié.
El doctor observó mi expresión.
—¿Recordó algo?
Antes de responder, alguien llamó suavemente a la puerta.
Entraron dos detectives.
Una mujer y un hombre.
La detective mostró su placa.
—Soy la detective Laura Mitchell.
¿Podemos hacerle algunas preguntas?
Asentí.
Ella tomó asiento.
—Doctor Keller nos informó que las lesiones no son compatibles únicamente con la caída.
Necesitamos reconstruir las últimas semanas.
Comenzó a hacer preguntas.
¿Vivía sola?
Sí.
¿Tenía pareja?
No.
¿Había recibido amenazas?
Negué.
Entonces la detective sacó una fotografía impresa.
—¿Conoce a esta persona?
Miré la imagen.
Era Vanessa.
Sonriendo.
Con el mismo vestido color champán de la fiesta.
—Es mi prima.
La detective intercambió una mirada con su compañero.
—Anoche entrevistamos a varios invitados.
Uno de ellos aseguró haber visto algo extraño unos veinte minutos antes de la caída.
Mi corazón comenzó a acelerarse.
—¿Qué vio?
—Dijo que usted discutía con un hombre en el jardín trasero de la mansión.
Fruncí el ceño.
—Yo no discutí con nadie.
La detective permaneció en silencio unos segundos.
Después abrió una carpeta.
Sacó una fotografía ampliada de una cámara de seguridad del exterior.
La colocó frente a mí.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
La mujer de la imagen era yo.
Pero el hombre que me sujetaba con fuerza por el brazo…

No era un desconocido.
Era Brent Coleman.
El prometido de Vanessa.
Y la hora registrada en la esquina superior derecha demostraba que aquello había ocurrido cuarenta y dos minutos antes de que mi prima me empujara por las escaleras.