Victoria retrocedió un paso.
Nunca había visto aquella expresión en el rostro de Adrián.
No era enojo.
Era pánico.
—Solo… solo le dije que se fuera —balbuceó.
Adrián caminó lentamente hasta la habitación de Sofía.
Observó el escritorio.
Los libros seguían perfectamente acomodados.
Los apuntes estaban ordenados por fechas.
El teléfono permanecía cargando sobre la mesa.
Pero había algo que hizo que su respiración se detuviera.
La maleta de emergencia había desaparecido.
Durante dos años había revisado ese armario cientos de veces.
Sabía perfectamente dónde estaba.
Y ahora ya no.
—¿Cuánto tiempo estuvo sola? —preguntó sin levantar la voz.
Uno de los guardias respondió temblando.
—Las cámaras del pasillo quedaron fuera de servicio cuarenta y siete minutos.
Adrián giró lentamente la cabeza.
—¿Quién autorizó eso?
Nadie contestó.
Victoria intentó sonreír.
—Solo quería hablar con ella como mujeres…
La bofetada sonora de una carpeta golpeando la pared la hizo callar.
No era una explosión.
Era mucho peor.
Adrián seguía hablando con absoluta calma.
—Cierren todas las salidas de la ciudad.
Los guardias se miraron.
—Ahora.
—Sí, señor.
Los teléfonos comenzaron a sonar al mismo tiempo.
—Aeropuerto.
—Estaciones de tren.
—Terminales de autobuses.
—Peajes.
—Puertos deportivos.
—Todo.
Victoria abrió mucho los ojos.
—¿De verdad vas a montar todo esto por una hermanastra?
Adrián la miró por primera vez desde que regresó.
Aquella mirada hizo que ella sintiera un escalofrío.
—No vuelvas a pronunciar esa palabra.
—¿Qué?
—Hermanastra.
Victoria frunció el ceño.
—¿No lo es?
Él no respondió.
Entró al despacho privado.
Abrió una caja fuerte oculta detrás de una biblioteca.
Sacó una carpeta azul.
Dentro había cientos de fotografías.
Sofía sonriendo cuando tenía diecisiete años.
Sofía leyendo.
Sofía dormida en el jardín.
Sofía tocando el piano.
Cada imagen estaba fechada.
Clasificada.
Ordenada.
Victoria sintió que el estómago se le revolvía.
—¿Qué… qué es todo esto?
Adrián cerró la carpeta de golpe.
—No vuelvas a entrar en este despacho.
Ella dio un paso atrás.
Por primera vez comenzó a comprender que aquella obsesión no tenía nada de normal.
Mientras tanto, el taxi seguía avanzando por calles secundarias.
Sofía miró por la ventana.
Cada semáforo le parecía una amenaza.
El conductor habló en voz baja.
—Ese coche negro ya no nos sigue.
Ella no respondió.
Sabía que Adrián nunca dependía de un solo vehículo.
Siempre pensaba diez pasos por delante.
Sacó el pequeño teléfono oculto.
Marcó un único número que había memorizado dos años antes.
—¿Sí?
La voz de un anciano respondió al otro lado.
—Profesor Liang…
—Soy Sofía.
Hubo un largo silencio.
Después el hombre habló con evidente sorpresa.
—¿Por fin escapaste?
Ella cerró los ojos.
—Sí.
—Pero no creo tener mucho tiempo.
El profesor respiró hondo.
—Ven inmediatamente.
—Tengo preparada tu nueva identidad desde hace dos años.
Sofía sintió que las lágrimas amenazaban con salir.
Durante todo ese tiempo, alguien había esperado que lograra escapar.
Colgó.
El taxi cambió de dirección.
A cientos de metros de allí, uno de los especialistas informáticos de Adrián levantó la vista de la computadora.
—Señor…
Adrián no apartó la mirada del mapa digital.
—Habla.
—La señorita Sofía dejó deliberadamente su teléfono aquí.
No intentó ocultar su fuga.
Quería que creyéramos que seguía en la villa.
Adrián permaneció inmóvil unos segundos.
Luego sonrió por primera vez.
Una sonrisa peligrosa.
—Muy bien.
—Aprendió.
Tomó las llaves de su automóvil.

—Si dejó el teléfono…
Significa que llevaba años preparando este momento.
Y si Sofía había planeado escapar durante dos años…
Eso significaba que también había descubierto el secreto que él había dedicado dos años a ocultarle.